La pintura le da acceso a Van Gogh a una realidad en la que sumergirse

Uno de los autorretratos de Vincent Van Gogh
Uno de los autorretratos de Vincent Van Gogh.

La fascinación por la figura de Van Gogh viene dada por ese interés de conocer esa aleccionadora circunstancia del artista fracasado, incomprendido, en vida, y luego grandemente reconocido.

La pintura le da acceso a Van Gogh a una realidad en la que sumergirse

Me he sumergido en la vida de Van Gogh en estas últimas semanas, a través de sus cartas, de cinco películas —muy distintas entre sí—, y de un estudio de Karl Jaspers sobre su personalidad,  Empecé por revisar la famosísima El loco del pelo rojo (1956), de Vincente Minnelli, en la que se narra la vida del pintor desde la simpatía por un hombre valioso, honesto, genial; por alguien que se expresa desde la vehemencia, que no puede ajustarse a las mentiras consensuadas ni mitigar la susceptibilidad ajena.

El director americano se vale del genial histrionismo de Kirk Douglas, un actor maravillosamente dotado para interpretar personajes excesivos, seres humanos que rebasan la contención y se dilapidan en cúspides efímeras y peligrosas. La película se inicia retratando la temprana vocación del pintor como predicador. Como no podía ser de otra manera, su estilo no es el esperable, su autenticidad rompe los moldes establecidos, pone en evidencia a una Iglesia más preocupada por salvarse a sí misma, como institución poderosa, que de retomar las acciones de Jesucristo. Van Gogh siempre será la vergüenza de su familia, que está encabezada por un padre también predicador, establecida sobre una dignidad forjada en una vida más defendida que entregada.

El descubrimiento de la pintura es para Van Gogh el acceso a la creación de una añadida realidad en la que sumergirse. Nunca es un mundo altamente satisfactorio, sino la constancia de la firmeza de un camino que necesariamente deberá conducir a nuevas revelaciones. Inhábil para una armoniosa existencia entre los hombres, los contempla desde fuera, sin molestarlos, pero declarando en cada pintura el inmenso interés que tiene por ellos. Pero, junto a esos seres humanos, está el extraordinario amor que siente por los paisajes; en definitiva, por la vida, por su exultante manifestación. Pero también se pinta a sí mismo. Se ve desde fuera, tal vez intentando sumirse en la mirada con la que lo reciben los otros, o quizá tratando de llegar —aquí también— a su autoanálisis más sincero.

Van Gogh apenas vendió ningún cuadro en vida, pero hoy cualquier obra suya se cotiza enormemente. He aquí una prueba más de la estulticia del hombre carcomido por la dependencia de la somera pero mayoritaria apreciación social; y ello, en ambos excesos, los de aquel tiempo que despreció su obra y los de este, que la desorbita en sus tasaciones.

La relación con su hermano Theo es vista por Robert Altman, en su Vincent y Theo (1990), de la manera más tenebrosa. El poco exitoso marchante es presentado aquí, no como la parte claramente fuerte de esa pareja, sino como un ser pusilánime, alguien que apenas logra ser el soporte de su desquiciado hermano. En esta película, se expresa el sufrimiento mental del pintor sin vistosos aspavientos, tan solo a través de la visión de la triste necesidad de vivir en su conflictivo sí mismo.

Como decía otro ser inadaptado, Ludwig Witgenstein: “Para ser feliz, tengo que estar en concordancia con el mundo”. Vincent no alcanzó una felicidad mínimamente duradera. Su psicología enferma no encajaba con las exigencias de su entorno. Un conocido decía de él: “Por su aspecto y su manera de ser, Van Gogh movía decididamente a la risa, porque actuaba, pensaba, sentí y vivía de forma por completo distinta a la de todos los jóvenes de su edad. En su rostro había siempre una expresión abstraída, reflexiva, grave, melancólica. Mas cuando reía, lo hacía jovialmente, con toda su alma, y la cara parecía iluminársele”. Él mismo se sentía desdoblado en sus momentos de lucidez, en que podía recordar esos comportamientos que desdecían su ser más plácido: “Todavía padezco emociones inmotivadas, pero que no puedo hacer nada por evitar, y crisis de atontamiento”. A menudo, se sentía cernido por sus propias sombras: “Si no fuera por lo terriblemente perturbado que me siento, y porque sigo trabajando en medio de la mayor inquietud, casi podría decir que todo marcha a pedir de boca”.

Decía Karl Jaspers, en un estudio sobre él: “En esta vida, viene a conjugarse toda una suerte de elevados valores: un anhelo de absoluto, una noble ambición, un realismo penetrado de sentimiento religioso, una sinceridad inconmovible”. Y sigue: “Van Gogh hubiera deseado pintar a Cristo, a los santos, a los ángeles, pero renunció a ello, por la excitación que le habría originado haber abordado tan elevados temas”. El filósofo alemán analiza la relación entre la creatividad y la locura. El pintor presentó características mentales singulares desde muy joven, pero fue en los últimos años —a la edad de treinta y cuatro, a tres años de su muerte— cuando se le detectó claramente la esquizofrenia, aunque se cree que esta dolencia podría haber estado agravada por la sífilis que —al igual que su hermano— padecía. Sobre la  relación entre la enfermedad mental y el genio, dice: “En realidad, en este tipo de enfermos (esquizofrenia), la dolencia es, desde un punto de vista causal, la condición previa sin la cual no se les revelarían las profundidades que su intuición alcanza”. Es decir, la enfermedad, en este caso, en el de un hombre previamente hipersensibilizado, amante de las más sublimes expresiones, actúa como detonante para crear una obra desligada de ataduras culturales, que se adentra en un mundo propio, profundo, que estalla en la atónita sociedad como un pretendido desvelamiento de las imposturas.  

Una de las dos películas más recientes es Loving Vincent (2017), de Dorota Kobiela y Hugh Welchman, en la que la narración la visualizamos mediante unos dibujos animados que imitan magníficamente el mundo pictórico de Van Gogh, en cuya vida se indaga con suma delicadeza y respeto. Por otra parte, el Van Gogh (1991), del francés Maurice Pialat, es buena película, si prescindimos de la nula correspondencia del protagonista con la imagen que tenemos previamente de quien representa. A través de la lectura de sus cartas a su hermano o de la película de MInnelli, lo habíamos imaginado muchísimo más intenso. Eso sí, aquí habla de su arte, que es una forma de hablar de su vida, de decir quién es él: “Tienes que entender cómo concibo el arte. Uno debe trabajar mucho y muy duro para llegar a la verdad”.

A Vincent le gustaba la gente sencilla, la naturaleza, todo aquello que estaba lejos de la impostura de la cultura y de la constrictiva sociedad. Quería ser auténtico, aunque para ello se tuviera que valer del apoyo económico de su hermano. Rechazó pintar bonitas acuarelas que le hubieran reportado un sustento económico. Lo suyo era obedecer un mandato interior, cumplir con una misión que iba descubriendo. “A veces nos falta la energía para arrojarnos al arte y construirnos a nosotros mismos a partir de eso”. “Ya he perdido suficiente tiempo y tengo que seguir trabajando. Enfermo o no, voy a seguir dibujando desde la mañana hasta la noche”.

Tras su muerte, alrededor de ciento cincuenta médicos intentaron diagnosticar su enfermedad. Algunos hablaban de una epilepsia acelerada por el consumo de absenta; otros,  que su mente estaba afectada por la sífilis que padecía. Tenía antecedentes de enfermedad mental en su familia. “A menudo me digo a mí mismo que preferiría que no hubiera nada, que se acabara todo. Sí, no somos los dueños de nuestra existencia. El problema es aprender a querer vivir incluso cuando sufrimos”.

La muerte de van Gogh no está muy clara. Dicen que murió de un disparo que se propinó él mismo, aunque la localización de la bala, en el costado, no es la más propicia para un suicidio. Otros, más benévolos, creen que la bala salió de unos jóvenes que lo hirieron accidentalmente y que él no quiso denunciar. Esta es la versión por la que opta Julian Schnabel en Van Gogh. A las puertas de la eternidad (2018), para mí, la mejor de las cinematográficas aproximaciones al pintor, junto a la película de Minelli, aunque ambas tienen un enfoque muy distinto, que se plasma muy especialmente a través del hacer de los actores que encarnan al pintor. Mientras que Kirk Douglas saca absolutamente hacia fuera su apasionada confusión mental, un extraordinario Willem Dafoe concentra en su rostro todo el torbellino de ideas que padece, mostrándose enormemente expresivo en su alterada quietud. Esta última película ahonda en las grandes cuestiones a las que Van Gogh respondía con absorto enajenamiento. El borroso objetivo de una cámara tambaleante describe la convulsa subjetividad del protagonista. Schnabel omite sus espectaculares estallidos de locura, pero indaga en la perplejidad que sentía ante su propia mente.

La fascinación por la figura de Van Gogh viene dada por ese interés de conocer esa aleccionadora circunstancia del artista fracasado, incomprendido, en vida, y luego grandemente reconocido. Con él tenemos un caso extremo. Pero, a mí, lo que me importa y lo que me impacta de ese personaje, es, en sí misma, su enfermedad mental. No ya por esa relación entre genio y locura, tan livianamente tratada a veces, sino simplemente por el dolor de quien se padece a sí mismo. Siento mucha compasión por esos seres. Los amo y por eso busco sus retratos; en este caso sus propias cartas, las películas, los ensayos y, ahora mismo, la preciosa canción de Don McLean, Starry starry Night, que estoy escuchando. @mundiario

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