China ante la encrucijada de la natalidad

Niños chinos. / alternativo.mx
Niños chinos. / alternativo.mx
China tiene la acuciante necesidad de rejuvenecer su población, porque con su rápido crecimiento no puede paralizar o ralentizar la economía por falta de mano de obra.
China ante la encrucijada de la natalidad

Cuando en 1979 el gobierno chino proclamó la limitación de los nacimientos a un hijo por pareja, las condiciones del país eran muy diferentes a las de hoy. Por un lado, la disciplina social estaba más arraigada, en una etapa de mayor autoritarismo. Por otra parte, se podría decir que es más fácil prohibir que incentivar la natalidad. Al menos sólo con una mera norma.

En 2016 se modificó la política, permitiendo familias de dos hijos. Y en los dos primeros años de instituida la norma, parece que dio resultados, ya que hubo parejas que buscaron el segundo hijo. En casi cinco años han nacido 10 millones de segundos hijos, según el censo más reciente.

Pero las condiciones de vida van siendo diferentes, especialmente en las zonas urbanas, donde se combinan diversos condicionantes: por una parte, la vida es más cara; por otra, la presión laboral es más intensa, de forma que cada pareja, cada mujer, dispone de menos tiempo y de menores posibilidades de disfrutar de un tiempo propio. Y por otra, se ha acentuado un deseo o una cultura de buscar un mayor confort y bienestar personal, así como una mayor independencia en el estilo de vida.

Todo ello hace que desde muchos ámbitos se estén generando dudas acerca de la política de permitir el tercer hijo, que anunció el presidente Xi Jinping en el mes de mayo y que ahora se está discutiendo en el ámbito de la Asamblea Nacional, a la hora de convertirlo en ley.

Para prohibir basta una norma y un control. E ir afrontando después paulatinamente las mejoras o los premios por el cumplimiento de la ley. Para incentivar no basta con una ley, sino que es necesario establecer una serie bastante amplia de medidas que posibiliten a las parejas, especialmente a la mujer, encontrar facilidades compensatorias, de forma que no vivan al tercer hijo como una carga, o como un elemento de frustración de la propia independencia y bienestar.

Y eso es lo que en estos momentos se está debatiendo, cuando se presentan y se analizan enmiendas a la ley. Estudiar cómo se concilia la vida familiar con una estructura radicalmente distinta de la que había hasta 2016 con la vida laboral, e incluso con los tiempos propios de ocio. Y, por otra parte, cómo puede afectar a la propia economía: desde la política de vivienda hasta la de guarderías y colegios, o a la sanidad. Incluso a la política salarial.

Ése es el debate que se está produciendo en estos momentos en muchos ámbitos, con la duda siempre presente de si -a pesara de que se plantearan muchas mejoras de las que se necesitan- la medida puede alcanzar el éxito. Sobre todo, teniendo en cuenta que en el fondo de esta permisividad está latente el hecho de que, a pesar de haber permitido el segundo hijo, la natalidad por cada mil personas ha ido decreciendo.

China se encuentra ante la acuciante necesidad de rejuvenecer su población, porque con el rápido crecimiento que ha tenido, no puede de pronto paralizar o ralentizar la economía por falta de mano de obra, porque colapsarían los servicios públicos básicos, y los mayores -cuyo número ha crecido, precisamente con la mejora de la expectativa de vida provocada por el crecimiento económico- verían peligrar sus pensiones y las atenciones necesarias para garantizar una subsistencia digna.

Se puede decir, en ese sentido, que China se ha homologado en esta problemática al resto de sociedades avanzadas. Con una doble diferencia: la primera es que el volumen de la disyuntiva es mayor, al afectar a la quinta parte de la población mundial; y la segunda es que, aunque China sea la segunda potencia económica mundial, su renta per cápita sigue siendo la de un país en [email protected]

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