El socialismo confuciano de China, un nuevo modelo para el mundo

Confucio (551-479 a. C.)
Confucio (551-479 a. C.).
 La China de hoy ha convertido el confucianismo en su más estable y fuerte seña de identidad internacional.
El socialismo confuciano de China, un nuevo modelo para el mundo

El confucianismo es un fenómeno espiritual, cultural y político complejo que nació en China antes del siglo VI a.C. y que, aún hoy, conforma muchos elementos de la ética, la moral, el derecho y la política de la República Popular de China, por raro que parezca por la gran distancia temporal de que hablamos.

Aunque, si lo pensamos bien, no es tan distinto su influjo del que tiene, por ejemplo, la idea de democracia ateniense en nuestras democracias liberales europeas de hoy. Pero volvamos a China.

Los orígenes del confucianismo

Nadie puede hoy día precisar cuándo nació el confucianismo, de la misma manera en que se podría sostener que el budismo, por ejemplo, nació cuando Buda recibió la iluminación tras haber pasado días y días en profunda meditación. Ningún hecho semejante podría ayudarnos a situar el nacimiento del confucianismo. Porque el confucianismo no nació con Confucio (551-479 a.C.), sino antes, no sabemos exactamente cuánto tiempo antes.

Confucio fue, con su vida y con sus enseñanzas, quien le dio cuerpo y forma duraderas; no fue un fundador sino el representante más antiguo de nombre conocido, el más egregio, el más conocido. Tan diluida estaba la importancia de Confucio que nunca dio nombre a la escuela: en chino, se dice “escuela de los letrados” (儒家, rujia) a lo que nosotros llamamos “confucianismo”. De hecho, el término “confucianismo” no es chino, fue creado por europeos muchos siglos después de que Confucio dedicara su vida a difundir unas creencias que él mismo reconocía no haber creado sino recibido de los antiguos gobernantes de una dinastía muy anterior a él y que él (y los demás letrados seguramente también) consideraba modélicos, perfectos.

Así, pues, Confucio no fundó el confucianismo, pero sí fue el letrado más egregio que dio cuerpo y forma a aquel caudal de creencias que él mismo solamente quería revivificar y retransmitir, hacer perdurar y sembrar. Las sembró en un grupo de discípulos. Algunos de dichos discípulos debieron recopilar y poner por escrito las anécdotas y las frases que habían vivido y escuchado de boca del maestro. Y así nacieron los textos que, siglos después, serían titulados, por no sabemos quién, 论语,Lunyu, que significa “palabras y enseñanzas”. Este librito, que normalmente se comercializa hoy día bajo el título de “Analectas”, fue siendo compuesto seguramente a lo largo de los siglos V y IV a.C. y hacia el siglo IV ya era muy semejante al que se difundiría en China a partir del siglo II a.C, el mismo que leemos hoy.

Conviene recordar, pues, que Confucio no escribió el libro que a él se atribuye. Y también que, en aquella época, no fue su libro el único que resultaba importante para la escuela de los letrados. Por poner un solo ejemplo, recordemos que el Libro del amor a los padres (孝经, Xiaojing) vivió un proceso semejante y que, en consecuencia, también pasó a ser un libro fundamental no sólo de la corriente de los letrados sino de todo el entramado social y político de China durante siglos. Tanto es así que su influjo en la sociedad china, desde el siglo IV a.C. hasta hoy, no es en absoluto menor, sino quizá mayor, que el de los textos de Confucio. Juntos, son la clave del confucianismo original.

En suma, aunque Confucio sea la marca de identificación del “confucianismo”, conviene tener siempre presente que el confucianismo era una corriente de creencias que, ya en tiempos de Confucio, venían de muy atrás y que fueron transmitidas y redefinidas por numerosos letrados, no sólo por Confucio.

Confucio vivió bajo la dinastía Zhou (1080-221 a.C.). Los Zhou, la casa real, fueron perdiendo paulatinamente el control de su territorio en la medida en que los distintos nobles fueron haciéndose cada vez más y más independientes, más y más desobedientes de las directrices de la casa real. En 771 a.C., la disgregación del reino se hizo más que patente y comenzaron las guerras fratricidas entre los diversos reinos: todos querían dominar a los demás. Cayó la casa de Zhou de facto (aunque no de iure) y no había más que guerra. Ante tal caos, los confucianos propugnaban una teología y una ética personal y política muy concretas y heredadas de aquellos siglos dorados en los que la dinastía había estado reinada por monarcas modélicos, perfectos: los primeros siglos de la dinastía Zhou.

Los confucianos creían en la omnipresente y omnipotente divinidad máxima de aquellos tiempos, que era el Cielo (天,tian), a quien atribuían el poder de castigar o premiar al mundo en función de cómo de bien o mal se comportaran los reyes y ministros, como comprobará cualquiera que lea el Libro de los cantos, un libro de poemas (políticos, sociales y sacros) que el confucianismo adoptó como fundamental y que editaría el propio Confucio en sus últimos años de vida. También creían -como se ve en el Libro del amor a los padres- que la clave para contrarrestar el caos imperante en China era la educación del hombre. El confucianismo no deseaba imponer una Ley a los ciudadanos que éstos siguieran como autómatas, sino que aspiraba a convencer al pueblo de cómo debía comportarse para que el pueblo autorregulara sus actos tanto privados como públicos. La clave de tal comportamiento, es decir, el eje de la ética confuciana era el amor a los padres. Defendían que, así como padres e hijos se aman y respetan mutuamente, así debía ser todo lazo social de cualquier otra naturaleza: el que ligaba al rey con los súbditos, al ministro con sus subordinados, al marido con la mujer, a los padres con los hijos y a los amigos entre sí.

La manera de convencer a los ciudadanos de vivir conforme a tal ideal radicaba en el ejemplo. Confucio creía que tales conceptos no debían proponerse ni defenderse de manera teórica ni dogmática, sino que debían enseñarse e inculcarse en la práctica y con el ejemplo vital. La figura que debía dar dicho ejemplo y ser dicho modelo en su vida diaria era la que él llamaba hombre de bien, hombre noble (junzi,君子), el hombre a cuya forma de ser y de vivir dedicó el Maestro gran cantidad de pensamientos. Confucio y los confucianos, en sus orígenes, no quería teorías del comportamiento humano sino seres humanos que se comportaran debidamente y, por añadidura, sirvieran de ejemplo a los demás. Lo fundamental en todo hombre auténticamente noble no era el cumplimiento frío y mecánico de las Normas y los Ritos, sino el sentimiento, el amor por lo bien hecho y, en consecuencia, el llevar una vida correcta y sincera. Confucio estaba convencido de que si los hombres de bien, al dirigir sus Estados, comunidades o familias, amaban la vida de bien, los que fueran por ellos dirigidos también la amarían de una forma natural, sincera y espontánea y, en consecuencia, la sociedad entera, el mundo entero amaría y viviría según el amor filial, la justicia, la solidaridad humana y lo estipulado por las Normas y los Ritos gracias al ejemplo auténtico.

Normas y Ritos es, pues, otro concepto capital. Se refiere a las normas que pautaban el comportamiento de la persona en lo religioso (los rituales a los dioses, el culto a los espíritus de los ancestros familiares), en lo social (las normas de corrección y buena educación, el cumplimiento de los deberes filiales y paternales) y en lo político (los protocolos que regían las audiencias, el trato entre súbditos y señores, y la diplomacia). Confucio sostenía que las Normas y los Ritos que debían seguirse eran los que habían implantado los gobernantes en la primera parte de la dinastía Zhou, como, por ejemplo, los reyes Yao y Shun, el rey Wen o el duque de Zhou. Tales normas y ritos habían quedado escritas en los libros de dicha época, libros cuyo estudio Confucio consideraba crucial para llegar a ser un hombre acabado, noble de espíritu. Los modelos de la sociedad y del hombre perfectos se debían buscar en los libros de aquella lejana época que abarcó del año 1122 a.C. al 771 a.C. aproximadamente. De ahí que Confucio afirmara que él no había creado ninguna idea nueva, que simplemente había transmitido las de sus modelos antiguos, a los que admiraba.

El confucianismo estructura el imperio chino

Ya muerto Confucio, su pensamiento se vio mezclado con el de otros grandes maestros confucianos y, en consecuencia, fue creciendo, estructurándose y cambiando hasta que, por orden del emperador Wu (156-87 a.C.) fue declarado el fundamento religioso, ético y moral del Imperio. Pero el pensamiento que fue así engrandecido ya no era el de Confucio sino otro ya distinto que se había ido modificando con el paso de los siglos y con las modificaciones y los añadidos que habían ido aportando otras figuras confucianas. En consecuencia, hay un momento a partir del cual debemos dejar de hablar del pensamiento de Confucio y comenzar a hablar de confucianismo, teniendo en cuenta que ya era éste lo que los expertos en ciencias de las religiones denominan una «religión imperial»; la cual, como tal, proponía una teología, una ética y una moral para servir de fundamento a toda China, un país tan extenso y bien organizado como lo estaba, por aquellas mismas fechas, el Imperio Romano.

Cuando contemplamos el desarrollo del confucianismo en toda su extensión, no podemos dejar de percibir que ya en Confucio se hallaba la semilla de todo, por una parte, pero que, por otra, fueron surgiendo tendencias dentro del confucianismo alejadas, incluso muy alejadas, del pensamiento del maestro. En Confucio, y en todo el confucianismo hasta el presente, se percibe una tendencia al cultivo espiritual del hombre, al perfeccionamiento de las virtudes individuales que, como veíamos más arriba, definían al hombre de bien, al hombre noble de espíritu; tanto es así que no han faltado, a lo largo de la historia, libros y textos dirigidos a lo que llamaríamos “oración” o “meditación”. Pero, al mismo tiempo, existe otra tendencia no hacia el interior de la persona sino hacia el exterior, hacia la sociedad, hacia la familia, hacia la «cosa pública»; nos referimos ahora a cómo Confucio deseaba que el correcto orden social, moral, político y religioso fuera inculcado en el pueblo (totalmente iletrado en sus tiempos) por la vía del ejemplo que debía dar el gobernante a todos y el pueblo obraría bien motu proprio, bastaría con que el gobernante obrara bien. Por lo tanto, emplear la ley para gobernar habría sido una vergüenza, pues en tal Estado el pueblo no actuaría con autenticidad y la enseñanza confuciana no habría cambiado el corazón de las personas.

Como decíamos antes, la transmisión del pensamiento de Confucio comenzó siendo oral y, siglos después, escrita. Confucio transmitió primero su pensamiento a no más de unos cien discípulos en vida. Algunos de éstos, al parecer, ocuparon ciertos cargos de poder en alguno de los Estados en que la China de entonces se hallaba fragmentada. A la primera generación de discípulos pertenecerían destacados nombres como los de Yan Hui y Zengzi. A la segunda generación, Zisi, quizá nieto del mismo Confucio y probable autor de El justo medio (Zhongyong, 中庸), opúsculo que siglos más tarde formaría parte del canon de textos sagrados del confucianismo. A la tercera generación pertenecería el segundo gran maestro del confucianismo clásico, Mencio (372 a. de C.-289 a. de C.)., quien nació un siglo después de Confucio y vino a añadir una serie de ideas nuevas al acervo que no entraban en contradicción con éste. Discípulo directo de Mencio fue el tercer gran maestro antiguo, el maestro Xun (313 a. de C.-238 a. de C.), quien, a diferencia del anterior, introdujo una serie de nuevas ideas poco o nada acordes con las de Confucio que modificaron para siempre la tradición confuciana; nos estamos refiriendo, entre otras, a la idea de que era apropiado el empleo de la ley para el gobierno de los Estados, idea que, como ya hemos señalado, Confucio rechazaba de plano. Por influencia del maestro Xun, pues, el confucianismo aceptó y comenzó a profesar el empleo de la ley para gobernar. Dicha ideología seguramente le fue inspirada por pensadores de la escuela filosófica llamada Legismo, como, por ejemplo, Shen Buhai (395 a.C.-337 a.C.) y Shang Yang (390 a.C.-338 a.C.).

No debemos olvidar que nos estamos refiriendo a unos tiempos en los que el confucianismo no era sino una tradición más entre otras de igual importancia, entre las cuales conviene recordar el taoísmo, el moísmo y el susodicho legismo. Esta última escuela de pensamiento, que propugnaba precisamente lo contrario que el confucianismo para el gobierno, es decir la aplicación estricta de la ley, recibió el beneplácito de uno de los gobernantes de uno de aquellos Estados en guerra, el Estado de Qin, quien, gracias a su aplicación rigurosa y hasta dictatorial, consiguió vencer militarmente a todos los demás Estados y convertirse en hegemónico. Al conquistar militarmente a todos los demás, al vencerlos y someterlos, reunificó el territorio chino bajo su sola corona y fundó la dinastía Qin. Nació así un nuevo imperio militarizado y regido por la ideología de la escuela legista; imperio que se vino abajo muy pronto, pues implantaba una política totalmente contraria al sentir social de entonces. Aunque quedó demostrado que su forma de gobernar lo había llevado a su propia destrucción, también quedó demostrado que la aplicación de la ley era útil. En adelante, se trataría de hacerlo sin llegar a los excesos cometidos por la dinastía recién derrocada. Fue así cómo aceptó el maestro Xun la ley en el gobierno y, en consecuencia, cómo se integró tal mecanismo gubernamental en la filosofía política confuciana. La aplicación de la ley en el gobierno se convertiría en una tendencia que ya nunca abandonó al confucianismo ni a China hasta el día de hoy, como tendremos ocasión de comprobar en las páginas siguientes.

El caso es que la caída de la dinastía Qin dio paso a la dinastía Han, que es la dinastía en la que el confucianismo tomó las riendas religiosas, morales y políticas de China con tal fuerza y solidez que aún las sostenía firmemente en 1911. Fue en dicha dinastía cuando el emperador Wu (r. 141-87), por influencia del gran maestro confuciano Dong Zhongshu (195-179 a. de C.-115-104 a. de C.), emitió un edicto imperial por el que ordenaba que el confucianismo fuera la religión y la ideología ortodoxas del Imperio. Los «letrados» (ru, 儒), pasaron así a ser quienes organizaban el mundo chino y la corte en todas sus dimensiones. Decidieron ellos cómo se celebraban y cuándo, en primer lugar, las ceremonias religiosas a la divinidad suprema, al Cielo. En segundo lugar, decidieron que el imperio debía rendir culto oficial a Confucio en calidad de divinidad, en cierto modo a imitación de la tendencia divinizadora de Lao Tsé que mostraba en taoísmo en aquella misma época. Estipularon también cuál era la ortodoxia moral para la sociedad china en general, que fundamentaron en los llamados Tres Principios y Siete Virtudes Permanentes. Dichos principios consistían en la subordinación del pueblo al emperador (y, por ende, al representante del imperio), de los hijos a los padres y de las esposas a los esposos.

Para inculcar en el pueblo tal programa sociopolítico, tal sistema ético-moral y tal religión, los confucianos crearon un sistema educativo particular que se basaba en dos pilares: el contenido de la educación y el sistema educativo. El contenido de la creencia confuciana consistía en los llamados Seis Libros Sagrados, que eran las obras antiguas en las que habían quedado descritos los aspectos más importantes de la vida religiosa, política y social de la dinastía Zhou, considerada perfecta y modélica por los confucianos; dichos libros eran el Libro de los cantos (Shi, 诗), Libro de los documentos (Shu,书), Libro de las Normas y los Ritos (Li,礼经), Libro de la música (Yue, 乐经, perdido), Libro de los cambios (I Ching,易经) y Primavera y Otoño (Chunqiu,春秋). En todos ellos, los confucianos estudiaban cómo ser una persona íntegra y contemplaban los comportamientos y los pensamientos que convenía o seguir, o rechazar. Dichos títulos, es decir, el contenido de la formación para aquella élite que podía leer y escribir, no fueron siempre los mismos a lo largo de la Historia de China, sino que fueron aumentando con el paso de los siglos y con las exigencias de adaptación a los nuevos tiempos que tal devenir histórico planteaba.

El sistema educativo que los confucianos comenzaron a establecer en la dinastía Han consistió en el establecimiento, por un lado, de una serie de instituciones educativas en las que los candidatos estudiaban a fondo los libros recién enumerados y, por otro, en la creación de unos exámenes oficiales que servían para seleccionar a aquellos que demostraran no sólo saber sino también vivir conforme a lo aprendido en dichos Libros Sagrados. Cuando el emperador Wu de la dinastía Han elevó a ortodoxia la tradición educativa confuciana y a sus Seis Libros Sagrados, fundó también, concretamente en 124 a. de C., la Gran Academia (llamada en chino Taixue, 太学), que era un centro estatal donde se comenzó a formar a todo el personal que ocuparía posteriormente cargos más o menos importantes en la administración de China. La Academia estaba dirigida por el Ministro de los Ritos (en chino, taichang, 太长), quien debía velar por lo ortodoxo de la enseñanza impartida por los «doctores» o «eruditos» (llamados boshi,博士), quienes cumplían la función de investigar y enseñar a los discípulos los Textos Sagrados. Los estudiantes debían emplearse a fondo para ver en los Libros Sagrados qué ejemplos debían seguir y qué ejemplos convenía rechazar y, también, debían esforzarse por comprender el camino que el Cielo les pedía seguir, la misión que el Cielo les tenía reservada y les pedía que cumplieran en vida, como bien señala Yao Xinzhong. Los egresados dirigirían el imperio. La herramienta para la transformación de China fue, en manos confucianas, la educación.

Con las nuevas adaptaciones a los cambios históricos, el recién descrito sistema educativo se fijó con el nombre de Exámenes Imperiales en 609 d. de C. y pervivió hasta el final de la última dinastía en 1911. He ahí el mecanismo fundamental que permitió al confucianismo dirigir China durante dinastías y dinastías.

En resumen: el confucianismo fue originalmente una escuela entre otras muchas, frecuentemente atacada y ridiculizada por éstas hasta que, en la dinastía Han Anterior, por orden imperial, pasó a ser no solo la religión y la ética ortodoxas del imperio sino también la formación fundamental de todo ciudadano chino. Los confucianos no sólo desarrollaron el cultivo espiritual interior basado en el estudio y la puesta en práctica vital de los Libros Sagrados, sino también una capacitación personal para los cargos administrativos, para el poder político y social. Esta segunda dimensión se caracteriza por perfeccionar y potenciar el estudio y el dominio de los mecanismos del poder. Desde entonces, el confucianismo imperial se sirvió tanto de la Educación como de la Ley para llevar a cabo sus múltiples cometidos en lo religioso, lo moral y lo gubernamental hasta comienzos del siglo xx, momento en el que se desmorona el imperio, China se convierte en una república y queda desmantelada la estructura gubernamental confuciana.

El siglo XX y la actualidad

A comienzos del siglo xx, tras unos dos mil años de supremacía, con momentos de mayor y menor influjo en la sociedad y la política, el confucianismo inicia una inestable andadura en la que se ve atacado por unos como el factor que ha impedido la modernización de China y defendido por otros como una tradición capaz de reformarse y remodelarse para seguir dando respuesta a las acuciantes necesidades que trajo a China su obligado contacto con el mundo exterior a raíz de la Primera Guerra del Opio con Gran Bretaña (1839-1842). Tras el período de las invasiones japonesas de China (1894-1895 y 1937-1945) y de su propia guerra civil entre nacionalistas y comunistas (1927-1949) y como consecuencia de la fundación de la República Popular de China en 1949, comenzó, como decíamos, el fin de la estructura gubernamental confuciana, pero no del confucianismo como religión e ideología política, que pervivió en Hong-Kong y Singapur.

Mientras tanto, China vivía el resurgimiento de sus cenizas gracias a la unidad que imprimió al territorio el mando político del gobierno comunista. Aunque el joven Mao Zedong (1893-1976), siendo aún un desconocido, veía en Confucio un pensador admirable y comparable a Buda y Jesús de Nazaret en 1917, cincuenta años después, cuando ya dirigía el destino de China, veía en nuestro pensador un representante de la aristocracia, un posesor de siervos, como afirmó ante Ho Chi Min el 13 de junio de 1965. En la década siguiente, ya en plena Revolución Cultural (1966-1976), Mao lanzó la campaña «crítica contra Lin Biao y contra Confucio» (en chino, pi Lin pi Kong yundong,批林批孔运动) y la campaña general de prohibición y destrucción total de todo lo confuciano: libros, estatuas, templos, ceremonias y creencias.

Que el confucianismo no desapareciera, no fuera erradicado o destruido como lo fueron los templos de Confucio a manos de los Guardias Rojos bajo la Revolución Cultural (1966-76), se debió a que el confucianismo ya era una serie de creencias que impregnaban la forma de ser china en todos sus ámbitos, así como una pastilla efervescente, al caer en un vaso de agua, impregna cada molécula de agua del vaso y, por lo tanto, ya es imposible de separar del agua, de eliminar. La Revolución Cultural atacó frontalmente todo lo que pudo atacar del confucianismo, es decir, sus objetos materiales (estatuas, templos, libros); eliminó de la educación todo rastro de Confucio; y trató, pero sin conseguirlo, de borrar del alma de los chinos un sinfín de formas de pensar y de comportarse que tenían su origen en el confucianismo, aunque ya fuera difícil identificarlas como estricta y solamente confucianas. Se trataba de formas de sentir, de pensar, de decidir, de ver el mundo. Se trataba de los valores más profundos y, a veces, inconscientes, de cada ciudadano de China. Y, aunque la Revolución Cultural (que el propio Gobierno chino calificó ya en los años 90 de “error histórico”) trató de extirparlas del alma china, no lo consiguió, pues eran la misma alma china.

Rehabilitación oficial

Tras la muerte de Mao Zedong en 1976, la suerte de Confucio y el confucianismo cambió de nuevo y fue rehabilitado oficialmente. Especialmente a partir de 1984, el gobierno chino, bajo el preclaro liderazgo del Partido Comunista Chino, ha venido homenajeando la figura del gran maestro confuciano hasta hoy día. Muchos han sido los homenajes oficiales y muchas las acciones culturales, sociales y políticas encaminadas a reestablecer la ética confuciana como ética de China. En este sentido, es destacable cómo el Comité Central del Partido Comunista de China tomó la resolución en octubre de 2014 de fundamentar la política global del país en la Ley y en la Moral tradicional de China. Dicha Resolución dice: «hay que gobernar con la ley en una mano y la moral en la otra, implementando el sistema de valores socialistas fundamentales, así como la moral tradicional de China».

Cuando el presidente Xi Jinping visitó Grecia hace unos años, le dijo al presidente A. Samaras: «vuestra democracia es la democracia de la antigua Grecia y la antigua Roma. Es vuestra tradición. Nosotros tenemos la nuestra». El mismo año, el 24 de septiembre, en la ciudad natal de Confucio, el presidente chino pronunció un discurso para conmemorar el 2576 nacimiento del maestro lleno de elogios al pensamiento moral de éste y con un claro propósito: inculcar o, diríamos nosotros, revitalizar y despertar la ética confuciana en la sociedad china de hoy junto al amor por el Partido Comunista, produciendo así lo que todos los últimos presidentes chinos han venido denominando un «socialismo con características chinas». La nueva China, la China de hoy, ha convertido el confucianismo en su más estable y fuerte seña de identidad internacional. El discurso de Xi Jinping plantea, de igual a igual, un nuevo modelo a las grandes potencias desarrolladas: el socialismo confucianizado frente a las democracias liberales. Xi Jinping está definiendo y afianzando un modelo sinocéntrico de cara al mundo.

El confucianismo, hoy, proporciona al gobierno la moral social que este desea que articule la sociedad china y que desde siempre había configurado dicha sociedad ininterrumpidamente, salvo en las primeras décadas del gobierno comunista bajo el mando de Mao Zedong, es decir, entre 1950 y 1976 aproximadamente. Desde esta última fecha y, más intensamente desde los comienzos de los años 80 del siglo pasado, los sucesivos presidentes de China han ido relanzando la moral tradicional confuciana en lo personal y en lo político. Se está revalorizando aquellas virtudes que ya Confucio deseaba que dirigieran el comportamiento de todo hombre noble de espíritu tanto en la vida familiar como en la laboral; y esta última afecta muy especialmente a aquellos cuyo trabajo consiste en ocupar un cargo público.

China vuelve, hoy más que en ninguna de las décadas del siglo xx, al confucianismo, es decir, a sus raíces, en busca de un país basado en un modelo nuevo y único de socialismo confuciano. Es, sin duda, un nuevo modelo para el mundo. @mundiario

El socialismo confuciano de China, un nuevo modelo para el mundo
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