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Annabella (II)

Annabella, hace su aparición en la obra.

Cuatro bailarinas entre bastidores.
Cuatro bailarinas entre bastidores.

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Eugenio Tórrez

Eugenio Tórrez

El autor, EUGENIO TÓRREZ, es colaborador de MUNDIARIO. Es docente y decano de la Universidad UPONIC. Escribió una novela corta para el Miami Herald y ganó un concurso de cuento. En los años 90 comenzó a escribir para la prensa de Nicaragua y en la revista Ángel Pobre de la Universidad Centroamericana. @mundiario

La primera vez que Annamarie esposa de Alfredo Quijano y madre de la joven Annabella llegaron a solicitar sus servicios para la hechura de un traje de noche para su hija, Benito no pudo evitar esconder su nerviosismo al tomarle las medidas, y llamando a gritos a Lupita le ordenó le trajera de mentira las pastillas para la presión que había olvidado tomar por la mañana, Lupita conociendo el tipo de marido que tenía le siguió la corriente, y al regresar de la habitación le llevó unas aspirinas para la calentura las que se tomó sin agua, el roce de aquel vestido celeste en aquella celestial cintura lo llenaron de estupor, y sudando frio logró al fin terminar de tomarle las medidas  a la agraciada princesa.

Benito se esmeró día y noche en confeccionarle a su beldad el traje perfecto, el  vestido ideal, único  y propio de una princesa, hecho a la medida y el gusto de su hidalguía, y con la plena seguridad que la familia quedaría satisfecha de su trabajo a como realmente ocurrió; porque el día que Annamarie y su hija Annabella llegaron a traer el encargo, en el preciso instante que ella y su madre se internaron en el cuarto de los espejos para medirse el traje de terciopelo azul , Benito corrió a la habitación continua en donde tenía escondido un agujero en la pared, cubierto al otro lado en un óleo de un tronco de árbol pintado por mi bisabuelo Benjamín Patter , al que le había disimulado un agujero y desde donde logró ver la ebúrnea piel de la primaveral berlinesa, Benito se quedó anonadado por la visión y cuando ellas salieron de la habitación, en un fugaz momento, cuando la madre se adelantó a caminar, el sastrero aprovechó este breve instante para depositar atrevidamente su diestra en los enhiestos glúteos de Annabella, quien de inmediato lo volteó a ver sorprendida, mientras él sin inmutarse le sonrió irónicamente cerrándole un ojo, y en el momento que su madre se despedía de Lupita en el fondo de la casa, él la continuó confundiendo, mientras Annabella se quedaba asustada y glacial guardando silencio ante aquel avorazado pulpo, aunque al poco rato despidiéndose del abuelito se marchó al lado de su madre, como si nada hubiera ocurrido.

Desde ese fortuito encuentro, Annabella carcomía el corazón de Benito quien de rodillas todos los sábados y domingos en los billares le pedía a la imagen de San Benito que tenía en una esquina con unas velas negras, para que lo apartara de aquella terrible obsesión que sentía por aquella tierna caja de pandora o fruto prohibido, llegó hasta padecer insomnios y pesadillas por la creatura, y no podía pasar un día en paz, cada vez que iba a la catedral le pedía también a la virgen del Socorro que lo librara de aquella inocente y poderosa tentación, y ni siguiera sus terribles confesiones con el padre Echeverría, lograban librarlo de aquella delirante obsesión.

La vigilaba  desde que ella salía para la universidad, hasta caer la noche, la controlaba metódicamente sin que nadie se diera cuenta, muchas veces dejaba a cargo a su joven esposa en la sastrería, hasta que un viernes la joven Annabella al salir temprano de la facultad de medicina se quedó un rato en el parque central esperando el coche de su padre , y Benito quien llevaba meses observándola furtivamente se le acercó disimuladamente tirando migajas de pan a las palomitas que se encontraban en todo el lugar, para decirle casi en susurro que cuando pudiera llegara a verlo solita, para enseñarle unos trajes bien bonitos que él había hecho especialmente para ella, y a la vez le suplicaba con vehemencia que no le dijera nada a nadie y mucho menos a sus padres, porque era un secreto entre ellos dos nada más ¨cómo cuando te toqué a escondidas, te acordás amor¨, le dijo saboreando las palabras, Annabella le sonrió inocentemente diciéndole ,¨Ajá, si me acuerdo, pero hasta el viernes podré llegar a verlo para que me muestre los vestidos….¨ y sin decir más, salió corriendo en dirección a la catedral para hablar con unas amigas de la universidad rodeada del sonido de alas alborotadas de las tórtolas en vuelo.

Roger esperó el viernes con unas ansias enormes, tenía una emoción reprimida en su pecho, el corazón parecía que se le salía de su lugar y hasta respiraba con dificultad y las manos le sudaban. Ese día hizo salir a su mujer al mercado con el pretexto de que le fuera a comprar un chancho con yuca, la Lupita obedeciendo ciegamente salió mascullando ¨chancho con yuca, chancho con yuca, el chancho con yuca sos vos jodido degenerado¨. Benito solo la quedó mirando amenazadoramente y ella conociendo de lo que era capaz, no tuvo más remedio que apurar el paso hacia el centro de la ciudad, Benito espero horas y horas  y cuando llegó la Lupita con el chancho con yuca, él le dijo decepcionado ¨comételo vos que eso ya está todo frio¨, Lupita sin embargo lo recalentó y se lo dió a comer en la cena profiriéndole ¨alegrón de burro te llevastes, vos crees que una joven de esas le va hacer caso a un viejo chancho con yuca como vos¨, aquella fresca mañana de abril, Annabella no llegó a como lo había asegurado, y Benito se inquietó mucho, porque sospechó que había faltado a su palabra, Orlando  a quien todo le contaba, le prometió protegerlo con su vida ante cualquier situación inesperada y le aconsejó buscar mujeres de su edad  ¨porque acordate que el que se acuesta con mujeres jóvenes amanece cagado¨, pero aquella semana transcurrió sin novedad, y un miércoles de ceniza mientras él se encontraba vistiéndose para asistir a la iglesia de San Francisco, apareció ella luciendo el mismo vestido de terciopelo azul que él mismo le había diseñado y manejando unos patines, ¨buenas¨, le dijo parada de puntas en los patines en el propio umbral de la puerta de entrada, y él al verla como una aparición de muñeca de valet, tan solo le logró responder también , ¨buenas¨, ambos se quedaron mudos, y ella al verlo tan desconcertado le dijo, ¨puedo pasar don Benito¨, ¨pasa hija, pasa¨, le respondió él sobreponiéndose a su repentino estupor.

Aquel día Benito en el cuarto de los espejos mudó a su fetiche más de cinco veces, hasta satisfacer sus fantasías más recónditas en su perturbada libido, rindió culto y propiciación a su ídolo, y desde ese libídine y desatinado día Benito se sintió más vivo que nunca, Annabella por su parte sintió llenar su vacío al encontrar el cariño que necesitaba por la falta de figura paternal, porque ella le confesó ese mismo día que Quijano no era su verdadero padre; sino un novio que  mamá había encontrado en Norteamérica, ya que su ¨vater¨ o padre había sido un  doctor y un beodo que terminó sus últimos días en un basurero berlinés, su nombre era Frederick Müller, al pronunciar su nombre, Annabella lloraba echándose en los brazos del sastrero, y este tomándola muy tiernamente en sus brazos la consolaba como a un mädchen o bebé, contándole historias de familias leonesas y cuentos libidinosos que a ella mucho le llegarían a gustar con el tiempo, porque cada vez que él la consolaba, ella se quedaba aletargada escuchando el Geschichte o cuento que él improvisaba, mientras él aprovechaba aquel impasse para jugar con ella al doctor y a la enferma en patines. @mundiario