El amigo catalán: un hombre enamorado de Galicia

Foto antigua de la plaza del Toural, en Santiago de Compostela. / Facebook
Foto antigua de la plaza del Toural, en Santiago de Compostela. / Facebook

Habiendo estudiado medicina, desde muy joven se interesó por los misterios del ser humano y los aspectos que iban más allá de la realidad, lo paranormal, el espiritismo, la brujería. / Relato literario.

El amigo catalán: un hombre enamorado de Galicia

El Capitán Efrén no era un hombre corriente. Había recorrido todos los mares y andado casi todos los caminos en busca de respuestas a su insaciable curiosidad. Cuando le conocí ya había superado el rubicón de la existencia, y su envidiable memoria lo convertía en un inagotable contador de historias. Habiendo estudiado medicina, desde muy joven se interesó por los misterios del ser humano y los aspectos que iban más allá de la realidad, lo paranormal, el espiritismo, la brujería. 

Esotérico y fetichista, escudriñó toda su vida tras las puertas del misterio. Me confesó una vez que consideraba, como Sartre, que la vida era una pasión inútil, porque él pensaba que Darwin había acertado y que Dios había muerto o era solo energía, como afirmaba Teilhard de Chardin. Fue un excelente escultor, pintor y literato, pero entre sus múltiples facetas humanísticas destacó por su intensa actividad como editor de las más secretas historias y de los más exquisitos facsímiles de joyas olvidadas entre el polvo de antiguas bibliotecas. Lo recordaré siempre como un hombre sabio y humilde al que nunca le oí presumir de sus orígenes. Cuando alcanzó una edad longeva, decidió marcharse de este mundo, concertando casi la fecha de la partida. Con su alma de poeta, me escribió en aquellos últimos días con mano temblorosa, un canto a la amistad que no he podido olvidar. Los restos de sus cenizas de polvo enamorado se los llevó el viento entre las olas del océano atlántico, en las costas de la tierra que él tanto amó.

En sus últimos años me eligió como amigo confidente de sus tristes soledades de la vejez

En sus últimos años me eligió como amigo confidente de sus tristes soledades de la vejez y en muchas ocasiones hube de agudizar mi ingenio para poder darle algún ánimo y alivio que le empujara a seguir adelante por un camino que se le hacía cada vez más injusto e insostenible.

El viejo capitán no solo no manifestaba el más mínimo temor hacia la muerte, sino que hablaba de ella con una sorprendente familiaridad, se diría que incluso a veces flirteaba, como si de un trágico e inevitable romance se tratara, en cuyo abrazo se perdería definitivamente.

En los últimos días me hizo confidente de sus secretas e impresionantes gestiones pre mortuorias, visitando una oscura industria en un almacén de las afueras de la ciudad y encargando un ataúd, con el ruego de que se le permitiese decorarlo personalmente en su interior con pinturas a mano que le acompañasen en el viaje a través de su particular laguna Estigia.

Al parecer, la respuesta del carpintero funerario, un hombre ignorante y supersticioso sin duda, no era favorable a las peticiones de mi amigo, lo cual le producía una triste desazón que le atormentaba cruelmente.

En una de aquellas desoladas visitas a las que el Capitán Efrén me convocaba angustiado, e invocando la necesidad urgente que le embargaba "de hablar al amigo", como decía, para poder desahogar un poco sus inconsolables pesares, me confesó que se enterraba en el trabajo con desesperada dedicación para no dejar una sola oportunidad a la cabeza de vagar por caminos negros e indeseables, que le llevaban al desánimo y a considerar la inutilidad de esta misteriosa existencia en que nos encontrábamos por tan poco tiempo.

Afortunadamente trabajo no le faltaba, porque acababa de llegarle un encargo de un personaje importante y poderoso, y quería compartir conmigo la buena noticia. Fue entonces cuando me contó la historia de su primera novia Áurea, en la lejana juventud, a la que aún amaba y las extrañas coincidencias que ahora, al final del camino, concurrían para acercarlo de nuevo a ella de una forma enigmática.

Detalles 1 Semana Santa Santiago de Compostela 2015

Detalle de la Semana Santa en Compostela. / Luis Polo

Durante aquel congreso de brujería que hubo en Galicia hace unos años, entre los invitados, se encontraba una vidente extraordinaria

– No sé si te conté –me dijo– que durante aquel congreso de brujería que hubo en Galicia hace unos años, entre los invitados, se encontraba una vidente extraordinaria, tal vez la más sorprendente que yo haya conocido.

Bueno, ya sabes, la costumbre que tenemos en casa con todos los invitados, de mostrarles nuestro pequeño museo. Aquel día, mientras esto sucedía, el grupo iba contemplando despacio los expositores, ya sabes, con las cabezas reducidas de indios yanomamis que traje de Río Negro en Brasil, el cráneo que conservo de cuando estudiaba medicina en Santiago, aquel que me había costado la expulsión de la fonda donde estaba, al sorprenderme la patrona cociendo la cabeza en una olla de la cocina para despellejarlo más fácilmente. En fin, las colecciones de crucifijos y todas esas cosas que tengo por allí y que he ido reuniendo en los viajes a lo largo de mi vida. Realmente extrañas, es cierto, y si miro hacia atrás, quizás no me reconozco apenas en esas aficiones, lo cual en cierto modo me ha inquietado a veces. 

Pues como te decía, mientras el curioso grupo de adivinos, brujos y videntes, recorría las vitrinas llenas de objetos, aquella mujer excepcional, al fijarse en una foto desapercibida en un rincón, se volvió hacia mí y sin la más mínima duda aseveró:

– ¿Está muerta, verdad? 

Y a continuación afirmó con rotundidad.

– Y fue tu novia.

Mientras yo escuchaba perplejo y en silencio ante la verdad de las afirmaciones, ella continuó.

– Le harás una escultura en Santiago y cuando la hayas terminado te irás con ella.

Aunque sorprendido, en aquel momento no le di excesiva importancia. Tal vez el escenario y aquella cofradía de visitantes expertos en el más allá, aproximaban a la realidad cualquier manifestación surrealista. Lo de la escultura me parecía algo improbable, pero le dije que me gustaría mucho que se llevase a cabo.

– Esta misteriosa anécdota, hubiera quedado así, si no fuese por la llamada que he recibido esta mañana –continuó el Capitán Efrén, con un cierto aire de ausencia–. Me ha llamado alguien de la administración y me invitó a su casa, donde pude descubrir a un admirador antiguo de mi obra, que yo desconocía.

En una sala, este alto funcionario, conservaba orgulloso un cuadro mío adquirido en Santander hace cuarenta años.

La invitación, de todas formas, tenía otro objetivo. El de encargarme una escultura dedicada a la novia eterna, la novia dejada en Santiago por todos los estudiantes. Ese amor primero que a veces uno desprecia con la arrogancia de tener toda la vida por delante llena de cosas extraordinarias reservadas para él.

Los dos coincidimos que el nombre más adecuado para la escultura sería: "A la novia Áurea". No sé si te dije que ella se llamaba así. Y ya ves, me he puesto rápidamente manos a la obra.

Ya lo veo –le respondí yo, preocupado por el convencimiento que mostraba ante lo que parecía aquella coincidencia de su azar, que se iba confirmando, y añadí–. Además, si es así, ¿qué prisa tienes?

– Debo acabar la escultura.

– Ya, pero eso significaría el final.

–  Así es, pero no me importa.

Yo comenzaba a inquietarme y añadí con esperanza:

– Esto es muy afortunado, desde mi punto de vista. Nadie tiene el destino tan en sus manos como tú. Puedes alargar la vida, aplazando el remate de tu obra. Al fin y al cabo, tiempo habrá de sobra para que la admiren las generaciones venideras.

El capitán me miró entonces con una lejana tristeza y acariciando la maqueta que tenía sobre la mesa, me sorprendió diciendo:

– Sí, pero eso sería ir contra el destino y no debo torcer las instrucciones que parecen anunciarse tan claras. 

Me estremeció la respuesta, pero comencé a entender aquella aceptación sin condiciones, como una rendición concertada y a interpretar que es posible colaborar con el destino poniéndose de su lado para los más trascendentales asuntos.

Volví a mi casa cargado con la pesadumbre de aquella confesión. Llovía copiosamente sobre el tramo del camino que me llevaba bordeando la costa y el coche se deslizaba sobre las hojas que caían brillantes e indolentes desde los plátanos, envolviendo el mundo en melancolía. Yo pensaba que ahora solo me quedaba esperar.

Se acercaba la Navidad, ese tiempo de ausencias tristes, y a mi cabeza volvían los remordimientos. ¿Habría dejado atrás a mi Áurea? @mundiario

Aldea de Redes, febrero de 2018.

 

 

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