Victoria en MUBI: una proeza interpretativa de Laia Costa

Victoria./ Nohacefaltaescribirnadamas.
Victoria./ Nohacefaltaescribirnadamas.
Lo mejor de Victoria es ese rol de mujer autodestructiva que interpreta Laia Costa en un plano secuencia de dos horas.
Victoria en MUBI: una proeza interpretativa de Laia Costa

No sé cómo se me había escapado. Del catálogo de MUBI, elijo Victoria, cinta dirigida por Sebastian Schipper. Un solo plano secuencia de 140 minutos que funciona con una dinamismo hipnótico a partir de la mitad de la cinta, cuando la cosa empieza a ponerse bien jodida para los personajes. Una noche en la Berlín más cosmopolita se emponzoña de malos presagios y asuntos turbios cuando la maldad y la estupidez se ponen de acuerdo. Los aprendices de gangsta de los que se rodea Victoria no llegan a ser ni siquiera aprendices, sino más bien personajes entrampados que encuentran su propio exterminio cuando las decisiones, además de ser las equivocadas, están cargadas de la vesania con el que el destino se ceba cuando huele vulnerabilidad y marginación. Seis Premios Lola, entre ellos el de mejor intérprete para la actriz de Cinco lobitos, certifican la proeza técnica de la cinta y el de un elenco que repite en muchas pelis independientes como Franz Rogowski, que me encantó en Passages.

De hecho, una de las mejores cosas de Victoria es la interpretación de Laia Costa, que es motor de cada una de las acciones con las que el resto de personajes encuentra su propia demolición. Me gusta el trazo de autodestrucción que tiene su personaje, una pianista fracasada que está trabajando en el centro de Berlín como barista, cuatro euros la hora, o eso es lo que le cuenta ella a un fulano. Victoria es un personaje que se nos presenta bailando techno en una discoteca subterránea, un personaje nómada que no deja de recolocarse la coleta a lo largo de la película, un personaje que se mueve entre la inocencia y el histrionismo, pero del que deducimos que algo no anda bien en su cabeza.

Su osadía a la hora de decidir por los demás, su ciega lealtad hacia unos desconocidos que podían haberla vejado en cualquier momento, su versatilidad adaptativa ante la inminencia de los peligros y su mirada depresiva crean una clase de heroína que parece haber surgido del mismísimo Infierno para rematar, con crueldad, lo que el destino reserva al resto de delincuentes de poca monta, atraídos por el dinero fácil y por el lastre de las deudas.

Lo de Laia Costa en esta cinta es de quitarse el sombrero. Hay intérpretes que nacen con la Xirgu corriéndole por las venas y es el caso de esta actriz. Al igual que en Un amor, a Laia le van esos personajes que se muestran ambiguos, descorazonadores, que no encuentran su lugar en el mundo, que siguen adelante aunque se carguen todo lo que hay más allá de la cacharrería. Hay una espontaneidad madurada, trabajo de estudio que no se nota, menos mal, porque se volatiliza en una personalidad tan creíble como intrigante. No entiendes por qué Victoria, tan ingenua y crédula al principio, se transforma en esa otra mujer que es capaz de todo, que no teme arriesgar, porque el empuje de su autoestima parece depender de una naturaleza kamikaze que acaba de despertar, un mecanismo de defensa ante lo que parece haber sido una infancia y juventud de mierda. Más loca que cuerda, Victoria se coloca del lado de los perdedores para no encontrarse a sí misma. Enhorabuena, Laia. @mundiario

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