Amar en tiempos de crisis

Desamor. / Armando Orozco. / Pixabay
Desamor. / Armando Orozco. / Pixabay
Es el concepto atribuido al amor el que está en crisis y no el amor verdadero como tal. Las sociedades han pasado del fanatismo religioso al fanatismo posmodernista.
Amar en tiempos de crisis

Éste fue el título de la Lección Inaugural de Humanismo que impartió el pasado 18 de agosto el Rector Nacional de la Universidad Católica Boliviana, padre José Fuentes Cano. La conferencia fue profunda, interesante y hasta incisiva, pues no se plegó a los convencionalismos contemporáneos ni fue condescendiente con los prejuicios de la modernidad (y, sobre todo, de la posmodernidad), sino más bien que interpeló y tocó ciertas características incómodas de la sociedad en su conjunto y, particularmente, de los jóvenes de hoy.

Ahora pienso que el título de la conferencia es maravillosamente cabal. Y digo ahora porque apenas concluyó me puse a pensar si son el amor y la capacidad de amar que tenemos los seres humanos los que deben analizarse dentro del contexto crítico y difícil que los rodea (como hizo el padre José en la conferencia), o si, por otra parte, es el amor mismo como valor absoluto el que está experimentando una crisis. Pero no. El amor, filosóficamente hablando, no puede estar nunca en crisis: se mantiene incólume; siempre será uno y el mismo, pues cuando hay discordia o frialdad, no es el amor el que está fracasando, es simplemente que está excluido. Así que lo que debemos hacer como entes éticos y sensibles en el mundo es analizar las circunstancias amenazantes que están rodeando el concepto del amor y su práctica en nuestros tiempos.

Debo admitir que apenas concluida la conferencia se me despertó un prejuicio respecto a mis alumnos: creí que la gran mayoría estaría en contra de lo que predicó el rector. Lamentablemente, luego de la charla que al día siguiente sostuve con mis estudiantes en torno al contenido de la conferencia, terminé corroborando mi prejuicio.

Cuando leí el afiche de la conferencia, deduje que la palabra “crisis” tendría que ver con el contexto de la pandemia del coronavirus, pues evidentemente, si vemos por ejemplo cifras de divorcios y rupturas de relaciones humanas, el confinamiento y el encierro están cobrando gran factura. Luego, sin embargo, los oyentes nos dimos cuenta de que esa palabra representaba una crisis más profunda y más seria: una debacle no solo sanitaria, sino además moral y ética, intelectual y, sobre todo, espiritual.

Decía que es el contexto que hoy rodea al amor, y no el amor como concepto absoluto, el que debemos analizar. Hoy en día, pues, atravesamos momentos de relativización en todo ámbito. Luego, es el concepto atribuido al amor el que está en crisis y no el amor verdadero como tal. Las sociedades han pasado del fanatismo religioso al fanatismo posmodernista. El buen Voltaire (quien, dicho sea de paso, podría haber sido todo menos ateo), así como ayer llamó a los fanáticos de los ritos litúrgicos “entusiastas de la religión”, hoy llamaría a los posmodernos “entusiastas del cientificismo relativista”.

Coincido con el padre José en que el siglo XX trajo comodidades en el plano material pero miserias —o directamente vacíos— en el plano espiritual. En realidad, ya en el siglo XIX, a partir de la dialéctica marxista y las ideas de orden y progreso de Spencer y Comte, se veía venir una era de desespiritualización humana. A ello se sumó la tentativa nietzscheana que, sirviéndose de una prosa musical y atractiva, intentó crear una moral sin Dios o sustituir la fuente de la ética por la conciencia del superhombre. Como se pudo ver en quienes la intentaron poner en práctica (v.g., los intelectuales nazis), ese ensayo fracasó. Véase, por ejemplo, el Manifiesto de los 93, en que 93 científicos y artistas de élite académica alemana se adhirieron a la causa nazi, a excepción de Einstein, cuya ética y humanismo, emanados de su panteísmo, se mantuvieron siempre incólumes. Esto nos lleva a pensar, junto con Sócrates, que la moral y la ética siempre tienen como fuente la religión, y ésta, a Dios. Lo más interesante es ver que ese ensayo había fracasado ya en su mismo creador: Nietzsche, quien en un momento de su vida se compadeció de un caballito agonizante, sometiendo así su espíritu a aquella compasión que, según él, provenía del cristianismo y que tanto mal hacía a las personas. Tenía razón en lo primero. Pero no en lo segundo.

Lo curioso es notar que muchos de los postulados de los grandes revolucionarios de las ciencias y el pensamiento fueron malinterpretados por los movimientos políticos contemporáneos y, lo peor de todo, por los intelectuales posmodernistas de hoy en día, quienes, lejos de ser materialistas que solo creen en lo que ven y tocan, asumen como dogmas ciertas obsesiones que son tan indemostrables como la existencia de Dios, a la que ellos combaten. Un ejemplo: la relatividad de Albert Einstein socavó la mecánica clásica de Newton, pero el gran físico judío jamás intentó relativizar las normas morales y los esquemas éticos que, para él, hacían ordenada y civilizada una vida en sociedad. Freud, por su parte, aseveró que la religión era un síntoma de la neurosis. A todo este movimiento cuestionador de la moral y la religión se adhirieron expresiones artísticas y movimientos políticos que, en muchos casos, llevaron las cosas hasta la puerilidad. Pintores y poetas como Picasso y como Apollinaire, celebrados más por su extravagancia que por su profundidad o su técnica depurada, fueron recibidos como libertadores de los viejos corsés sociales.

Todo esto creó una atmósfera de deshumanización, un contexto propicio para la superficialidad y el materialismo y un ambiente infecundo para las realidades de la fe, el amor y la esperanza (la trilogía que predica Pablo de Tarso). El amor cristiano quedó sitiado, mientras la sociedad creía liberarse. Empero, hoy la sociedad está a la deriva en cuanto a su desarrollo humano y espiritual. Lejos de sentirse más seguro y más libre, el hombre está ahora más perdido y más esclavizado. El hedonismo y las falacias políticas y sociales lo están llevando al vacío. Y es que la verdadera libertad y la felicidad verdadera es sentir que, más allá de las satisfacciones de este limitado mundo y más allá de las mezquindades de esta sociedad, existen certezas donde se puede estar pleno y seguro. El amor —el verdadero, que es invariable y eterno— es una de ellas.

Insto a la juventud a leer Mateo 7: 15-20: “El árbol se conoce por sus frutos”. Reflexionando este pasaje, nos damos cuenta de que las modas ideológicas, las filosofías materialistas y existencialistas y la publicidad trivial nos están llevando a un mundo cada vez más dividido y más inane, signado por el odio, el ensimismamiento y el egoísmo en las familias, el populismo en la política y el libertinaje sexual y materialista en la sociedad. Lamentablemente, al ser humano le gusta más defender ideas que analizar situaciones concretas; hay que mirar los hechos para ver si realmente esas teorías brindan buenos frutos. El fin no justifica los medios. Y lo peor es que ni siquiera el fin es bueno. Medios y fines son malos.

La esperanza está en que todo este relativismo implosione por su propia vacuidad, para que el ser humano vuelva a mirar hacia el espíritu. (Algo de esto fue tratado por Vargas Llosa en La civilización del espectáculo, recomiendo su lectura). Cada día veo personas perdidas en la vida, quienes creen que lo tienen todo pero en realidad son esclavas de la materia y la carne. Ahora bien, con esto no digo que el dolor sea solo de los que están influenciados por el materialismo, pues el sufrimiento es general, pero los que tienen el amor verdadero lo enfrentan de manera más efectiva, y al final salen vencedores. @mundiario 

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