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MUNDIARIO

Cuando ayer no puede ser mañana, de Josefina de la Torre

Se trata de la prosa breve de Josefina de la Torre en La Bella Varsovia reunida por Fran Garcerá.

Cuando ayer no puede ser mañana, de Josefina de la Torre
Josefina de la Torre. / RR SS
Josefina de la Torre. / RR SS

Gema Albornoz

Colaboradora.

Bajo el título Cuando ayer no puede ser mañana encontramos una colección de textos inéditos y conservados en su archivo personal, junto con otros textos o publicados en revistas o prensa. Una selección realizada, muy acertadamente, por Fran Garcerá, que además de introducirla, anota a pie de página numerosas cuestiones. El libro es una publicación editada por María Martínez Bautista y Elena Medel, con diseño y maquetación de La Milagrería y con una bella ilustración de cubierta de Clara Elsaesser.

Fran Garcerá, doctor en Estudios Hispánicos por la Universitat de València, que ha publicado ediciones científicas de las obras de Carmen Conde, Concha Espina o la propia Josefina de la Torre, entre otras y que reunió el epistolario mantenido por las escritoras Carmen Conde y María Cegarra Salcedo, según menciona en la solapa y su currículum se extiende muy ampliamente especializándose en las poetas españolas de la Edad de Plata (1901-1935). Respecto a Josefina de la Torre afirma que «destacó en numerosos ámbitos creativos» y que «fue escritora, cantante y actriz de teatro, cine y doblaje». Además, menciona la enorme influencia de Claudio de la Torre, su hermano; su «capacidad como narradora y versatilidad». Al principio del libro, esboza un retrato de la autora a través de su obra y la sitúa en su contexto.

En definitiva, Josefina de la Torre, fue una mujer que publicaba poemas en revistas literarias y acudía a tertulias junto a quienes conocemos —y desconocemos— de la Generación del 27. Una poeta, novelista, guionista, cantante y actriz que profundizó en diversas áreas del arte. En sus obras incluía elementos vanguardistas y modernos, como elementos de cine, el jazz o el avión.

SIEMPRE HE PENSADO

Siempre he pensado que es una lástima que los demás no participen en la visión de nuestros sueños, tal y como los vemos nosotros en la caricia de la almohada. Todos soñamos. A algunos nos gusta contar nuestros sueños, pero nunca daremos la idea exacta de ellos. El escritor debe sentir una gran curiosidad por verse en personaje, en la nueva creación que cada lector le hace. Así los sueños. ¿Cómo los verán los demás? Yo sueños siempre cosas bonitas. Unas tristes, otras alegres. Paisajes dulces, interiores sombríos. Construcciones de una amplia fantasía, países y personajes de mi imaginación interesantes y profundos. A veces cierro los ojos y experimento la sensación de una larga cinta cinematográfica. Carreteras interminables, jardines llenos de flores. Rostros deshechos por una mueca horrible, otros grotescos. (…)

He leído “Cuando ayer no puede ser mañana” imaginando textos que saltan muros, momentos y tiempos, donde se afana en la minoría y en los pequeños detalles, en esa época, cuando la mujer aún tenía que firmar con seudónimos para ocultarse.

“Cuando ayer no puede ser mañana”, han sido esas libretas en los cajones, sin fechar, que a veces, según quien las lea pueden ser considerados borradores, «un libro de memoria», como lo llama Fran Garcerá o una afición oculta e insignificante que queda en papel. Cuando llegas a ser conocida a través de tus conocidos, línea a línea, de boca a boca, de domingo a domingo.

DICIEMBRE

Había un aire fresco que iluminaba el día y el campo presentaba un aspecto acogedor. El paseo y la casa no los olvidaré nunca. Están junto a mi recuerdo, como las hojas de un libro, siempre unidas, y asociadas por una misma idea. Me gustaba vivir en aquella casa unos días lentos y dulces, llenos de aquellos silencios rumores lejanos. Y a la noche subir a las alcobas. Las alcobas tenían un misterioso encanto. (…)

«Cuando nadie sospecha de mí», pincelando con palabras las estampas de los siete años en la playa, con el loco, el perro, el muro que se salta con el pensamiento, los juegos en la tarde serena, donde pasan las horas entre los dedos y se cuentan los secretos pequeñitos, paseos en la playa o primeras inquietudes. Allí donde hay encuentros y olvidos, sueños, cartas, perfumes y más sueños. Donde las tachaduras son testigos de un primer pensamiento y de lo que ya no está, de su mejora, de los comentarios de su hermano valorando —y aprobando— su narración, inspiración, ritmo o estilo.

Fran Garcerá nos acerca a Josefina de la Torre en La Bella Varsovia, como ella se acercó al mar, en un volumen rico de la perspectiva literaria de la escritora polifacética y que os animo a leer siempre cuando ayer no pueda ser mañana. @mundiario