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MUNDIARIO

Annabella (I)

El día que mataron a Roger Benito Parajón Cortés por la espalda, el tren todavía  se detenía frente al matadero, en donde trabajaba la tía Maruca, el tío Chepe León y el esposo octogenario de mi tía Pina, Armando Miranda. / Relato literario

La vieja Managua.
La vieja Managua.

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Eugenio Tórrez

Eugenio Tórrez

El autor, EUGENIO TÓRREZ, es colaborador de MUNDIARIO. Es docente y decano de la Universidad UPONIC. Escribió una novela corta para el Miami Herald y ganó un concurso de cuento. En los años 90 comenzó a escribir para la prensa de Nicaragua y en la revista Ángel Pobre de la Universidad Centroamericana. @mundiario

El día que mataron a Roger Benito Parajón Cortés por la espalda, el tren todavía  se detenía frente al matadero, en donde trabajaba la tía Maruca, el tío Chepe León y el esposo octogenario de mi tía Pina, Armando Miranda. Parajón vivía por aquel entonces en León a orillas del rio Chiquito, en una casa colonial que había heredado de sus padres, en donde se decía que asustaban por la noche y también por el día, su padre Agustín había sido un señor sastrero muy reconocido de ojos azules y su esposa Gregoriana era una hermosa india que por un tiempo había sido sirvienta en la casa de las pelonas en tiempos del masón Roger Benito Parajón Juárez, abuelo de  Roger Benito Parajón Cortés, el hijo mayor de don Agustín Benito Parajón Juárez y doña Gregoriana Asunción Cortes Escorcia.

Doña Gregoriana Cortés cuando llegó a conocer a su esposo, León era todavía un municipio de Nicaragua conocido como Santiago de los Caballeros, era una humilde niña de apenas ocho años que cuidaba de Agustín con esmero, quien era otro niño un poco menor que ella. Con la trágica muerte de los padres de Benito, una niña blanca como una paloma cuidó de él como si fuera su madre, y Orfilia, Esmeralda y Orlando hermanos menores de Benito hicieron que éste se casara a escondidas con la humilde y huérfana muchacha, quien siempre cuidó de él como si fuera su propio hijo, casi de la misma forma como la Gregoriana había hecho con su padre Agustín, ella cuidó de Benito a pesar de la mala vida que este le dio siempre con sus enfermizas infidelidades, los parajones o pelonas como le solían decir a los hijos de don Agustín, por sufrir de calvicie y también por ser mezquinos y soberbios con los vecinos del lugar tenían además la mala fama de ser una familia insoportable, con decirte que hasta se creían dueños del río Chiquito que pasaba a la orilla del caserío regado por todo el litoral, y Orlando quien era teniente de la guardia de Somoza patrullaba las orillas del mismo atemorizando a los que se encontraban bañando o lavando ropa en sus cristalinas aguas sin su autorización, Orlando llegó al punto de cobrar una determinada suma de dinero a quienes quisieran hacer uso del río chiquito de los Parajónes o pelonas y quienes no pudieran pagar este tributo les ordenaba realizar trabajos forzados en su casa, como sacar agua del pozo, limpiar el enorme patio, lavar la ropa de la familia o vender las tortillas que Orfilia Parajón y Esmeralda preparaban en el fogón en donde ardía un enorme comal de barro, o simplemente obligaba a las mujeres más jóvenes a acostarse con él.

Orlando Parajón era un hombre cruel como sus otros hermanos, y era el más odiado en la localidad por todas sus arbitrariedades, crímenes y violaciones que cometía con aquella pequeña comunidad. Mientras Benito quien había aprendido el oficio de su padre se dedicaba por entero a diseñar trajes. Y el mismo día que  sus padres mueren atrozmente en un terrible descarrilamiento de tren ocurrido cerca de la pocita los Martínez, ubicada por donde quedaba la vuelta de la guitarra tres kilómetros al este, en la propias orillas del lago Xolotlán, ese trágico día don Agustín y la Gregoriana habían dejado a su hijo Benito al frente del próspero negocio, el accidente ferroviario según se investigó fue producto de un descarrilamiento provocado por unos jóvenes que andaban cazando iguanas y que intencionalmente desviaron las vías del tren hacia una ruta de tierra cerca del poblado los Brasiles, aquella noticia apareció en el periódico oficial del dictador Novedades, y el régimen lo atribuyó a un grupo de armados que querían atentar contra unos guardaespaldas del tirano que iban ese día transportando para la penitenciaria de Tipitapa, aunque a los pocos meses el caudillo fue víctima de un atentado en la casa del obrero en León, en un baile que ofrecía el Partido Liberal a su patriarca, ese mismo día había asistido precisamente mi tía Maruca con su novio Enrique al baile, y cuando iban apagar las luces para ajusticiar al hombre, dicen que ella intervino para que no lo mataran; porque los nervios la traicionaron, fue por eso que Rigoberto en pleno salón se le dejó ir al presidente número veintiuno del país, con arma en mano disparándole las letales balas envenenadas que pusieron fin a su existencia, Rigoberto terminó hecho un colador en mitad del salón y el hijo del cafetalero a la semana expiró en Panamá a donde había trasladado para atenderlo, ese mismo día mi tía fue detenida en el parque central por una patrulla de la guardia por sospechosa, hasta que mi abuelo Pastrán la llegó a sacar con la ayuda del diputado Mayorga, el mismo que le daría trabajo a mi abuela y una beca a su mi tío Julio para irse a estudiar a Honduras ingeniería agrónoma, luego que mi abuelo Pastrán fuera víctima de la fatalidad en su propia  fábrica de colchones en donde murió víctima de un accidente al pasar cerca de una máquina a la que se le desprendió una correa que como un latigazo lo golpeo en la testa a mi querido y altruista abuelo Armando Benjamín Díaz Pastrán, esa histórica noche del asesinato de Somoza Garcia en el baile de la casa del obrero en León quedaría grabado con tinta indeleble en la memoria y corazones de todo un pueblo.

Benito pues cuando su padre Agustín y su madre la Gregoriana desaparecieron quedó al frente de la sastrería de su difunto padre, se había convertido en uno de los mejores sastreros de León y sus elegantes diseños eran solicitados por prestigiosas casas de trajes como los famosos ¨Trajes Gómez¨ que tenían sus instalaciones en la vieja Managua de antes del terremoto del setenta y dos. El modisto diseñaba solo trajes para damas y también bellos vestidos para niñas, y tenía la virtud o el toque mágico con las féminas, porque con solo mirarlas podía saber que diseño era el más adecuado para cada una de ellas. En realidad no había una dama en todo León que no estuviera satisfecha con lo que el modisto les confeccionaba, la mayoría de sus clientes eran señoras de la clase media y la burguesía, y muchos de sus maridos se mostraban  celosos por la insistencia que algunas de ellas solían  tener por ir donde el alfayete Benito Parajón para que les diseñara por ejemplo, un traje de noche para la velada del sábado o un vestido para el teatro en donde se presentarían los valses de José de la Cruz Mena, en fin, siempre las señoras de la época tenían un motivo para dar hacer sus caprichosos trajes donde don Benito, sin sospechar que este prestigioso y serio costurero sacaría ventaja de sus inocentes clientes, y para colmo las asediadas señoras se quedaban calladas de lo que este les hacía a hurtadillas, mientras por ejemplo doña Josefa Toledo era manoseada por el modisto mientras se probaba su traje de noche en el cuarto de los espejos, su esposa la misma niña blanca como una paloma que lo había criado, se quedaba muda de espanto al ver a su esposo abusar de aquellas señoras de alcurnia. Lupita conocía mejor que nadie la debilidad de su marido desde que lo cuidaba, porque cuando ella lo bañaba y mudaba siempre el niño trataba de encaramársele como los perritos en celo restregándose en la pierna de la atónita niña, además ella sabía que Benito cuando jugaba con las otras niñas se las llevaba por aparte hasta el fondo del último cuarto para besarla a como solía hacerlo con ella cuando ambos se ponían a jugar a la gallinita ciega, Lupita sabía que Benito siempre prefería esconderse en la profundidad de aquella habitación, en donde a veces miraban a una hermosa monja desnuda sentada en una poltrona de cuero crudo que los miraba sonriendo, mientras él se encontraba descubriéndola en la penumbra de aquella biblioteca en donde se quedó Lupita a vivir hasta sus últimos días, hasta la dramática muerte de su marido, el único hombre al que le sería fiel  a pesar del abuso al que fue sometida por parte de su perverso hermano y de todo el maltrato e infidelidad que ella tuvo que soportarle siempre, porque el alfayete en varias ocasiones cuando se obsesionaba profundamente por una joven se olvidaba de su existencia y hasta dejaba de tener relaciones con ella, a como le ocurrió el día que conoció a una joven berlinesa, quien marcaria su vida profundamente, porque cuando la germánica apareció, Benito se perdió por meses en  el billar de los parajones que él mismo había comprado al marimbero de la familia de Chepito Áreas, el mismo que llegaría a tocar los timbales con el grupo Santana. Los billares se encontraban en una esquina, cerca de la estación de trenes en donde él tuvo el agrado de conocer a mi padre y también a Rigoberto el mismo que le disparó a Somoza Garcia, quienes limaban sus asperezas todos los fines de semana en medio de una recua de botellas por el amor de mi madre, frente a los ¨Billares los Parajones¨ se encontraba la ferretería del cojito en donde llegaba a veces Clodomiro el ñajo a comprar, y un poco más al norte como a media cuadra vivía una familia de extranjeros, quienes tenían a una hermosa hija de cabello bermejo, de quien se obsesionó Benito hondamente por un largo, largo tiempo.