Azahara Alonso y la revolución de la serenidad
La publicación de Gozo, de Azahara Alonso, supuso en 2023 la aparición de un ejemplo de narrativa heterodoxa, no demasiado frecuente en nuestra tradición literaria, pues combinaba géneros y modalidades discursivas para dar cuenta de la necesidad de una transformación personal que superara las ansiosas expectativas que la urgencia de las sociedades imponen desde su propio materialismo y desde la liquidez de sus valores. Publicada en Siruela, Gozo indaga en un retiro espiritual que se convierte prácticamente en un rito iniciático, de redescubrimiento de la realidad sin la subordinación a la prisa y a las convenciones. Una novela que tiende al ensayo y a momentos de un lirismo en el que el locus amoenus de una isla se articula como un espacio de liberación personal, de búsqueda de la ausencia para hacer del silencio y su austeridad un elogio tan añorado como necesario.
La siguiente entrevista a la escritora explica algunas de estas claves de lectura.
- La palabra "gozo" proviene del latín "gaudium", que significa "alegría" o "felicidad". Tu obra es un tributo a la serenidad y a la reconciliación con la paciencia en un mundo donde urge todo. ¿Qué relación hay entre el título y esa reivindicación que se hace sobre la necesidad de buscar el escapismo y la quietud?
- Es preciosa esa referencia que haces a la etimología, y es también parte de la razón del título del libro, que quiere jugar sobre todo con la ambivalencia del término: el gozo vinculado al placer y a la alegría, y el gozo vinculado a la religión (tan presente en esa isla que se narra), que se oponen en cierto sentido. En cuanto a la intención, cuando escribí la novela quería sobre todo contar algo: darle forma a la vida de unos personajes en un contexto determinado y, desde ahí, problematizar de forma encarnada asuntos como la política de los tiempos. ¿Qué ocurre con nuestra implicación casi total con el empleo? ¿Es verdaderamente libre el tiempo libre? ¿Cómo consumimos territorios en nombre del supuesto disfrute turístico? Son asuntos tremendamente políticos y quise articular esa rabia desde lo literario. Mi intención no era llamar a la serenidad —aunque comprendo que pueda darse esa lectura—, sino a una revolución, por modesta que sea: des-someternos a la aceleración que nos arrastra y nos explota.
- Lo que representa Gozo es que no es una novela al uso, sino una propuesta heterodoxa de varios géneros con un fuerte componente lírico y filosófico. ¿A qué se debe esa integración de géneros en tu relato?
- Creo que cuando hablamos de novela al uso nos referimos a una novela que hoy analizamos con perspectiva, una novela que tiene una forma definida y estudiada. Pero creo también que la historia de la novela es la de una búsqueda formal para contar determinadas cosas, y por eso siempre ha estado y está abierta a la experimentación. En mi caso, como lectora soy absolutamente omnívora, por formación vengo del mundo ensayístico y antes de este libro había publicado un libro de aforismos y un poemario. Lo que quería contar en Gozo precisaba de una forma muy concreta y para mí era esta, la fragmentaria, con una prosa lo más lúcida posible —que bebiera de lo poético— y con personajes que pudieran pensar. Una veta de la novela contemporánea está impregnada de todo esto. Siempre me sorprende que resulte extraño que en una novela un personaje piense, como si en la vida real solo actuáramos. En otras tradiciones literarias, como la anglosajona contemporánea, está mucho más normalizado que un libro no pertenezca exacta e indudablemente a un género. No creo que la pureza sea un valor en la literatura (ni en lo demás).
- Cuando uno termina de leer Gozo, tiene la sensación de que hay un componente autobiográfico que motiva la decisión de la protagonista; como si la obra respondiese a una clase de revelación en la que la autora descubre que su vida ordinaria la está subyugando o alienando. ¿Hasta qué punto Gozo responde a un punto de inflexión en tu forma de vivir?
- Creo que es lógico que el autor o autora de un libro de cualquier género esté presente en lo que escribe, porque la escritura literaria nace siempre de algo personal. Sin embargo, en los últimos tiempos es llamativa la importancia que parece tener para lectores y lectoras la relación del autor/a con los personajes, el descubrir cuál de ellos es, el indagar en los hechos reales. En ese sentido, parece a veces que hoy buscamos más la crónica que la literatura. Dicho esto, Gozo es producto de mi deseo de deserción. Quería hablar de una isla, del turismo y de la dimensión política del tiempo en las clases trabajadoras. A nada que alguien reflexione sobre la vida que llevamos, es inevitable caer en la cuenta, intelectual y físicamente, de hasta qué punto estamos agotadas, alienadas. En ese sentido, fue liberador escribirlo, pero mi forma de vivir no ha cambiado significativamente: tengo las mismas necesidades y no me puedo permitir no trabajar.
- Perteneces a una generación de escritores que no escriben pensando en las dos Españas ni en el guerracivilismo, ni en la confrontación entre mundo rural y mundo urbano. Tu escritura se nutre de autores europeos que parecen haber superado el estigma de las contiendas. No sé si estoy en lo cierto.
- Para mí una de las partes fundamentales de la escritura es la lectura, por supuesto, y creo que la literatura es siempre política y aborda entonces los conflictos fundamentales que supone no solo lo íntimo sino también el vivir en común. Que no responda a la forma del panfleto o del manifiesto no significa que la literatura no tenga un componente político; creo que, al contrario, consigue articularlo a veces mejor. La posición desde la que escribimos es también elocuente.
- Alguien podría pensar que no es compatible la aspiración vital de la protagonista con una sociedad cuyas revoluciones industriales y tecnológicas han alargado nuestra esperanza de vida, por ejemplo, y han permitido proyectar mejoras notables en países que, hace unas décadas, eran prácticamente subdesarrollados.
- Desde luego, en algunos sentidos vivimos ahora mucho mejor que en generaciones anteriores, al menos si nos referimos a la esperanza de vida gracias a condiciones más salubres y también más investigación y conocimiento sobre las enfermedades. Pero todo sigue siendo una cuestión de clases: por ejemplo, los pasos hacia la privatización de la Sanidad hacen que quien no pueda permitirse económicamente una vida mejor, ni siquiera puede permitirse la salud. En cualquier caso, las mejoras en las condiciones de vida están muy ligadas a la necesidad del sistema de contar con una población trabajadora activa que sea fuerte y resistente; la mayor esperanza de vida va pareja a una edad de jubilación más tardía, y constantemente desde las instituciones se nos invita a cuidar nuestra salud para vivir más tiempo, precisamente en un momento en el que la natalidad es muy baja y hace falta mano de obra.
Muchas gracias, Azahara, por este tiempo con @mundiario.