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MUNDIARIO

Cuando el poeta Joan Margarit nos enseñó a salir de la caverna

He reseñado muchas veces al reciente Premio Cervantes porque su escritura siempre promete el hallazgo de lo inédito y algo así me reconcilia continuamente con la vida en los peores momentos.
Cuando el poeta Joan Margarit nos enseñó a salir de la caverna
Joan Margarit./ Visor
Joan Margarit./ Visor

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Manuel García Pérez

Manuel García Pérez

El autor, MANUEL GARCÍA PÉREZ, es doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Murcia y licenciado en Antropología por la UNED. Premio Nacional Fin de Carrera, fue coordinador del área de Sociedad y Cultura de MUNDIARIO, donde actualmente es columnista y crítico literario. Docente, investigador y escritor de narrativa juvenil, su última obra es el poemario Luz de los escombros. @mundiario

Joan Margarit gana el Premio Cervantes 2019 con una poesía en la que la memoria es un accidente, un espacio, un instinto, no una búsqueda.

Joan Margarit ha escrito en castellano y en catalán poemarios que no dudaría poner a la misma altura de obras consumadas como las de Char o Celan.

Cada vez que he reseñado obras como Cálculo de estructuras o La libertad es un extraño viaje, he asistido a la humilde sinceridad de aquel escritor que maneja el oficio, pero que sabe respetarlo. Margarit no necesita mostrarse en su poesía. No quiere hacerlo. Ni puede. Porque, en su poesía no hay alarde del conocimiento, sino elogio del hecho de pensar como un modo de vivir, de contemplar, de dejarse herir.

No hay búsqueda intencionada, sino memoria de lo vivido, necesidad, pura necesidad, por lo que el artificio es connatural a la emoción.

Hay momentos en la biografía del Margarit hombre lo suficientemente traumáticos para saber que la literatura no puede salvarte de nada. Y es, precisamente, en esa sentencia irrebatible, la que obliga a ese compromiso con la escritura como un testimonio que no pretende otra cosa que vivir el silencio de la intemperie tras la pérdida.

Hay en Margarit dos constantes temáticas que trascienden el artificio y el oficio, aproximando su obra a un texto azaroso y, por tanto iluminado, difícilmente de ubicar en corrientes y modas.

Una de ellas es la nostalgia como un espacio, no como un tiempo, a la que acude para indagar sobre la resignación ante la pérdida. La recurrencia a los mismos escenarios del presente que fueron fuente nutricia del pasado restituye continuamente un lenguaje exento de gravedad o dramatismo.

La vehemencia desaparece y el recuerdo profundiza, no en la negación del daño, sino en la aceptación, en una clase de estoicismo que, por su imperturbabilidad, emociona sin embargo.

La otra constante es el viaje interior, el exilio al que Margarit se somete cuando, en sus versos, prende la catástrofe, un síntoma, paradójicamente, de reconciliación con los otros y con la predestinación. Margarit entoinces deja de ser importante el mundo. Las cosas se tornan en iconos de lo efímero, porque lo que queda es ser. Y ser es permanecer, resistir y contemplar.

Los silencios premeditados, ser consciente de las limitaciones de su hechura física y de su habilidad emocional para persuadir y asumir la banalidad del consenso se funden en esa mirada hacia lo infinito, hacia las playas, hacia la profundidad de las simas, hacia el trasiego de las estaciones, hacia el bullicio de las calles, hacia el amanecer de las ciudades, hacia el aislamiento que no busca, sino que es consecuencia de reñir con el lastre durísimo de las ausencias.

Porque conocer es ver morir y la trascendencia no está reñida con la carnalidad, con lo instintivo, con la pudrición de la desaparición, con la serenidad de las superficies que repliegan la luz y la hacen tangible en su poesía. Un acto de fe, sin duda, como constatar que la vida es vida siempre; y que la muerte no doblega a nadie, sino que es ese rastro que deja la propia biografía. @mundiario