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Las bienales de La Habana y la familia Boti Llanes

Pregunté a Llilian Llanes de cuantos recursos disponía para organizar la V Bienal, sabiendo que en pleno “Período Especial” no debían ser muchos, y me respondió literalmente que de ninguno.

Las bienales de La Habana y la familia Boti Llanes
Obra de Kcho en la V Bienal.
Obra de Kcho en la V Bienal.

Siempre he admirado que Cuba, con una población que no llega a los 12 millones de habitantes, haya podido parir tantos/as artistas y de tanta calidad en las distintas manifestaciones culturales.

En música no tiene igual y la relación de grandes compositores e intérpretes es casi infinita: Benny Moré, Bebo y Chucho Valdés, Compay Segundo, Omara Portuondo, Celia Cruz, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés… Si hablamos de cine, enseguida aparecen las imágenes de Gutiérrez Alea, Humberto Solás, Enrique Pineda Barnet... Si de ballet, Alicia Alonso; si de literatura, Martí, el gran Alejo Carpentier, Guillermo Cabrera Infante, Lezama Lima, Padilla, Reynaldo Arenas, Gastón Baquero, Miguel Barnet, Leonardo Padura… en fin, una lista interminable, que ha sido reconocida con tres premios Cervantes: Carpentier, Loynaz y Cabrera Infante.

Las artes plásticas no descuellan menos que la música o las letras. Las obras que cuelgan en las paredes del Museo de Bellas Artes de La Habana: Portocarrero, Lam, Enríquez, Ponce de León, Amelia Peláez… así lo atestiguan y forman un conjunto que resulta imbatible.

Esas formidables manifestaciones de la cultura cubana las encontramos en toda época: en el XIX, en el XX, antes y después de la Revolución… Algunos estudiosos la explican por la rica mezcla de pueblos y culturas que se originó en la isla: indígenas y españoles, africanos y chinos, haitianos y jamaicanos, sin desdeñar la influencia que ejercieron los norteamericanos en épocas menos pretéritas. En La Habana coexisten la arquitectura colonial, el barroco cubano, el estilo Nouveau y el Art Decó. Y Wifredo Lam, un mulato mestizo descendiente de chinos, españoles y africanos, amigo de Picasso y quien se unió como voluntario al ejército de la República española durante la guerra civil, pintó con la misma maestría ese espléndido retrato al óleo del mejor estilo goyesco de Eulalia Soliño y por otra parte sus figuras tan características, arcaicas y a la vez modernistas, inspiradas en dioses y demonios africanos.

Cuando llegué a La Habana en 1992 como representante de la Agencia Española de Cooperación Internacional, me tocó vivir lo que se llamó el “Período Especial en tiempos de paz”. La URSS se había “desmerengado”, como decía Fidel Castro, y sus efectos se hicieron sentir con gran fuerza a miles de kilómetros de Moscú, como los de un tsunami después de un maremoto. Sólo un dato: el PIB cubano se contrajo más del 30% en un año.

En medio de aquel knock-out que sufrió la isla antillana, conocí a Llilian Llanes y a su familia, uno de los privilegios que me regaló la vida: Regino Boti, su compañero de vida, y sus hijos Lili y Regino Boti Llanes. Enseguida me referiré a Llilian pero antes déjenme recordar a Regino, el primer ministro de Economía que tuvo la Revolución, un economista cepalino que trabajaba estrechamente con el Che. Numerosos domingos a la hora del café me acercaba por la casa de los Boti Llanes en Miramar y recorría con Regino las novedades políticas y económicas del Continente, desde Canadá hasta Tierra de Fuego, aunque, a mi pesar, siempre nos saltábamos Cuba. “Con un diplomático extranjero no puedo hablar de mi país”, me decía Regino. Yo no me sentía para nada un diplomático y no lo era, aunque la sede de la Cooperación Española estuviera en la Embajada, pero poco importaba; los cubanos no podían fiarse ni un pelo de los extranjeros destinados en Cuba, y menos aún si procedían de un país capitalista y aliado de EEUU, España incluida, y ya no digamos si recibían un salario del Gobierno. Hacían bien, ante el acoso permanente al que la potencia americana sometía y todavía somete a la isla.

La única ocasión en que Regino se permitió hacer una referencia a Cuba en mi presencia fue cuando recordó la respuesta que dio a un periodista cuando arribó a La Habana desde Santiago de Chile -sede de la CEPAL- para tomar posesión de su cargo. La pregunta era si la economía cubana sería roja (comunista), y Regino Boti contestó: “La economía cubana será verde, como el color de la isla, o no será”. Nunca tuve la certeza de si aquel comentario significaba un desacuerdo con la dirección que tomarían las cosas más tarde, cuando Fidel decidió nacionalizar todas las empresas, pequeñas y medianas incluidas, y cuando Regino ya había dejado de ser ministro.

Así que Llilian Llanes me introdujo en su familia con una hospitalidad y una generosidad que sólo se encuentra en Cuba, aunque a mí me recordó la de Galicia, cuando se acoge a un forastero una vez vencida la tradicional desconfianza inicial. A Llilian, quien dirigía entonces el Centro Wifredo Lam y quien había sido vicerrectora de investigación del prestigioso Instituto Superior de Arte (ISA), le habían encomendado la organización de las primeras bienales de La Habana. Le pregunté en una ocasión de cuantos recursos disponía para organizar la V Bienal, la de 1994, sabiendo que no debían ser muchos ya que estábamos en pleno “Período Especial”, y me respondió literalmente que no disponía de ninguno. Debí de poner tal cara de sorpresa que sonrió y se apresuró a afirmar que saldría adelante igual, porque todo el mundo la ayudaría. Me admiró su determinación, sobre todo porque las bienales de La Habana se dedicaban al arte de los países en desarrollo -del Tercer Mundo, como lo denominábamos entonces-, y los artistas de aquellas naciones no disponían precisamente de medios sobrados para viajar y hospedarse en La Habana. Pero Llilian tenía razón y fueron tantos los participantes y tan grande el éxito de aquella quinta convocatoria que las obras expuestas tuvieron que desparramarse por todos los espacios disponibles de la ciudad, desde el Museo de Bellas Artes hasta el Castillo del Morro, pasando por la Fortaleza de la Cabaña y el propio Centro Wifredo Lam.

Llilian consiguió finalmente algún apoyo español y tanto Rosina Gómez Baeza, directora entonces de la Feria Internacional de Arte Contemporáneo (ARCO), como Carmen Alborch, quien había sido directora del Institut Valenciá d´Art Modern (IVAM) y era entonces ministra de Cultura en el gobierno de Felipe González, visitaron la Bienal.

Pero no nos despistemos. El éxito de aquella fiesta del arte del Tercer Mundo no hubiera sido posible sin Llilian, sin su coraje y su devoción. Si cuando se hablaba de economía o de política en aquella acogedora casa de Miramar la palabra de Regino era incuestionable, cuando se hablaba de Arte, así con mayúscula, el oráculo era Llilian. Supe, y no por ella, que había defendido que en la Bienal de La Habana no se premiasen obras o artistas individuales, pues de lo que se trataba era de promover el arte latinoamericano en su conjunto y, junto a este, el del Tercer Mundo, una idea que no era compartida por altos cargos culturales de la Revolución. Fidel Castro tuvo que intervenir. “Si pretendemos que visitantes, críticos y medios se fijen en “el todo” -argumentó Llilian-, no es buena idea despistar su atención en individualidades”. Y lo convenció.

Durante mi estancia en la isla tuve la suerte de tratar a la generación más joven de los artistas de entonces, como Kcho, Toirac, Pedro Álvarez, Tania, los Carpintero, y tantos otros, cuyas obras cuelgan hoy en los museos de La Habana, Miami y en numerosas colecciones particulares. José Toirac, uno de los corazones más bondadosos que he conocido, obtuvo este año (2019) el Premio Nacional de Arte Cubano, a pesar de que su obra está cargada de ironía y dobles mensajes, como corresponde a un artista inconformista. De aquella V bienal recuerdo sobre todo el montaje de Kcho, compuesto por docenas o centenares de pequeñas lanchas de madera alineadas y apuntando al Norte, hacia Florida, una obra que se inspiraba en la “crisis de los balseros”, cuando miles de personas abandonaban la isla en frágiles balsas de neumáticos entrelazados con cuerdas y con grave riesgo para sus vidas. Uno de los motivos centrales de la V Bienal era precisamente las migraciones. Tengo que confesar que a mí se me encogía el corazón y se me saltaban las lágrimas cada vez que veía partir a alguna de aquellas naves de papel desde el Malecón habanero.

Lllilian Llanes. / Mundiario

Lllilian Llanes. / Mundiario

Llilian tuvo razón: fue capaz de organizar un gran evento cultural para el Tercer Mundo, un evento inolvidable, con la participación de multitud de artistas, críticos y visitantes que llegaron desde lugares remotos del planeta a pesar de las graves carencias del período especial. La V Bienal “gozó del apoyo de todo el mundo”, como ella pronosticó, pero, en la balanza, lo que más pesó para sacar adelante aquel ambicioso proyecto fue su enorme voluntad y el profundo conocimiento del arte del Tercer Mundo que ella y su pequeño equipo poseían; ayudada, claro está, por la capacidad de convocatoria que tenía entonces la revolución cubana.

Regino Boti nos dejó hace años, lo que supuso una pérdida irreparable para Cuba, para sus amistades y, sobre todo, para su familia. El golpe y la tristeza que sintieron Llilian y sus hijos en aquel momento es sencillamente inimaginable. Pero Llilian, incansable como siempre, se sobrepuso al dolor y ahí está de nuevo, como curadora de exposiciones internacionales y como autora de obras sobre el arte cubano. Entre ellas: "Memorias de la Bienal de La Habana 1984-1998"; "El Vedado de los generales y doctores"; "De la enseñanza del arte 1900-1930" y, la más reciente, “Del arte en Cuba. Esculturas”, primera parte de un compendio sobre las distintas manifestaciones del arte en la isla. El 15 de enero próximo Llilian recibirá el “Premio Nacional a la Investigación Artística y Cultural” otorgado por Ministerio de Cultura de Cuba. Chapeaú, Llilian Llanes. @mundiario