Algún dios para mí ahí arriba...

Golden Temple of Kyoto, Japan
Templo budista de Kyoto.
Curiosamente, cuando cumplía los 18, la quietud se desmoronó. Mis compañeros y profesores se despidieron para siempre: había perdido el amparo de la educación. / Relato literario
Algún dios para mí ahí arriba...

Descubrí que no era de la familia y fui castigada por la autoridad; ahora, entiendo aquello que me decían... Sucias palabras que manchaban mi imagen, mientras que, habiendo sido educada en el desprecio, permanecía sumida en una depresión que me confirió increíbles resultados académicos.

"No hay dios que te entienda", me decía mi madrastra, mientras algo se movía por la noche.

Ahora entiendo que aquellos insultos surgían de la envidia, pero eran validados por el maltrato.

Yo era menor de edad ante lo que estaban haciendo. Comencé a recogerme en casa esperando por la graduación, cuando pudiese marcharme.

Perdí mi juventud por ser demasiado joven, vulnerable a la adolescencia. "Aquí no hay ganado del tuyo", me dijo después la abuela. "¡No hay categoría!", exclamaba el profesor, sin más remedio que ponerme sobresalientes.

Curiosamente, cuando cumplí los dieciocho, la quietud se desmoronó. Mis compañeros y profesores se despidieron para siempre: había perdido el amparo de la educación.

Del 2003 al 2008 viví los años oscuros de mi vida, derrochando mi juventud en una lucha por la supervivencia. Había muchos cretinos interesados por mí, que no dudaron en acosarme cuando alcanzaron oportunidad. Brutos iletrados, matarifes, latin kings, hijos de papá, todos podían acceder a mí y largarse satisfechos.

A día de hoy, cuando me había ganado mi zona de confort, de la pandemia han emergido toda variedad de xenofobias que me acechan.

Fue doloroso ganarme mis derechos, pero lo fue más el que mis padres biológicos no me reconociesen.

Nunca seré una más, pero puedo ser la mejor. Quizá mi lugar esté rodeado de buenas personas y virtud, y que todo lo padecido, que mucho me hizo aprender, me valga de credenciales.

Pero la tristeza por el desarraigo y la crueldad del ser humano llena mis instintos. La sociedad es una jungla que arde, rebrota y vuelve a estropearte, como todos mis intentos por adaptarme.

Aunque no tengo a qué atenerme, conservo la esperanza, a pesar de no tener un dios para mí... @mundiario



  

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