Cela, veinte años después

Retrato de Camilo José Cela. / RTVE
Retrato de Camilo José Cela. / RTVE
Murió Cela, el hombre, hace ahora veinte años. La creación se quedó mucho más huérfana. Los panteones en tierra ensancharon el insaciable orgullo de sus conquistas, paulatinas, inevitables.
Cela, veinte años después

Le conocí en alguna tarde de tertulia, en la sede de la Fundación, tras abrirse una media puerta preventiva, después de preguntar por la señora y advertírsenos que allí no había ninguna señora en tanto Marina, siempre atenta, oteaba ya detrás del criado. Entonces me percaté que ya nos habíamos encontrado sentados sobre banquetas bajas de madera de boj, en Raxoi, en San Marcos, en el Hostal, con Fraga, Casares y Beotas, charlando sin censuras de la vida, de Duartes y colmenas, ahora velutinas, quizás celebrando el millón de pesetas de los Gallegos del Año, del genial y generoso y amigo Feliciano Barrera.

Desde entonces, nunca he sabido con certeza en dónde se encuentra Cela. Quizás se atine en el anaquel distante, en forma de libro; o en la memoria, tacada de inmundicias envidiosas; o haciendo sonar la porcelana de su compilación de bacinillas; Quizá emerja para celebrar la Pascua; o lo haga para tertuliar con su abuelo sobre las biografía reconciliar de su hijo Camilo José y el amor de Rosario Conde, de los Trulock, los Bertorini, los  Lafayette... Las cosas han de ponerse en su sitio, sin Miró y sin rencor alguno de por medio, por méritos propios y como reconocimiento fiel a la memoria de una familia de trayectorias inmensas y de amores documentados.

Camilo se explayó en emociones, en siestas de bragueta bien abierta, pero nunca en llantos. Como ballena enamorada varó en Marina, fue la travesía definitiva por los placeres acompañados, en la hora santa de reposar digestiones.

He llegado a pensar que Cela es un exabrupto versal, un algo de café con achicoria, pero sin Valle, un poeta reconvertido en novelista, periodista, ensayista, editor de revistas literarias, conferencista, coleccionista... Un Nobel de gas, esfumado parentesco que le une a lo etéreo de todos los académicos reconocidos por otros académicos, Príncipe de Asturias y rey atávico de Flavia, Marqués con Pedrón sobre pimientos en el escudo, y aguante. Un viaje en la Sarita con retorno al mérito.

Murió Cela, el hombre, hace ahora veinte años. La creación se quedó mucho más huérfana. Los panteones en tierra ensancharon el insaciable orgullo de sus conquistas, paulatinas, inevitables. Miles de personajes se quedaron ausentes de su paridor sin cesárea. Cela no dio a luz, se desbarató sin descanso de sus palabras, a mano y con dolor, y las hizo gritar ya para siempre en la historia de la gran literatura. Entonces, los seres lúcidos ganaron la memoria de un grande, pues en España, de lo que mejor se escribe es de los muertos, y de lo que mejor se habla. Quizás su lápida, herida de letras, de flores marchitas y de algún desprecio envidioso, acabe como el mármol fúnebre reconvertido en mesas del café de doña Rosa, entre decires que ya serán más pobres sin la miel del saber expresar un bagaje de hombría que se supo sabia, intolerante, divertida, y que se aceptó senatorial y aristocrática.

Con el ser humano murió un poco lo español que fue gallego, o lo gallego que amó a España. Le repicaron las campanas de Iria Flavia, para las que no dio el duro que no tenía. Ahora paga con el legado inmarcesible de un Nobel, que fue noble y gallego. Hay que reclamarle a Darío Villanueva, a todo su saber, que incorpore al diccionario ampliaciones de esperanza, memoria y reencuentro en Cela. Como si fuese un lugar.

Él, el escritor, tenía razón, “la muerte es una amarga pirueta de la que no guardan recuerdo los muertos, sino los vivos”. La Ciudad de la Cultura honra su mundo de vivo y en ella se mezclan el hombre y el literato para cumplir juntos años de muchas cosas.

“...Por Cornualles, Bretaña y Galicia pasa un camino sembrado de cruces de piedra y pepitas de oro”. Camilo camina por las páginas, por la memoria del Chef Rivera, en la hemeroteca de El Correo Gallego, acompañado de sus lectores... Yo haré que lo lea mi ahijado Antonio, un domingo al abrigo de la cocina de leña, en Vista Alegre, a un paso de la casa de Rosalía de Castro, a dos de Iria Flavia, donde fue enterrado ahora hace veinte años CJC y en donde reposa su cuerpo y nace su recuerdo universal y eterno, sin censuras, pero también su incomprensión humana. Al mozo le regalaré un tesoro.

Padrón, con su luz yodada, se inscribe en la Historia con la tierra de los caminos y el oro de sus mentes privilegiadas, para contar o cantar episodios de la gran Galicia y de las letras.       “Y por aquí y por ahí y volando sobre esta feraz y mansa y civil vega de Iria Flavia, entre mis dos ríos, el verde y hondo Ulla y el rumoroso y a las veces enloquecido Sar, quedará flotando mi alma de gallego errante”.  Tus palabras, di que sí, Camilo. Al final, tenías razón, “el que resiste gana” y al que no te entienda, pues eso, a hacer puñetas. Hace dos décadas decía lo mismo. @mundiario

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