Conversación con Trifón Abad, el thriller como juego creativo
Tenía que entrevistarlo porque Trifón se ha consolidado ya como un escritor con una proyección apabullante.
Tras la publicación de La víctima perfecta (Grijalbo), Trifón Abad se ha convertido en uno de esos referentes narrativos de género que lectores y críticos buscan para desentrañar los recovecos de unas biografías que, en sus personajes, se mueven entre la abulia, la frustración y una opaca ambición que entiende la moral como un enemigo y no como una meta.
La ambientación de esta novela y la anterior, La noche de arena (Grijalbo), en la geografía murciana añade un rasgo de singularidad a su escritura que Trifón sabe explotar con oficio y sin ambages en cada uno de sus capítulos. Hay mucho de novela negra en la escritura del autor de La víctima perfecta, pero también una radiografía de los problemas de la adolescencia, de la marginalidad invisible, de la decadencia de las clases medias, de los ecosistemas que aparecen en vertederos y en zonas urbanas donde el dinero es una condena.
Espero que la siguiente entrevista desvele alguna de las estrategias creativas que Trifón Abad pergeña para dilucidar sus argumentos y escenarios dentro de una narrativa en la que se siente cómodo y con la que va adquiriendo una notoriedad significativa en nuestra literatura.
- De nuevo, la infancia y la adolescencia se convierten en motivos temáticos de esta nueva novela. No sé si esta recurrencia a elegir como víctima a un muchacho tiene un origen en tu dedicación profesional.
-No creo que surja directamente de mi dedicación profesional, sino más bien de un interés por dirigir la mirada hacia esas etapas de la vida. Son fases muy vulnerables, cargadas de tensión, y combinarlas con el mundo de los adultos me permite llevar esa tensión al extremo. En La víctima perfecta elegí un menor que tuviera rasgos fuera de lo común, quería que tuviera un coeficiente muy desarrollado, pero aún frágil desde el punto de vista emocional.
-Una de las características de tu novela es el desarrollo espacial en las proximidades de Murcia y pedanías. Parece que has roto un prejuicio respecto al paisaje mediterráneo que otros autores de novela negra habían superado recurriendo a contextos urbanos o a bosques húmedos como sucede con la narrativa de Guelbenzu o de la propia Dolores Redondo respectivamente.
- Siempre he creído que Murcia ofrece infinitud de posibilidades como espacio, sobre todo si abrimos la perspectiva a sus pedanías o a lugares salvajes poco habitados. Lo polvoriento, lo luminoso, lo seco y lo caluroso puede ser un territorio idóneo para la violencia soterrada y la tensión. Conozco bien la geografía que plasmo en las novelas. En mis cuentos, por lo general, los lugares son urbanos, distópicos o no se concretan, pero en las novelas quise concentrarme en el paisaje mediterráneo real. Pienso en la aridez como un factor añadido al suspense o a la carga psicológica del relato.
-¿Por qué elegiste un género como el de la novela policiaca que tiene marcados patrones estructurales? ¿Se pueden superar esos límites sin defraudar al lector que busca un prototipo de novela?
-Como lector y espectador televisivo siempre me ha gustado el género policial. Y como autor es un tipo de narración muy divertido desde el punto de vista creativo. Tanto La noche de arena como La víctima perfecta tienen patrones estructurales que responden al canon: las desapariciones que pueden desembocar en crimen, la investigación, la búsqueda de pistas, el baile de sospechosos, las revelaciones... En la última novela no quería que el argumento fuera simplemente aproximándose al acantilado del desenlace por sorpresa, algo que ya sucedía en La noche de arena, sino que me interesaba que hubiera un poso reflexivo, que el lector pensara sobre las causas que llevan al criminal a actuar como lo hace. El policial es un género muy leído en el que es difícil innovar. Es necesario incluir los elementos convencionales, pero creo que el reto consiste en que el lector se encuentre con una propuesta distinta, que se sorprenda sin sentirse decepcionado al dar con una historia diferente a lo acostumbrado.
- ¿Qué diferencias va a encontrar el lector que la leído La noche de arena al acceder al universo narrativo de La víctima perfecta?
- Por un lado, creo que La víctima perfecta es más oscura, también más compleja, en cuanto a que no se desarrolla de manera tan lineal y canónica. La noche de arena es más directa, más violenta y visceral. Además, mientras en la primera novela el entorno era puramente rural e industrial, ahora el espacio es urbano, aunque de forma irremediable han de aparecer esos entornos de periferia, porque Murcia es esencialmente una mezcla de tradición y urbanismo. En La noche de arena los personajes son perdedores y admiten su condición, la aceptan, mientras en La víctima perfecta hallamos perfiles que mienten y esconden su verdaderas intenciones u ocultan secretos.
Ahora la historia se adentra en las familias de buena reputación, con apariencia ideal, pero de trasfondo turbio. Es esencialmente una novela de interrogatorios, que es uno de los aspectos que más disfruto cuando leo o veo thrillers en la pantalla. También cambia el investigador, ya no se trata de un detective solitario, sino de una pareja de policías. En esencia, creo que el lector que lea ambas novelas, encontrará lugares comunes y un pulso narrativo continuo en ciertos aspectos, pero también apreciará un mayor riesgo en la propuesta de la trama.
-¿Eres un escritor que se ajusta a un esquema preconcebido en el caso de un género como este o prefieres experimentar y dejarlo todo al azar en última instancia?
-Es una mezcla, en realidad. Sí que trabajo sobre un esqueleto y preparo los arcos de personaje para que la historia avance de acuerdo con su evolución psicológica. Esto se ve claramente en el caso de La víctima perfecta, ya que Suances y Alarcón no se conocen con anterioridad a la acción y esa relación debe desarrollarse de forma paralela a la investigación. También suelo organizar los capítulos para planificar el ritmo. Pero una vez que me sumerjo en el proceso de escritura, todo puede variar, especialmente cuando me acerco al final. Normalmente cambio las escenas finales para ver qué alternativa funciona mejor, es algo que ya hacía en los cuentos. De alguna manera, me dejo llevar por lo que creo que los personajes serían capaces de hacer, pero sin llevar las acciones al extremo o intrincar la historia al máximo. En mi cabeza todo tiene que responder a una lógica realista, pero evitando que la novela se vuelva previsible. Esto es lo más difícil.
- La novela negra y la novela de detectives reflejan mucho de la sociología de una época. ¿Qué trasfondo social se denuncia involuntariamente en tu narrativa?
-No escribo con una intención de denunciar nada, al menos cuando comienzo con las historias, pero poco a poco van surgiendo temas que me preocupan y en los que necesito ir profundizando: la envidia, la presión del éxito, los adolescentes en riesgo, las apariencias en las clases acomodadas, la fragilidad emocional, la imprevisibilidad de los seres solitarios, las familias desestructuradas...
Sin duda, en la última novela había una serie de emociones que me interesaba explorar desde el inicio, como el resentimiento, la venganza, la vulnerabilidad de los que son diferentes, la obsesión por conseguir nuestros propósitos... Creo que la soledad de la sociedad moderna, de tantas maneras enmascarada, está muy presente en mi obra, tanto en los relatos como en las novelas. Me sirve como telón de fondo y siempre está latente.