Benjamin Itaspe (VII)

El atrevimiento de la gaviota. / www.encuentos.com
Benjamín Itaspe se va rumbo a Valparaíso en donde logrará formar parte de la intelectualidad chilena y ocupa importantes cargos en los diarios. / Relato literario

Así se dió inició a los días de navegación de Itaspe, entre alemanes que no hablaban más lengua que la suya y su soledad de siglos, mirando al mar sollozó, rezó por su nuevo destino y logró visualizar su vida en tierras araucanas. Aunque el capitán le tomó mucho cariño y le obsequiaba buena comida con los mejores vinos del Rhin, cervezas teutónicas y refinados alcoholes no logró hacerlo sentir mejor. Mediante el juego del dominó aprendió a contar en alemán, visitó todos los puertos del pacifico entre los cuales se encontraban algunos sin arboles ni aguas y los hoteleros para distracción de la gente dibujan árboles en los biombos llenos de flores y frutas semejando una naturaleza muerta.

Lo primero que hizo Itaspe cuando el vapor llegó a Valparaíso fue comprar el periódico y en los titulares aparecía la muerte de Vicuña Mackenna, antes de desembarcar había escrito ya en veinte minutos  un artículo referido al personaje. Cuando desembarcó le dijo al taxero igual que en San Salvador - ¿qué hotel?, el mejor-, aunque no fue el mejor esta vez, sino uno de segunda clase en donde se hospedaba un pianista francés. Hizo buscar a Eduardo Poirier y al poco rato este hombre – me dijo muy serio- correcto, generoso, eficaz estaba con él dándole la ilusión de un Chile esplendido y realizable para sus aspiraciones.

El Mercurio publicó su artículo sobre la muerte de Vicuña Mackenna y se lo pagó largamente. Poirier fue después y siempre como su hermano chileno, Poirier le ayudo con la otra carta de Santiago y la envió al destinatario. Su artículo en el Mercurio y el renombre que el general Cañas describía   le sirvieron de mucha ayuda para que aquel personaje de Santiago le respondiera que el hotel de France tenía listas las habitaciones para el señor Itaspes y que además lo estaría esperando en la estación. Itaspe sin mayor preámbulo al siguiente día tomó el tren de las cinco para Santiago. En el trayecto logró ver parte de la belleza chilena hasta llegar a la capital.

La trifulca de la capital con su llegada en tren, la agitación de la familia, los abrazos, salutaciones, los mozos, los empleados del hotel y todo el trajín de la estación metropolitana lo hicieron sentir en otro mundo. -Me senté en una banca- me dijo- y todo aquel ajetreo poco a poco se fue apagando, la gente se fue, los coches de los hoteles se llenaron y desfilaron y la estación se fue quedando desierta. Mi valijita y yo quedamos a un lado y ya no había nadie en aquel largo recinto, cuando en eso – me dice emocionado- diviso dos cosas, un carruaje esplendido con dos soberbios caballos, cochero estirado, valet y un señor todo envuelto en pieles, tipo financiero o diplomático que andaba por la estación buscando algo y yo a mi vez buscaba alguien y como ya no había nada que buscar nos dirigimos las miradas y me pregunto sino seria yo acaso el recomendado por el general Cañas y yo le pregunté sino seria acaso él señor de Santiago.

Itaspes al ver la mirada de aquel hombre sintió como si las puertas de su Jericó de ilusiones se cayeran. Se sintió al descubierto con su delgado cuerpo de muchacho, su cabellera larga, sus ojeras, su jaquecito y unos pantalones estrechos que Itaspe consideraba elegantísimo. Sus problemáticos zapatos y su insignificante valija quedaron al descubierto ante la mirada de aquel egregio magnate. Con aquella mirada Itaspe sintió que solamente quedó de él el inexperto adolescente que se encontraba en busca de sueños y sintiendo los rumores de las abejas de la esperanza que se prendían a su larga cabellera.

Gracias al distinguido personaje entró Itaspe a la redacción de La Época que dirigía el señor Eduardo Mac Clure y desde ese momento nuestro joven vate se incorporó a la intelectualidad de Santiago, en donde la élite joven de la intelectualidad se reunía allí en donde conoció a don Pedro Montt, a don Agustín, Edwards, cuñado del director del diario, a don Luis Orreco Luco, al doctor Puga Borne quien era ministro en Francia y tanto otros que pertenecían a la política de la época.

Luis Orrego Luco llegó  a triunfar como novelista, Rodríguez Mendoza era un entendedor de artistas, disciplinas y escritor político, Jorge Huneeis Gana se apasionaba por lo clásico, Tondreau hacia versos y traducía a Horacio. Mac Clure aparecía con su radiante sonrisa para avivar nuestra joven llama- me decía animado-  con su inseparable habano, yo lo veía como un hidalgo o un gentelman.

En resumidas cuentas la impresión que para Itaspe llegó a tener de aquellos años en Valparaíso se resumía en vivir de arenque y cerveza en una casa alemana para poder vestirse elegantemente como correspondía con sus amistades aristocráticas. Tenía la lejana impresión de un terrible cólera que se presentó en la capital- me dijo frunciendo el ceño- , las tardes maravillosas en el cerro Santa Lucía, crepúsculos inolvidables en el lado del parque Cousiño, horas nocturnas con Alfredo Irarrázabal, con Orrego Luco o el silencio del palacio de la moneda, la compañía del joven Pedro Balmaceda y del joven conde Fabio Sanminatelli hijo del ministro de Italia, la tarde que conoció al presidente Balmaceda en un luch y que volvería a tratar en Viña del Mar para luego ser invitado a un almuerzo familiar en donde el presidente lo colocó a su derecha, se encontraban el canónigo Florencio Fontecilla y el general Orizimbo Barbosa, la capa de don Diego Barrios Arana, la tradicional figura de los Amunategui, o don Luis Mott en su biblioteca, entre otras impresiones que Itaspe no logró  recordar bien aquel día.

Uno de los sucesos importantes cuando Itaspe se encontraba trabajando en la redacción del diario La Época fue una noche que apareció el director del diario diciendo que se iba a dedicar un número a Campoamor,- doscientos pesos al que escriba lo mejor sobre Campoamor-. Todos de inmediato se pusieron manos a la obra, hubo notas muy lindas, pero ninguna resumía la personalidad del poeta como la décima que Félix Benjamín Itaspe escribió ese día y los demás compañeros al leerlo  estuvieron de acuerdo que él era el ganador.

Itaspes le tuvo un gran aprecio a Pedro Balmaceda quien era su triste, malogrado y prodigioso poeta que Chile haya parido, le llamaba Hamlet, dulce príncipe – decía de él- cabeza apolínea sobre un cuerpo deforme, su palabra insinuante, conquistadora, áurea. Se veía en él la nobleza que le venía por linaje- y agregaba- . Juventud llena de experiencia, porque pos sus pocos años poseía una sapiente erudición, poseía idiomas, sin haber viajado a Europa sabia detalles de bibliotecas y museos. Para Itaspe ninguno superaba la escritura sobre arte que Pedro Balmaceda escribía. Es que Balmaceda fue el que escribió con el tiempo una página artística y cordial a uno de sus libros y gracias a Pedro Itaspe pasó a Valparaíso en donde ocupó un puesto en la aduana. Valparaíso fue  para Itaspe la ciudad de alegría y tristeza, de comedia y drama y de aventuras extraordinarias.

Itaspes además trabajó en la redacción del periódico  El Heraldo dirigido por Enrique Valdez Vergara un diario comercial y político. Fue nombrado redactor por influencia de Eduardo de la Barra, noble poeta y amigo de Itaspe como la amistad que entabló con Carlos Toribio Robinet. Escribía una crónica semanal, la primera que escribió fue sobre sport, la cuarta vez el director lo llamó aparte para elogiarlo por lo bien que escribía y por escribir bien le dijo que el periódico necesitaba otra cosa y le rogó no pertenecer más al periódico. Y por escribir bien se quedó sin trabajo, ¡que ironía es esa! , aunque a decir verdad todo fue producto de la envidia- me terminó confesando-. @mundiario