Perspectivas para el Camino de Santiago en un mundo global

Peregrino. / FrAn LaREo para Mundiario
Peregrino. / FrAn LaREo para Mundiario
Todo legado cultural, independientemente de en qué rincón de la Tierra haya surgido, da testimonio de una comunicación más profunda del alma humana.
Perspectivas para el Camino de Santiago en un mundo global

La historia de la humanidad, como cada peregrinación hacia Compostela, tiene patrones comunes en cada etapa, pero nunca se reitera y siempre comporta una evolución. Pensemos en la época china de los tres reinos (三国), las luchas entre tribus godas, vándalas y alanas en Europa tras la desmembración del Imperio Romano, o, más modernamente, en las guerras de religión antes de la Paz de Westfalia, el periodo de los Injustos Tratados impuestos a China en el S. XIX, etc. Aunque sigamos expuestos a la amenaza de los conflictos bélicos, al mirar desde la perspectiva actual, aquellas trifulcas, rencillas, guerras y guerrillas bien pueden sonarnos a algo superado que no se repetiría en la misma forma. Nos concebimos a otro nivel en la relación entre naciones. Existe la ONU y de alguna manera vemos aquellos conflictos como guerras de tribus o de mentalidades coloniales o totalitarias que ya pasaron. Han perdido su cualidad de iterables, en la medida en que no hay pueblo que los juzgue reivindicables.

Quiero hablar aquí del futuro global del Camino de Santiago y al hacerlo “pintar un cuadro”. La pintura versa sobre lo que seres humanos de dentro de unos trescientos años verán al mirar a nuestra época, igual que nosotros miramos hoy tiempos pretéritos desde la sensación de que pertenecemos ya a un mundo diferente. Verán dibujado un Universo en el que los humanos ya no vivirán solo en el planeta Tierra, sino que habrán colonizado otros, y el pertenecer a un orbe diferente, el haber nacido en Marte, en alguna luna de Saturno y quién sabe si incluso en algún planeta fuera de nuestro sistema solar –aunque quizá para eso necesitamos un par de miles de años más-, tendrá implicaciones profundas.

Esto es solo el principio de la pintura. Los seres humanos que miren desde la Tierra a Saturno, o desde Marte a un satélite jupiterino, empezarán a sufrir o inducir mutaciones genéticas –quizá hasta el punto de vivir existencias biónicas. Estas metamorfosis en la propia esencia y en el contexto les harán sentirse pertenecientes a otra raza, otras esferas celestes o unidades políticas. Pero entonces, dentro de trescientos años, la globalización en el planeta Tierra empezará a consumarse. Los terrestres sentirán, por fin, que pertenecen a una misma realidad. Los vuelos interplanetarios al principio serán muy caros, solo para una élite, pero con el tiempo se convertirán en algo más habitual. Desde los diversos globos, marcianos, terrícolas o lunáticos europeos de Júpiter tendrán en el cosmopolitismo solar un reto desiderable.

Este tipo de imaginación lucana –de la de George Lucas-, nos lleva a mirar al Camino de Santiago de formas nuevas. Merece la pena explorar el potencial global de este patrimonio de la humanidad en latitudes cercanas y lejanas. Desde hace años investigo sobre estos temas junto a un grupo de amigos de Camino chinos. Nuestra implicación ha ido propiciando que la cultura xacobea sea más conocida en el Gigante Asiático. Como nos será por fin evidente cuando los terrestres sean sistémicamente solares, caminamos inexorablemente hacia un mundo globalizado.

Se trata de un movimiento que podrá sufrir pequeños retrocesos, pero no va a parar, y acabará con el planeta siendo uno, quizá frente a otros cuerpos celestes y en alianza con ellos, en medio de tensiones. Dar a conocer el Camino en Oriente es ayudar a que ese proceso de globalización se produzca lo más lleno posible de entendimiento mutuo, de admiración, de amistad, de colaboración e intercambio cultural. Por eso, promocionar la ruta compostelana no puede hacerse de manera aislada. Es preciso concebirla en relación con otros itinerarios de potencial global como, por ejemplo, la Ruta de la Seda. La reinterpretación transcontinental de este patrimonio –ya meta-nacional y en proceso de renovación-, puede hacernos sentir a todos parte de un mundo común.

Cuando desde una Europa pacíficamente unificada y una China relativamente estable, miramos a etapas como las guerras entre tribus europeas o entre los tres reinos –Wei, Shu y Wu, circa 220-280 d. C.-, sentimos que hay una distancia, que hemos ganado algo, una conciencia de unidad, que incluso en medio de los grandes retos de separatismos, nacionalismos o regionalismos no va a “regredir” a periodos de barbarie, o, si lo hace, será de una forma mucho más comedida o puntual. La globalización es ambigua: tiene una dimensión trágica que permite que los más ricos sean más ricos y los más pobres más pobres, pero está también provocando que nos sintamos cada vez más parte de un planeta único. El movimiento ecológico va de la mano de esto.

Un futuro hacia el que avanzamos

Cuando dentro de trescientos años seamos capaces de habitar Marte y algunas lunas, aquellos seres humanos –terrícolas, marcianos, orbitales- empezarán a mirar con un cierto extrañamiento hacia nuestros días de tribus de países. Sin condolencia sentirán conmiseración hacia aquellas épocas en las que el mundo estaba tan dividido por tribus nacionales que se hacían la guerra o cuando menos gastaban millones y millones en sistemas de misiles y anti-misiles, derrochando esfuerzos ingentes en marcar sus diferencias. Los terrestres se admirarán de las épocas en que el vivir todos hasta cierto punto pacíficamente unificados sobre el planeta no era lo normal. 

Quizá la primera gran guerra que Estados Unidos perderá en su historia será dentro de cuatrocientos años. Será contra los marcianos, o sea, humanos que hayan colonizado Marte y, simplemente, quieran independizarse de la Tierra. Querrán auto-gestionarse en la distancia, pero Estados Unidos, que habrá invertido cantidades ingentes en la empresa, no querrá perder el control. Es solo una hipótesis, pero si ese momento llega, es posible que la Tierra empiece a concebirse como una sola unidad política, un solo país, en oposición a Marte, o a las lunas de Saturno, Júpiter u otros planetas. A pesar de las nuevas tensiones interplanetarias, entonces todos los humanos habremos ganado algo: la conciencia de que todo legado cultural, independientemente de en qué rincón de la Tierra haya surgido, realmente da testimonio del alma humana, de una comunicación más profunda de criaturas que se descubren conectadas con lo que sucede dentro de su espíritu. Para los creyentes será muestra de que hay un solo Espíritu que nos mueve a todos.

Esta es una de las razones por las que yo personalmente promuevo el Camino hacia el campo de la estrella –etimología de Compostela- en China continental. La motivación es entender que hay un futuro hacia el que avanzamos, que llegará antes o después, y tiene sentido colaborar en esta dirección. Hagamos un experimento mental: Si hace trescientos años alguna persona visionaria en Europa, inspirada por el sueño de Da Vinci, “hubo” dicho que llegaría un día en el que se podría volar a China con facilidad, etc., podemos imaginar que el 98% de la gente a su alrededor se rio de él o de ella, evocando falta de cordura. Pero esto, hoy día, coronaviro placente, es una realidad cotidiana y, en algunos casos, hasta barata. La historia puede proporcionarnos imaginativas lecciones a la hora de concebir que un futuro realmente global llegará quizá dentro de trescientos planetarios años, precisamente cuando el sistema solar comience a ser habitado.

El Camino de Santiago, paradigma globalizador

En el grupo de investigación Global Cultural Routes & Sustainability de la Universidad Pontificia Comillas damos rienda a esta pasión académica por conectar el Camino con otros fenómenos de revival de rutas antiguas. Los dos últimos años una exposición de la delegación de la Unión Europea nos ha dado la ocasión de presentar las Rutas Culturales del Consejo de Europa en China. Instituciones chinas y europeas colaboraron en la exposición de estos itinerarios certificados que tienen por paradigma el Camino de Santiago como la Declaración de Santiago de Compostela expresó ya en 1987. Hay gente que ha expresado su temor a que el Camino se diluya, pierda su esencia al masificarse, o reciba demasiada gente que no conoce y no sabe respetar su tradición. Difícilmente podrá eso acontecer, porque la ruta xacobea, al igual que la de la Seda, es solo para valientes y deja huellas indelebles que lo hacen diferente de otras formas de viajar. Las personas que se lancen a caminarla y experimentarla, no la degradarán, sino que ayudarán a consolidarla. Una imagen de resonancias chinas puede ayudar a entender esto: 

Al llegar al extremo del desierto de Taklamakán los mercaderes y viajeros de la antigua Ruta de la Seda se hallaban ante un reto descomunal, rodeados por algunas de las montañas más grandes del mundo. ¡Si miraban al norte veían la cordillera de Tianshan, si al oeste los Pamires, al suroeste el Karakorum, y al sur la cordillera Kunlun! Solo unos pocos pasos montañosos por encima de los 5.000 metros de altitud, con peligrosas caídas al vacío, con tormentas de arena frecuentes y oscilaciones entre 40º C en verano y –20º C en invierno, permitían la conexión con las rutas kirguizistanas, uzbecas y tayikistanas hasta la encantadora Samarcanda. Pero, precisamente, esta exigencia y crudeza de los pasos, ayudó a fijar esas rutas por sitios determinados: lo que es estrecho y desafiante se torna –paradójicamente- en elemento de fijación y estabilidad.

Aunque de forma bastante moderada, el Camino también representa un reto para los peregrinos. Son estos esforzados caminantes los que lo fijan y hacen estable a lo largo de la historia. Esto es lo que lo convierte en un tipo muy especial de viaje que combina el disfrute de la naturaleza, del arte, del buen yantar, del encuentro con otros caminantes, del poder hacer una experiencia humana y espiritual. Cuando hace algunos años una mujer china se planteaba dar un cambio de rumbo a su vida, se acercó a mí para pedirme ayuda en preparar una visita a Europa. Yo le pregunté: “¿Qué te gustaría conocer?”. Ella, representando el afán sapiencial de los chinos, respondió: “Quiero tener una experiencia de contacto con el corazón de la cultura y los valores europeos. No estoy tan interesada en ver muchos sitios, sino en poder saborear lo que visite”. Le animé a no seguir el esquema típico de muchos chinos visitando una decena de países europeos en un mes, sino a andar con sencillez el Camino de Santiago. Haría una experiencia de hermandad con gentes venidas de los cinco continentes y conectaría con lo mejor del alma europea.

Fruto de su experiencia nació el Centro Intercultural para la Experiencia del Camino. Beijing (BCC) que canaliza el proverbial interés de los chinos por la cultura. Es una plataforma que sirve al diálogo cultural pendiente entre Oriente y Occidente. Seguimos necesitando muchos pasos hasta que todos sintamos como algo evidente que todo lo que es ecológica, cultural y espiritualmente valioso en este planeta es patrimonio de toda la humanidad. @mundiario

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