Blanco ceniza, de Ester del Pozo, tradición y vanguardia en Umbrías del Valle
Hay talento. Hay oficio. Hay una labor ingente en esta opera prima de la escritora madrileña Ester del Pozo. Publicado en la Editorial Autografía, la narrativa de Umbrías del Valle, lugar imaginario en el que se desarrollan los cuentos de este volumen, indaga en la doble semántica que representan la infancia y la adolescencia.
Frente a la ingenuidad y la ternura, la escritora revela también la violencia, la vesania y la doblez de muchas de las intenciones de los muchachos que habitan esta aldea. De hecho, el título es una confirmación de esa paradoja, en la que los matices, las heridas abiertas y las fisuras intrafamiliares marcan la historia y la memoria. Los cuentos mantienen una unidad temática que se caracteriza por dos elementos que Ester del Pozo ha sabido trabajar adecuadamente para lograr el efectismo que es necesario en una cuentística que busca la paradoja y la conmoción al final del relato. La intensidad está conseguida cuando en los cuentos se articulan acciones de varios personajes, tensiones simultáneas con diálogos y monólogos, y donde opera siempre una amenaza que nace del interior de los espacios, de los adentros de unos ánimos que indagan más allá de la realidad para conseguir sus fines, en muchas ocasiones, cargados de violencia y venganza.
"Los caminos que salen de Umbrías del Valle en dirección a la ciudad o al monte se impregnan de un barro negro que se mezcla con los despojos del ganado. María tiene que caminar con cuidado o dar largos rodeos para no mancharse los zapatos. Durante el invierno los vecinos se quedan en sus hogares, al resguardo de las inclemencias del tiempo. Y el pueblo languidece dando la impresión de haber sido abandonado o quizás preso de una maldición que lo mantiene en un estado de adormecimiento muy similar al de la muerte". (págs. 17-18)
Otro de los elementos que destaco es que, sin sumergirse en el manierismo de una estética gótica, los escenarios rurales que se describen son manifestaciones de un entorno claustrofóbico, sin apenas puntos de fuga, a los que se añade una cultura lastrada por la superstición, los prejuicios religiosos y unas creencias que determinan la conducta irracional de los actores del discurso, en su mayoría niños.
"Las campanas de la iglesia repicaron durante diez minutos, a intervalos. Y todo el pueblo, incluido el señor Gutiérrez, se vistió de negro y estuvo allí con ella, acompañándola. Felicia tiene un hueco dentro del pecho, oscuro, como una herida que supura pus y le ha crecido la joroba. Los huesos se le han salido para afuera. (...) ¿Qué va a ser de esta pobre ladrona?, decía. Dios no tiene compasión para los que son como nosotros". (pág. 36)
La influencia de ese mundo rural cerrado, pero fascinante por la exuberancia de su paisaje, es el que se encuentra también en Merino, Garzo o Rivas. El paisaje es solamente la apariencia de un mundo oscuro mucho más complejo, lleno de matices semánticos, en los que los rituales ancestrales, los amarres, los conjuros, la obediencia ciega a la tradición más rancia ocupan toda la vida privada de los personajes. Lo que logra Ester del Pozo, al igual que los anteriores autores, es ese contraste casi adictivo entre la belleza de lo inexplorado a través de senderos, sotobosque, frondosidad y caminos de herradura frente a la virulencia, unas veces dormida, otras desatada, de personajes que solo se enfrentan a la adversidad desde patrones inspirados en un imaginario que se nutre del sortilegio y el fetichismo.
" Las vísceras se desparraman encima de la tierra. Tanto esfuerzo para nada. Yoli las recoge a puñados, mezcladas con trozos de tierra, ramitas y espinos y las introduce dentro del suyo. Le dice que no sea estúpida, que van a venir los sacamantecas y que por su culpa les van a quitar los órganos, pero la niña no reacciona. Parece que no puede escucharla, como si sus sentidos estuvieran rotos o su espíritu muy lejos de allí". (pág. 73).
Los pozos, los ríos, la sangre en los atuendos, la asfixia, saliva y bilis, el viento del río y sus espíritus antiguos consolidan esa perspectiva paradójica, pues parece que la ingenuidad del niño y el bucolismo del escenario son incompatibles con estos referentes.
"Me gustaba verla fabricar amuletos con plantas de nombres raros. Los guardaba dentro de unos saquitos de tela (...) Que el agua de la acequia había reclamado a aquella chiquilla como parte de una deuda antigua. Eso decíamos Pilar, la Angélica y yo, a todo aquel que pasaba por el jardín mientras mirábamos la cruz que se inclinaba hacia delante". (págs. 105-107)
Pero, claro, que son compatibles y revela que lo humano es afín también al encantamiento y a la fatalidad de un destino que opera con la violencia, porque así ha sido durante generaciones. Amén. @mundiario