Cafarnaúm, la impresionante película libanesa que denuncia un mundo infernal

Fotograma de la película libanesa "Cafarnaúm", de Nadine Labaki
Fotograma de la película libanesa "Cafarnaúm", de Nadine Labaki. / Productora.

La cinta de Nadine Labaki es la crónica de un múltiple desvalimiento, la denuncia de un mundo infernal, el foco puesto sobre unos personajes que afrontan de manera distinta el terrible y desesperanzador golpe de la miseria.

Cafarnaúm, la impresionante película libanesa que denuncia un mundo infernal

Cafarnaúm (2018, Nadine Labaki) es la crónica de un múltiple desvalimiento, la denuncia de un mundo infernal, el foco puesto sobre unos personajes que afrontan de manera distinta el terrible y desesperanzador golpe de la miseria.

Cabe preguntarse ante una película como esta, en la que la directora libanesa incide en la durísima demostración del sufrimiento humano derivado de la injusticia social, cuáles son las proporciones de arte o de mera denuncia que contiene. Creo que, para que tenga más de lo primero que de lo segundo, los personajes han de representarse más a sí mismos que a una colectividad, además de que, por supuesto, quede fuera toda tentación de maniqueísmo. En ese sentido, últimamente he visto dos películas que lo consiguen en buena medida: Fátima (2015, Philippe Faucon), sobre el problema de la inmigración musulmana en Francia, expuesto a través de una historia muy personal, con personajes llenos de contradicciones capaces de hacer tambalear nuestra opinión; y esta Cafarnaúm, que lo hace especialmente a través de sus recursos puramente artísticos, el movimiento de la cámara, las interpretaciones, la elección de los escenarios, a lo que añade una asfixiante realidad que nunca se debería obviar.

Toda la película transcurre en un barrio periférico de Beirut, dejado de la mano de Dios y de las autoridades del país. Y, a través de sus sórdidas calles y casas, vamos a seguir en todo momento a un niño, Zain, de doce años, maravillosamente interpretado por Al Rafeea. Y es que uno no puede sino admirarse de cómo este niño sirio, uno de tantos refugiados en el Líbano, que era analfabeto en el momento del rodaje, pudiera en su rostro albergar tantos distintos registros de la tristeza y la amargura, y, sobre todo, esa mirada que parece capaz de abarcar cada detalle de la problemática que está viviendo, cada conclusión con la que se cierran las puertas a un futuro; todo ello en convivencia con una remanente ingenuidad infantil, con una pureza que se resiste a ser arrasada definitivamente.

Un rebelde, un héroe que lucha contra el mal 

Y es que Zain es un rebelde, un héroe que lucha contra el mal, contra un daño que empieza en su familia, en unos padres que no logran superar la opresión de la miseria y tratan a sus múltiples hijos con la dureza del que nunca antepone su amor a la reacción incitada por su propio sufrimiento. Cuando su hermana, con once años, tiene su primera menstruación, Zain ve claro su futuro: sus padres la venderán por unas gallinas a un hombre con el que necesitan quedar bien pues es muy fuerte su relación de dependencia. Zain tratará de evitarlo, ayudará a su hermana con las enormes dotes de ingenio que solo pueden brotar de la angustiosa necesidad, pero finalmente sus padres pactarán el matrimonio. A esos padres, en su soledad, los vemos sufrir, lo que nos indica que no son unos simples egoístas, unos desalmados, sino tan solo un matrimonio que no sabe o no se atreve a proteger a sus hijos del mal, y por ello los ofrecen a lo incierto o a lo directamente funesto. Intentan engañarse, decirse a sí mismos que los ceden a un futuro en el que podrán obtener la dicha que ellos no les podrán dar.  

 

Ante ese hecho, Zain huye de casa. Desprecia profundamente a sus padres. Nunca le han ofrecido buenas palabras sino el continuo grito de la propia desdicha, a la que no han cuidado moralmente, sino que la han dejado que libremente ensuciara sus vidas. A nadie le importa que ese chico vague desamparado por las calles. Nadie lo mira, nadie lo ve. Solo si resulta molesto se convierte en alguien, o al menos en algo. Se mueve por ese submundo gritando en silencio su terrible indefensión, pero, ¿quién tiene oídos para escucharlo? Para él, cualquier intemperie es mejor que el putrefacto ámbito de su casa. Zain es diferente. Vemos cómo sus restantes hermanos aún son capaces de las míseras alegrías, esas que sobreviven en la mente de un niño y que lo refugian en lo inmediato. Pero él está despierto y llamado a crear en lo posible una insumisión. Para sobrevivir es capaz de muchas cosas: del hurto, de la mentira, de vender un mejunje hecho con pastillas del opiáceo Tramadol; pero hay cuestiones sagradas, hay personas aún puras a las que no se las puede mancillar. El retrato de los barrios marginales de Beirut es brutal. Zain sobrevive in extremis gracias a la ayuda de otra desheredada, una joven inmigrante etíope, angustiada porque sus papeles están a punto de caducar, y presa del pánico porque teme que le quiten a su bebé, al que esconde como puede. Mutuamente se ayudarán. Todo lo demás es indiferencia.

La película ha empezado presentándonos un juicio inédito, improbable, el que se deriva de la más grave acusación que un niño puede pronunciar. ¿Y cuál es su denuncia, la culpa que achaca a sus padres? "Quiero demandarles por haber nacido", dice. Es el reproche más absoluto, el pecado original de unos padres que no se abstienen de dejarse ensuciar por la miseria que los envuelve, que se han convertido en peleles indignos en manos de la continua adversidad, que no tienen palabras de amor para sus hijos. “¿A quién le importas tú o cualquiera de nosotros? Somos insectos, pequeño; somos parásitos”, es lo único que ese padre le sabe decir o gritar a su hijo, palabras con las que se defiende de él, que le muestra esa posibilidad que tanto teme, la de rebelarse.  

Haber nacido es el reproche que también le podría hacer a sus padres un suicida, pero él no lo es. No es alguien que encuentre en su mente, en sus propios pasos, la infelicidad, sino que esta abrumadoramente le viene impuesta. Él, al contrario que sus padres, sí es muy capaz de practicar una valiente empatía. Lo demuestra cuando cubre a su hermana de once años, que ha tenido la primera menstruación, y ya es carne de una venta que finalmente no podrá evitar; o cuando amorosamente cuida del bebé de esa mujer etíope.

¿Qué parte de culpa tiene cada cual en una sociedad tan infecta?

En cualquier mundo de miseria florecen los buitres, la máxima inhumanidad, los que siempre ocuparían el primer puesto en las gradaciones de la abyección. Porque, ¿qué parte de culpa tiene cada cual en una sociedad tan infecta? En la película, vemos como los padres de Zain se justifican. Ante la acusación de Zain, su madre le espeta: “¿Has vivido mi vida? Si lo hicieras, te ahorcarías al instante”. Y su padre, ante el juez: “Nací y crecí en este maldito sistema, no en otro. Si tuviera una mejor opción, sería mejor persona”. Tratan de exculparse, pero la mirada de su hijo, les indica claramente que se puede hacer mucho más. No todo el mundo puede ser un héroe, pero sí al menos intentar ser íntegro, proteger la existencia de un amor eficiente, al menos en la privacidad.

Zain no fue registrado por sus padres cuando nació, por lo que no tiene derecho a nada. El traficante de permisos, desde su impiedad, le había dicho a la etíope: “Hasta un simple frasco de Ketchup tiene una etiqueta que la identifica”. Pero él no busca ayudar a una persona tan desprotegida, sino desangrarla con los precios abusivos que exige por posibilitarles una falsa identidad con la que tener derecho a la existencia. Zain no va al colegio porque sus padres quieren que trabaje. Cualquier sirio, por su condición de refugiado, tiene más derechos que él.

Cuando Zain descubre que su hermana casada ha muerto como consecuencia del embarazo (a causa de su edad, pero también de no ser atendida en el hospital por no tener tampoco papeles) su reacción es la de coger un cuchillo para matar a su marido. No lo consigue. Pero sí lo vemos en el juicio en silla de ruedas. Zain es condenado a cinco años de estancia en una cárcel aún más infernal que la calle, en un régimen de hacinamiento inhumano, pero en la que, al menos, se puede comer.

La última imagen de la película es la de la sonrisa de Zain, una sonrisa de la que el fotógrafo ha de recordarle su pertinencia. “Es para el carné de identidad, no para el certificado de defunción”. La tristeza del niño incluye el resumen de su desolación, la perspectiva de una nueva vida como verdadero ser humano que no se acaba de creer. Su madre ha vuelto a quedar embarazada y dará a luz a otro ser desgraciado como él. Y no sabe si él finalmente se salvará, si esa rebelión, si su fidelidad a los más puros sentimientos, lo protegerán, al menos, de una degradación tan comprensible como inexcusable.  @mundiario 

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