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MUNDIARIO

Conversaciones con Schopenhauer, un acercamiento al vivir del filósofo alemán

Schopenhauer se declaraba rotundamente pesimista. Conectando con el budismo que tanto admiraba, la vida era para él igual a sufrimiento.

Conversaciones con Schopenhauer, un acercamiento al vivir del filósofo alemán
El filósofo alemán Arthur Schopenhauer.
El filósofo alemán Arthur Schopenhauer.
No ha sido la primera vez que me he aproximado a la figura y al ideario de Arthur Schopenhauer. Antes había leído una selección de sus textos en Parábolas, aforismos y comparaciones y sus Aforismos sobre el arte de saber vivir, que representaban el ensayo más extenso de su Parerga y paralipomena. Como en tantas otras ocasiones, mi insistencia no es debida a una devoción admirativa sino a la curiosidad por conocer un personaje extremo,  necesariamente contradictorio. Acabo de leer Conversaciones con Schopenhauer, que es un acercamiento al filósofo alemán (aunque él no se sintiera encajado en esa nacional pertenencia y sintonizara más con otras culturas, como la inglesa), a través de numerosos testimonios. Es como si se nos facilitase la materia prima de una posible biografía, aunque la introducción de Luis Fernando Moreno Claros, podría funcionar, al menos en una versión poco exhaustiva, como tal.  

En su obra, Schopenhauer se enfrentó a los que él llamaba los “filósofos oscuros” de esa época, entre los que estaba Hegel.  Pensaba que la filosofía era una disciplina para pensar la vida; pero esos pensamientos, en él, no eran nada halagüeños. Se preguntaba: “¿Por qué la vida no es bella ni buena, sino un valle de lágrimas o una colonia penitenciaria?”

En una carta a Goethe, le decía: “Filósofo es aquel que no teme enfrentarse a la verdad, el que no se guarda ninguna pregunta en el corazón y asume las consecuencias que pueden derivarse de las respuestas”. La verdad la encontró en la elaboración de lo que estaba seguro que era  un nuevo sistema filosófico y que se tradujo en su libro El mundo como voluntad y representación, que publicó en el año 1819, aunque tuvieran que pasar décadas para que fuera reconocida su importancia. Decía en ese libro que: “La voluntad es un impulso ciego, sin conocimiento. La voluntad es un “qué” desconocido, “la cosa en sí” de Kant. La realidad es creada por el sujeto que se la representa”. Y, durante toda su vida, le explicaba a quien se interesara por ello: “El mundo es mi representación, la de mi cerebro y la de todos los congéneres cerebrados. La realidad que vemos no es la verdadera”.

Schopenhauer se declaraba rotundamente pesimista. Conectando con el budismo que tanto admiraba, la vida era para él igual a sufrimiento: “Más me valdría no haber nacido. Dicha y felicidad constituyen estados ocasionales, efímeros y ficticios”. Creía que nuestro mundo es el peor de los mundos posibles. “La voluntad es el problema, la fuente de todos los males. La renuncia al deseo es la solución”. Hablaba de la dulzura de carácter de cuantos están impregnados del verdadero espíritu del budismo con el que afrontan las ofensas, las humillaciones y las heridas. También creía en la compasión: “Cuando me apiado de alguien, estoy calmando la herida común”. Su obra era considerada una especie de evangelio laico: “El santo que llega a vislumbrar la esencia de la vida es capaz de anular la voluntad”. 

En su soberbia, consideraba que su filosofía era la mejor expresada y la más verdadera de todos los tiempos. Estaba convencido de haber solucionado el enigma del mundo. A uno de sus visitantes le aconsejó: “Tiene que leer todas mis obras, no perderse ni una línea de ellas. Nunca me he repetido”. Tuvo la suerte de vivir toda su vida de rentas y por ello no tener que depender de un trabajo de profesor que despreciaba: “Yo no escribo para los profesores de filosofía a los que zurro”. A todos ellos los consideraba rehenes del estado.

Schopenhauer pensaba que la felicidad era una quimera, y solo creía en que se pudiera ser lo menos desdichado posible. Aún así: “Siempre llevaré la razón cuando diga que sería mejor que este mundo no existiera”. No creía en el progreso del ser humano: “Hay regresiones y hasta épocas en que de nuevo se recae en la barbarie más absoluta”. Tampoco esperaba nada bueno de las revoluciones populares.  Aunque todo el mundo lo calificaba de misántropo, él afirmaba: “No tengo nada en contra del hombre pero sí en contra de la vida; yo soy pesimista, pero no misántropo”. Y cuando le preguntaban si el hombre era bueno, él sorprendentemente —el que, para insultar a su querido perro, le llamaba “hombre”— decía: “Respondo que sí, sin rodeos; al menos puede llegar a serlo”. En cualquier caso, sentía como una de sus fortalezas su independencia: “Si yo hubiera sido pobre y hubiera tenido que vivir de la filosofía y adaptar mi doctrina a las directrices del Gobierno, me habría disparado un tiro”.

Sus ideas pudieron estar influidas por sus experiencias biográficas, como el más que posible suicidio de su padre cuando él era un adolescente.  De él hablaba con gratitud a pesar de que le había hecho prometer que seguiría su profesión de comerciante. Quien lo libró de cumplir esa promesa fue su madre, y, sin embargo, la despreciaba sin reservas. Consideraba que se había casado con su padre para medrar. Y es que una de las características más notorias de Schopenhauer era su misoginia. “El matrimonio es el castigo que la mujer le inflige al hombre por su lujuria, cargarlo de hijos será la sentencia que lo amarrará a ella de por vida”, decía. O: “Quien se casa se pierde para el mundo, cava su propia tumba”. Sin embargo, es posible que si no hubiese sido rechazado de joven, él mismo hubiera caído en esa “trampa”. Lo que es más improbable es que hubiera querido ser padre: “Hay que abstenerse de traer vástagos al infierno del mundo”. Antes de morir, pareció tener un instante de reconocimiento hacia esos seres que, a sus ojos, representaban siempre el desprecio que sentía por su madre: “Creo que cuando una mujer logra destacar entre la muchedumbre, o mejor, elevarse sobre ella, entonces crece ya sin interrupción, y más que el varón, a quien la edad le pone un límite”.

Schopenhauer tenía un fuerte carácter que explotaba cuando consideraba necesario imponerse ante a las afrentas del mundo. Así, cuando aún era joven, perdió los nervios con una comadre que cosía y hablaba sin cesar en la puerta de su apartamento. La empujó por las escaleras. Sus lesiones lo condenaron a indemnizarla de por vida. Este carácter mejoró en los últimos años, coincidiendo con el reconocimiento de su obra, que lo reconcilió en buena parte con su entorno.  

Era fan de Rossini. Antes de comer, tocaba la flauta. Después, aunque nevara, caminaba dos horas al aire libre, en cuyo ámbito, decía, le venían las mejores ideas. Durante sus paseos nadie era capaz de seguir su ritmo. No miraba ni saludaba a nadie. Comía y cenaba fuera, en la misma carísima fonda. Pretendía llevar siempre la voz cantante en las discusiones y ser admirado. Hablar y tener un público que lo escuchara con arrobo era lo que más le satisfacía. En su conversación prodigaba un gran ingenio y mucha agudeza.

Los que lo conocieron lo describían físicamente así: “Sus chispeantes ojos azul-grises, sus ojos de Júpiter”. Amaba a su perro de lanas: “Si no hubiera perros yo no querría vivir”. Sabía latín, griego, inglés, italiano y francés; también el español y así podía leer a Baltasar Gracián, a quien admiraba especialmente y a otros autores a los que le gustaba citar. Siempre quería tener razón, su engreimiento, su desprecio por el ser humano, era, en ocasiones, inmisericorde: “No hable usted más conmigo. Soy demasiado culto para usted”. Aunque, como todo aquel que ha creado algo destacable, experimentaba la distancia entre el sí mismo cotidiano y la concentración inspirada, puntual y registrable: “A menudo me maravillo de haber hecho todo esto, pues en la vida diaria y común, uno no es ni parecido a cómo es en esos elevados momentos de la producción”.

En el pagado concepto que tenía de sí mismo a veces había espacio para alguna humildad: “Yo he enseñado lo que es un santo, pero no soy ningún santo”, quizá porque se reconocía en reacciones poco encomiables. De su manera de tratar a su asistenta se decía: “Por lo más mínimo monta en cólera y la cubre de improperios tales como animal, víbora, etc.” Aunque, por otro lado: “Cuando oía contar un hecho de gran generosidad se le llenaban los ojos de lágrimas, y lo mismo le sucedía si era él el que narraba un acto noble o conmovedor”. Tal vez porque no hay un hombre que no se componga de una diversa y a menudo incongruente dirección. Arthur Schopenhauer lo sabía: “Sí, en un hombre caben muchas cosas contradictorias puestas unas junto a las otras”. @mundiario