Lo bello y lo triste en Teatro de piezas, de Julia A. Riestra

Teatro de piezas./ X
"Me dejaba hacer, me dejaba llevar. No frenaba nada, no quería pensar nada, me limitaba a estar. Respirar. Existir. Estaba exhausta", escribe la autora de Teatro de piezas.

Desde hace unos años, llegan a mis manos muchas novelas, poemas y ensayos que indagan sobre el duelo. Creo que la pandemia fue un punto de inflexión. La memoria como una facultad creativa permite refugiarnos en aquello que hemos idealizado frente al tedio de un presente en el que el sujeto no termina de ubicarse.

Publicado por Niña Loba editorial, la opera prima de Julia A. Riestra reflexiona sobre el lastre emocional que deja la pérdida. Es inevitable y a veces injusta a los ojos de quien asiste como testigo. En Teatro de piezas lo que se cuestiona es hasta qué punto la escritura puede aliviar el alcance del daño. Porque no solo es la desaparición, sino también el declive y la erosión sensitiva de las demencias los que convierten la normalidad en otra cosa distinta: en una realidad difusa con demasiadas rendijas para intentar la escapada, en una forma de redescubrirnos ante quien sufre: "Compasión es compañía, compasión es unión, es pertenencia, compasión es saber que uno no está solo". (pág. 41)

La narrativa de Julia A. Riestra busca el lirismo para explicar que lo inexorable ha de ser aceptado sin esa virulencia que nos impulsa a considerar que no siempre la vida cumple con las expectativas que nos hemos creado: "Lo que quedaba de cada día era tiempo para ellos. Ese tiempo se dividía entre el paseo y la casa que, tranquila y oscura, los esperaba". (pág. 51).

Su lirismo se sostiene con frases cortas, en fragmentos de recuerdos y experiencias cotidianas donde los personajes femeninos sobre todo aparecen como espectros, figuraciones que se van diluyendo lentamente en densas sombras que el olvido va fabricando con el fin de que la pérdida no sea un impedimento para reconsiderar el presente. La vida se mantiene en una lucha en la que la escritora quiere que los suyos pervivan en las páginas mientras el olvido hace de las suyas: extinguir, erosionar, dar carta blanca a cualquier forma de acabamiento: "Pero no era ni luz ni aire lo que nos faltaba; era ella". (pág. 13)

Hay una voluntad explícita de que las mujeres que han formado parte de la vida de quien escribe sobrevivan en una sintaxis depurada, con un ritmo melódico suave, sin apenas disonancias ya que un léxico que domina la abstracción y el sentimentalismo: "Sara buscaba y solo encontraba blanco. (...) Era como si la hubieran soñado". (...) De pronto se acordó de mí y se dio cuenta de que, por mal que se sintiera, por oscuro que fuera su presente, la vida le exigía cuidarme y ese lazo no le dejaba marchar". (págs. 75-77). Y luego está esa novela que subyace bajo un relato en el que una partida de ajedrez y el teatro son metáforas de la propia existencia. Porque existir es vincularse a personas que nos involucran en la aflicción, en la admiración, en el fracaso.

Pocos personajes, perfiles que rasga la poesía antes que lo descriptivo, acciones cotidianas que intentan recuperar a quienes ya no están o van a hacerlo en breve. No hay hilo conductor, porque no es necesario. Los episodios se arman desde la inmediatez de una impresión, esa que está subordinada a lo intuitivo, a la afección, a la anarquía de sensaciones que se confunden en los recuerdos. Los recuerdos no tienen criterio. No pueden tenerlo, sino dejarían de ser impronta, huella, influencia, estigma: Sara, el padre, una niña no son en la novela. Acontecen en la novela en función de ese olvido que aún permite recomponer un mundo que, desde el presente, es otro. Renovado, más austero, liviano casi. Inspirado por otros matices entonces: por la resignación sobre todo: "Me sentó en la pequeña cocina iluminada por la luz oblicua del invierno y trajo un vaso de agua que se llenó de reflejos". (pág. 55)

Predomina la serenidad en la cadencia de cada frase, la ternura incluso, puesto que la reflexión sobre la caducidad y su inexplicable ritmo de desgaste están lejos del revanchismo o del reproche. Sucede porque ha de suceder. El estoicismo no es aplicable, cuando la escritura de Julia A. Riestra intenta rescatar lo que ha de extinguirse por ley: "Al ir entrando en la casa, Sara notó un aroma familiar. era una casa luminosa y, sin embargo, también estaba impregnada de cierta tristeza. Serían las fotos. Incontables fotos de mamá llenaban espacios en las paredes, estanterías y muebles. A veces sola, otras con papá, otras conmigo, y, en un marco pequeño, los tres". (pág. 90). Y es hermoso, sin embargo, que cada uno de los capítulos, autoconclusivos, marcados por la austeridad que implica la intensidad con la que se recuerda aquello que nunca se vivió como parece. Resistir es clave en esa sensación de orfandad que tanto hiere. @mundiario