Buscar

MUNDIARIO

Una aventura para escribir la vida

Crítica literaria de 'La aventura de mis siete días' de Albert Torés.
Una aventura para escribir la vida
Portada de La aventura de mis siete vidas. / Mundiario
Portada de La aventura de mis siete vidas. / Mundiario

La obra poética y ensayística de Albert Torés es amplia y profunda. Una obra reconocida con importantes premios literarios, pero sobre todo una obra que se extiende ya por una singladura de una cuarentena de años. La aventura de mis siete días, bilingüe en español e inglés, con una traducción de Mo Malone, como dice el propio autor –a través del editor Juan Navidad- es “una colección de fechas, días y sentimientos”. Pero sobre todo es un canto a la libertad, al compromiso, a la conciencia cívica, a la solidaridad y a la construcción de una etapa histórico-sentimental. 

En este recorrido por la memoria, por el recuerdo (lo que queda en el corazón) los mimbres podrían ser muy variados pero Torés apuesta siempre por la heterodoxia: “Una glosa histórica que quisiera reconocer/ como una nueva forma de poesía”. Es uno de nuestros heterodoxos contemporáneos, ajenos a modas y autocomplacencias. Su literatura es muy personal y siempre bajo la marca Torés, con un gran maestro a sus espaldas, a quien siempre ha venerado siempre Blaise Cendrars, del que tradujo El Panamá o la aventuras de mis siete tíos (Ed. Media Vaca, Valencia, 2003) y algunos estudios, y al que conoció en París –como cuenta a partir la página 30, y del que ha recreado el título de este libro en homenaje al libro traducido: “A veces, me acariciaba la cabeza/ con su mano izquierda y una vez me dijo:/ «Te cambio la calcomanía por el gran Premio de Literatura de París»./ Le entregué mi colección de adhesivos, mi afecto sincero/ y mi admiración más extensa en forma de original/ que escribe en su honor./ Lo titula La aventura de mis siete vidas./ Más lo leo ante sus atentos y profundos ojos”.

Las aventuras de mis siete vidas es vanguardista, con la línea surreal como un claro exponente, pero también dadaísta, muy experimental, en ocasiones social, en otras ensayístico, dialógico… y siempre conmovedor, intensamente insertado en los más profundos sentimientos que siempre nacen de la razón.

Así, conciencia y memoria se dan la mano desde una cita inicial de Max Aub, ya que ambas nos construyen como seres humanos. Desde una felicidad inaugural, “Estaba muy feliz en el vientre de mi madre” hasta el desasosiego, “la crueldad me visitaba cada mañana/ a las puertas del colegio” , o el enorme abismo de la esperanza: “La esperanza es poesía de la velocidad/ del bullicio y la confusión”.

En este recorrido que nace de asociaciones mentales, conscientes o inconscientes, la estructura formal es el monólogo interior, ese fluir de la conciencia que nos permite entrar en un mundo desconocido en el que el yo poético recorre al río de la vida con todo el aporte de materiales para creer en ella pero también detritos, adherencias…, y va incorporando todas las obsesiones, sensaciones, propuestas teóricas y pensamientos que lo han ido moldeando a lo largo de su vida desde que naciera.

Al mismo tiempo que nos habla de su nacimiento, lo inscribe en un contexto histórico y literario: Pasternak, el Che Guevara en su camino hacia Cuba, la llegada a la Luna, la música de Holliday o Count Basie… Música que siempre estará presente de continuo en su obra con múltiples referencias. Sus lecturas están también presentes desde el principio con uno de sus autores, Camus.

La amalgama y combinación de materiales es tan diversa que a medida que vamos leyendo vamos construyendo su mundo, su existencia, su pensamiento sin necesidad de que exista una continuidad en su línea ficcional, sino en las sensaciones que se acumulan en ese río de la vida.

Desde el primer momento va creando asociaciones con sus deseos, ahormando lo que pudo ser, las frustraciones y la conquista de una verdad personal. Siempre el lenguaje adquiere matices plurales, diversos y desconcertantes, con un profundo juego metafórico en el que interviene tanto el lenguaje ilustrado, como el coloquial y la transposición de lo simbólico e interpretativo, pero con una enorme claridad y sutiliza en otras.

A lo largo de ese recorrido existe un vocativo, Teresa, a la que, en esa senda verbal por su existencia, toma de confidente, al tiempo que enamorada, pero hay otro yo que también actúa de vocativo, ese otro yo en la forma jergal de “cabrón”: “¿Dime ya, cabrón, estamos ya muy lejos de lo ambiguo o de su corona de cuero?”.

El lenguaje apostrófico le permite instalarnos en la confidencialidad y la cercanía emotiva tanto como en la sinceridad del discurso consciente como de la construcción sentimental y/o surreal.  En ese recorrido todo es permisible, la definición de sí (“golfos del bien”) como la incursión en la metaliteratura para expresar la razón del poema (“El poema ignora/ a su vez a la historia”)… a través de endecasílabos blancos que van construyendo el decurso vital de esa historia sentimental con la voz ausente, Teresa.

No podría, en ese recorrido, estar ausente Buñuel, una de sus pasiones, ni el Barça o EE UU , cuya mitomanía está presente a lo largo de toda su obra, como Truffaut, Moreau o Monroe: “Déjenme respirar la grandeza de Manhattan/ embarcarme en los olvidos de la noche,/ en aquellas puntuaciones de películas mudas,/ en las trincheras del abrazo recelado.// El mayor puente colgante del mundo,/ va de Brooklyn a Staten Island,/ de tu ombligo a la garganta del placer”.

No olvidemos que en la construcción memorial todos esos fenómenos inconscientes llegan ahora como eslabones que nos permiten construir nuestro yo. Ese yo poético relevante en el poema que justifica su presencia, en el que al mismo tiempo que los Rollings o los Beatles hallamos una defensa de los derechos de la mujer.

En ese recorrido por la historia personal y social, surge el golpe militar en Argentina, Böll, Cortázar, o sus amigos Tundidor, Félix Grande… y el PCI: “De aquellas vigiladas penetrantes que tuve/ en sueños indelebles, los años de nuestras vidas/ se tornaron desdichados y los espejos varios/ mostraron roturas tiranas/ y una terrible desconfianza en el hombre”. Esencial elemento en su recorrido. Porque los años no transcurren en balde, al mismo tiempo que se va alimentando de esos nutricios que nos hacen vivir, también existen las compulsiones de las derrotas o traiciones. Esa desconfianza que no es baladí, que son personas, pero también son ideas, símbolos en los que un día se creyó. Un recorrido por los símbolos pero también por sí mismo y los vencimientos: “No era consciente de mi generación,/ huérfana y triste/ que acabaría siendo la del gol de Marcelino a Yashin”.

La política, el compromiso, está siempre presente en su obra pero también el amor: “Todavía hoy escribo poemas de amor sin protagonistas/ de verdad”, y la amistad, como se percibe en la cita a Belén Molina.

En definitiva, un poemario en el que Torés se confiesa con absoluta sinceridad a través de la sutileza de su lenguaje híbrido, múltiple, mestizo, lúcido y heterodoxo, que nos reconquista con una sentimentalidad histórica muy personal. @mundiario