Antonio Franco, maestro y amigo

Antonio Franco y José Luis Gómez, en Brión (A Coruña). / LGI
Antonio Franco y José Luis Gómez, en Brión (A Coruña). / LGI
Era todo corazón y, además, un genio, un gigante del periodismo. Un director tan convincente como habilidoso, un periodista creativo y un hombre honesto. Una persona inolvidable. Su gran obra, El Periódico de Catalunya.
Antonio Franco, maestro y amigo

He tenido la inmensa suerte –también el privilegio– de trabajar con grandes periodistas. Grandes de verdad. Periodistas con mayúsculas. Auténticos maestros de este oficio.

Antonio Franco, el director fundador de El Periódico de Catalunya, que acaba de fallecer en Barcelona a los 74 años, fue uno de ellos. Otros fueron Juan Ramón Díaz, Armando Fernández-Xesta, Carsten Moser ... 

A finales de los años 90, siendo director de La Voz de Galicia, Antonio Franco me hizo una propuesta para que me la pensara con calma: irme con él a Barcelona, para desde allí encargarme de la dirección editorial de los periódicos del Grupo Zeta. No era algo urgente –el puesto estaba bien cubierto por José Luis Martínez, el bueno de Flavio–, pero tampoco era algo sin horizonte: Flavio necesitaba hacerse cargo de un periódico de su propiedad, La Voz de Almería, y de otros negocios del sector de la comunicación, y en algún momento tenía que abandonar el entonces pujante Grupo Zeta.

Antonio Franco, José Luis Gómez y José Luis Martínez, Flavio, en Madrid. / Grupo Zeta

Antonio Franco, José Luis Gómez y José Luis Martínez, 'Flavio', en Madrid. / Grupo Zeta

Casualidades de la vida –digamos que ciertas circunstancias políticas de la Galicia de entonces– terminaron por favorecer la decisión, y me fui a Barcelona con Antonio. En el organigrama del Grupo Zeta fui primero director editorial de la división de prensa y, no mucho después, de todo el grupo, así como miembro de su comité editorial –ambos formábamos parte del mismo–, pero en la práctica era una extensión de Antonio Franco en el grupo.

Lo más importante de todo fue que terminé siendo su amigo, lo cual hizo posible que nuestra relación no se redujese al ámbito profesional, sino que se ampliase al personal y perdurase para siempre. Creo haber conocido bien a Antonio, pero no sabría contar –al menos en un artículo un tanto apresurado– todo lo grande que fue. En todas sus facetas.

UN GIGANTE DEL PERIODISMO

Antonio era todo corazón y, además, un genio, un gigante del periodismo. Un director tan convincente como habilidoso, un periodista creativo, un fino columnista y un hombre honesto. A veces –también– todo un show. Una persona inolvidable.

Su gran obra, El Periódico de Catalunya, ahí está a la vista de todo el mundo. Es su legado al periodismo más aparente, pero hay muchos más.

Antonio era un hombre que quería mucho a su mujer, Mylène Bigatà –inolvidable, de quien tomó prestado su apellido para el seudónimo Antonio Bigatà–, también a sus hijos –Carlota y Andreu–, pero había alguien más a quien adoraba y admiraba: su amigo –y editor– Antonio Asensio Pizarro, el creador del Grupo Zeta. Se habían criado en un barrio popular de la Ciudad Condal y terminaron conquistando los cielos.

Antonio le había hecho a Asensio un periódico en Barcelona que terminaría siendo líder en Cataluña, al tiempo que le daría apoyo –y sentido– a otros periódicos de Asensio en distintas comunidades autónomas, gestionados con criterio por José Sanclemente y Juan Fernández. De alguna manera plasmó en El Periódico y en el Grupo Zeta su idea federalizante de Cataluña y de España, al tiempo que acrisolaba su ideología socialdemócrata, tirando a la izquierda, pero con un gran pragmatismo, sin hacer trampas. Ser buen periodista, según Ryszard Kapuscinski, exige ser "buena persona", pero tampoco requiere ser la Virgen de la Concepción.

Los veraneos de Antonio solían pasar por Francia –Mylène Bigatà, su mujer, era hija de un maestro de la República, exiliado y miembro de la resistencia francesa–, pero alguna vez logré convencerle de las bondades de Galicia. Este mismo año volvimos a valorar la posibilidad de volver a encontrarnos en Oleiros, al lado de A Coruña, una ciudad que conocía bien, tanto por trabajo como por razones personales. En realidad también por el Deportivo, ya que si bien era muy del Barça y del Elche –todo un misterio sin resolver–, tenía una gran simpatía por el Dépor desde que vio jugar a Djamlinha y a Bebeto. Y, sobre todo, por la satisfacción que le produjo la lambretta de Djalminha a su odiado Real Madrid, compatible en todo caso con su buen rollo con Florentino, algo consustancial con su fair play

Emilio Rey Berguer, Antonio Franco, Santiago Rey y José Luis Gómez, en A Coruña. / Xurxo Lobato

Emilio Rey Berguer, Antonio Franco, Santiago Rey Fernández-Latorre y José Luis Gómez, en A Coruña. / Xurxo Lobato

En Galicia y en Barcelona conoció de cerca a varios políticos gallegos, de diversas tendencias, entre ellos Manuel Fraga, Xesús Palmou y Xosé Manuel Beiras. También a algunos intelectuales y periodistas, como Emilio Rey Berguer, su padre –Santiago Rey–, Julián Rodríguez o Xurxo Lobato –para él algo así como Churcho–, a quien me consta que apreciaba de manera especial.

Si bien sus simpatías eran más fuertes con los socialistas y socialdemócratas catalanistas, su talante progresista –y, sobre todo, plural– no le impedía mantener fluidas relaciones con otros ambientes políticos. Era un gran integrador y un conciliador empedernido, lo cual no siempre se entendía, dadas las tensiones habituales entre Madrid y Barcelona y entre España y Cataluña. Nada nuevo bajo el sol.

José Luis Gómez y Antonio Franco. en Castellón. / Grupo Zeta

José Luis Gómez y Antonio Franco. en la Universidad Jaume I, en Castellón. / Grupo Zeta

CON AZNAR Y MARAGALL EN EL RECUERDO

En un almuerzo –reservado– del presidente José María Aznar en la Moncloa con directores de periódicos de Madrid, Cataluña, Galicia y Euskadi –el primero al que yo acudía–, el de aquella jefe de Gobierno nos preguntó a todos los presentes qué opinábamos sobre su relación política con el País Vasco; léase –si se quiere– con los partidos abertzales y nacionalistas. En mi turno le dije que tenía la sensación de que a los nacionalistas, si se les escucha e intenta comprender, suelen institucionalizarse; tampoco quise ir mucho más lejos. Cuando terminó la ronda de respuestas –Antonio también intervino con su habitual brillantez y elocuencia–, Aznar me señaló con el dedo y me preguntó –un poco tenso–  si estaba insinuando que él no entendía y no comprendía el nacionalismo, cuando veía –camino de La Moncloa– señalizaciones que indicaban "A Coruña, A Coruña..." Confieso que me sorprendió su respuesta, ya que me parecía exagerado comparar una cosa con la otra, pero aún así le recordé que A Coruña –y no La Coruña– era un topónimo oficial aprobado incluso por el PP de Galicia.

Al salir del comedor monclovita, Antonio me pasó la mano por el hombro y me dijo algo así como: "no te preocupes, ni te esfuerces en explicarte en exceso. En Madrid cuesta entender qué es el nacionalismo..." Pero, aunque nunca lo hablamos, tal vez aquello tuvo algo que ver con que me llamase a su lado.

UN CATALANISTA REGENERADOR

Ni él ni yo fuimos nunca nacionalistas, pero ambos hemos intentado comprender –y explicar– que España es un Estado plural, cuasi federal, donde caben también los nacionalistas –y nacionalismos– democráticos. Por eso él me encargó predicar –en nuestro particular "pueblo a pueblo"– un evangelio catalanista modernizador de España, en el fondo nada muy distinto de lo que, a su manera, intentó hacer Pasqual Maragall cuando se propuso situar en la estela del catalanismo regenerador una clave para la modernización del Estado.

Junto con el periodismo popular de calidad, el progresismo, la amistad y otra serie de valores que le caracterizaban en su trayectoria vital y en su día a día, siempre había un lugar para la música. The Beatles eran otra de sus grandes pasiones; tanto que un día me regaló un yellow submarine que tenía en su moderno despacho del carrer del Consell de Cent en Barcelona, que todavía conservo. Como lo era el periódico francés Libération, su eterno Libé, fundado en 1973 por el filósofo Jean-Paul Sartre y los periodistas Benny Lévy y Serge July.

Seguramente por todo ello, porque era periodista, progresista y decididamente tolerante, Antonio era raro que dijese que no –a todo se le podía dar una vuelta–, salvo cuando se enfadaba mucho. Solía ser claro pero políticamente correcto, incluso con sus adversarios y enemigos, que también tenía alguno. Era una persona educada, con tono de voz agradable, profundamente afectuoso y generoso. No costaba quererle. @J_L_Gomez

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