El compromiso contra el abismo en Soy Milena de Praga, de Monika Zgustova

Portada de 'Soy Milena de Prada' cedida por Galaxia Gutengerg (izq) y la escritora Monika Zgustova. EFE/Ane Amondarain
La autora opta por la fragmentación y por una memoria episódica donde la intimidad se resuelve mucho antes que la descripción social de un entorno que no cesa de mutar.

La frontera de lo biográfico y lo ficticio apenas se vislumbra cuando la retórica, el artificio y los materiales literarios participan del discurso narrativo en cualquier intento de recreación histórica sobre quiénes somos. La novela Soy Milena de Praga, de Monika Zgustova (Galaxia Gutenberg),  ofrece un testimonio en primera persona que atraviesa la devastación del siglo veinte al mismo tiempo que se ofrece el estimulante crisol intelectual y artístico que hizo de Milena un personaje emblemático y transgeneracional, una especie de anclaje desde el que observar el progreso y autodestrucción de Europa. En la novela, subyace el continente que declinó las bondades del racionalismo porque había dejado de ser útil, el mismo que condujo a Milena y a los suyos a las consecuencias fatales y recalcitrantes de dos guerras mundiales.

Monika Zgustova no busca una obra totalizadora o coral donde la épica sea el asunto y la forma de proyectar una ambiciosa revisión de guerras y posguerras. No hay nada que recuerde a Mann o a los cronistas rusos, o a maestros en la composición de cuadros y escenas costumbristas Isaac Bashevis Singer. La autora opta por la fragmentación y por una memoria episódica donde la intimidad se resuelve mucho antes que la descripción social de un entorno que no cesa de mutar; que va a penetrar en los interiores de las habitaciones y los modos de pensamiento, en la carne, a través del bolchevismo y los fascismos. Y nada se puede hacer, porque así lo destaca Zgustova en la novela: qué injusta es la impotencia del artista y del intelectual ante la virulencia de ortodoxias que conducirán al gulag o a los campos de exterminio a millones de personas, cuya humanidad se ha objetualizado por completo, convirtiéndolos en mercancía, en carne de ganado, o en algo mucho peor, en cadáveres de una cadena de montaje.

La prosa de Soy Milena de Praga opera en la consecución de dos fines formales: lograr que el retazo defina el mundo de afuera sin caer en el patetismo o en un realismo mimético y buscar, a través de Milena, la representación de un pensamiento existencialista donde lo absurdo es claramente sobrevivir. La amistad con Kafka o sus últimos días en el campo de concentración de Ravensbrück, donde mantendrá una relación íntima y desconsoladora con Grete, contrastan con un trascendente compromiso académico con la traducción y el periodismo. Estas constantes biográficas nos aproximan al personaje de Milena desde su carnalidad, desde un humanismo que no esconde los defectos, el déficit emocional, la alienación por su género, la conmoción o la incertidumbre cuando el idealismo se desploma al llegar Hitler al poder.

La novela se concibe así como un cuaderno de bitácora donde la biografía, aunque lineal, destaca los momentos álgidos de una vida que ejemplifica el ideario de una intelectualidad europea que no supo adivinar las tramas genocidas de los radicalismos y que, cuando lo hizo, ya era demasiado tarde y no sabía cómo actuar. Porque el comportamiento feroz del nazismo y el uso de la técnica superaron la reflexión ética y moral que ejemplifica Milena con su devoción hacia la literatura como forma de análisis de tantas contradicciones. De hecho, la parte en la que se describe su amistad con Kafka reproduce perfectamente esa simbiosis entre pasión intelectual y una resignación interior hacia la marginalidad que experimentaba cualquier pensador.

Y. Praga como telón de fondo, y los campos de concentración, y otras ciudades centroeuropeas que se muestran con breves retazos de exquisito lirismo, mientras la sociedad tiende a su propio desgaste, al oprobio, a una toma de decisiones que hacen de los judíos un problema técnico, eminentemente técnico, que hay que solucionar con una eficacia silenciosa. Tras la lectura de Soy Milena de Praga, uno despierta a esa terrible contradicción: qué amable el mundo de la luz a través de la proyección artística, pero qué inútil cuando barbarie y nihilismo coinciden en el tiempo y en las formas. @mundiario