El show de Truman: divertimento y reflexión

Jim Carrey en "El show de Truman"
Jim Carrey en El show de Truman. / Productora

En aras de obtener cifras récord de audiencia, se ofrece, como alimento del ansia morbosa de los telespectadores, la inmisericorde manipulación de un ser humano. 

El show de Truman: divertimento y reflexión

El show de Truman (1998, Peter Weir) cumple perfectamente con su doble función: la de una película comercial, entretenida, divertida, sorprendente, cautivadora; y, por otro lado, la de inspirar en el espectador inquisitivo diversas reflexiones filosóficas, el de hacer memorable y coloreada una hipótesis que parece mucho más cercana que las distopías que periódicamente se nos ofrecen.  

El tema que, en principio, propone Andrew Nicol, el guionista de esta película, es el de una sátira del mundo de la televisión, una crítica de sus medios para alcanzar altas audiencias a cualquier precio, sin descartar en absoluto el atropello de la ética. Es lo que pudimos encontrar en Network, un mundo implacable, de Sidney Lumet, pero aquí la inmoral utilización de una persona, prácticamente desde su concepción, y durante las veinticuatro horas de sus días, impidiéndole el conocimiento de su realidad y de la existencia de un mundo más amplio y verdadero, nos remite, además, a cuestiones que han tratado algunos filósofos, como lo hiciera Platón con “el mito de la caverna”, o algunas doctrinas espirituales que hablan de la percepción de una realidad superior, a la que podrían acceder algunos iniciados. Estas hipótesis también se han explorado en novelas o películas, a partir de los nuevos descubrimientos neurocientíficos.

Accedemos a la vida de Truman cuando este ya tiene casi treinta años, los cuales han sido íntegramente retransmitidos en directo en una especie de Gran Hermano, de cuya mirada se valen centenares de millones de espectadores en todo el mundo para emocionarse con una vida ajena que saben no fingida, con un hombre atrapado en una ignorancia de la que no es consciente, como tal vez podría estar sucediéndoles a ellos mismos. El ámbito social en el que se desarrolla la vida de ese joven no es el espontáneo sino uno programado por un guionista sin escrúpulos, Christof, que ha ideado un micro mundo, un simulacro de natural realidad, unas emociones de cartón piedra que transcurren en un inmenso estudio de televisión, cumpliendo verosímilmente con una reproducción del mundo general, con su sol, su luna, las estrellas, los mares que parecen enormes y que Truman no sabe que no lo son, el limitado escenario de que está hecho. (Ya que Truman no iba a conocer otra realidad que la presentada ante sus sentidos, se me ocurre que se podría haber propuesto otro escenario distinto, imaginado, tal vez más escueto, sin la necesidad de simular tan fehacientemente el mundo que conocemos. El protagonista siempre lo habría aceptado como único e incuestionable).

En aras de obtener cifras récord de audiencia, se ofrece, como alimento del ansia morbosa de los telespectadores, la inmisericorde manipulación de un ser humano. Dicen que “ojos que no ven corazón que no siente”. La privación del conocimiento de otras posibilidades ha sido la forma de dominio de muchas dictaduras, el desconocimiento de los apetitosos bienes de consumo —de los que gozamos o nos esclavizan— ha mantenido en su sitio, en su conformidad, a los pueblos en los que no había nada más allá que su miseria material, hasta que vieron por televisión nuestras orgías insaciables. La coartada moral de Christof para no concederle la libertad a Truman es la de que allí, en ese mundo reducido, controlado por él y su equipo, esa criatura vigilada está verdaderamente a salvo de las inclemencias de la vida común. Es un argumento que se caería por su propio peso, tan solo reparando en la fobia al mar que se le tuvo que inducir para que no deseara navegar y conocer otras geografías. O cuando se le impidió relacionarse con Sylvia, la extra del programa por la que sintió el pinchazo del amor; mujer que, a la postre, le acabará informando de la mentira del mundo que lo rodea.

Todos los que rodean a Truman son actores y actrices. Actúan sobre la base de un guion previo; pero, naturalmente, como no pueden preverse totalmente las reacciones de ese joven, precisan improvisar, y lo hacen generalmente asesorados a través del pinganillo por los guionistas; o por el mismo Christof, en los momentos de más peligro (para la supervivencia del programa, claro). Ello significa que su gran amigo de toda la vida, a quien recurre para sus confidencias, no lo es en absoluto, sino un farsante, un traidor que intenta dirigir su saber y sus sentimientos por donde más le conviene al programa. Y que su esposa es una actriz que solo finge amarlo. Que su madre es un personaje que cumple perfectamente con la conspiración general. Es decir, a Truman se le priva de unas relaciones verdaderas, aunque ello, supuestamente, no le suponga nada, porque no es consciente de ese hecho. No se ha fomentado en él la perspicacia que podría favorecer la captación de señales equívocas. El ámbito que conoce le parece el real porque no tiene otro con el que compararlo. Los canales de televisión, que emiten en circuito cerrado para él, las emisoras de radio, lanzan continuos mensajes que tratan de dirigir sus emociones y sus ideas. El laberinto de sus deseos no tiene más salida que la mentira. 

La película me parece también una crítica de la “american way of life”. Los escenarios son los típicos que han venido ilustrando la boyante y aparentemente feliz sociedad norteamericana, y recuerdan, especialmente, a los clichés originales de los años sesenta, con esas nuevas casas unifamiliares, su césped como seña de identidad externa de una vida casi regalada, el coche ostentoso en el garaje, la cocina amplia y luminosa. Todo a lo que, ni por asomo, podíamos aspirar en nuestro país.  

Podríamos argumentar que, en nuestra realidad, una mano difusa intenta un control similar, que se nos tratan de imponer unos deseos, unas necesidades, una forma de pensar, tendentes a convertirnos en buenos consumistas, en sumisos ciudadanos. Lo que ocurre es que, en ese mundo, para Truman no hay alternativas, no hay salida, ni siquiera ocultas, disimuladas, tras la niebla creada por los productores para mantener la necesaria obnubilación. El cerco a la libertad de ese simulacro de individuo es mucho más estrecho y asfixiante. En nuestro mundo occidental, fuera de las dictaduras más extremas, se nos puede subrepticiamente dirigir, pero aún existe la posibilidad de forzar en uno mismo un despertar, de perseguir una más amplia información e intentar asegurarse de su veracidad. El que le toca vivir a Truman es el de la más dura dictadura que, a la vez, sabe disimular perfectamente su opresión. Muchos eran felices en los años de Franco, porque les iba bien personalmente, porque no tenían la oportunidad de conocer otra forma de sociedad, porque no estaban predispuestos para sentir inquietudes divergentes, una creatividad que pudiera considerarse subversiva.

El personaje de Truman está interpretado por Jim Carrey, lo que subraya el carácter de comedia de la película. Ese joven no parece muy inteligente —quizás porque se ha evitado desarrollar su capacidad crítica y se le ha impuesto una simpatía funcional— sino que resulta más bien un ingenuo, un ser infaliblemente fabricado desde su raíz, desde el observado bebé que fue, para estar encantado con un mundo que no cuestiona en ningún momento. Su vida es la rutinaria que corresponde a un empleado comercial de una empresa de seguros. Su mundo hogareño es el de una bonita casa que responde exactamente al modelo implantado, a la imagen incuestionable de la felicidad, de la que no hay que salir, so pena de extravíos peligrosos. Tal vez no haya vivido nunca el verdadero amor, sino tan solo una afabilidad conveniente, pero no puede importarle demasiado, pues no ha surgido en él, con la fuerza arrolladora, ese “peligroso” sentimiento. Las posibilidades que tiene de atar cabos con elementos chirriantes de esa representación están restringidas por el esfuerzo constante de los guionistas.  

Truman ha sido conducido a un matrimonio que no le reporta más que el normalizado encaje en la sociedad, una vida reposada y decible. Resulta patético —y sería hasta doloroso, si no fuera por la mitigación que nos proporciona el énfasis de la narración en su clave de comedia— ver cómo ese personaje se esfuerza en sus simpatías, como si asumiera el estar programado para resultar productivo en el trasiego de las emociones comunes. Sin embargo, muy de vez en cuando, hay un conato en él de sentimientos y deseos genuinos, pulsiones que nacen libres de las convenciones impuestas. Así, como cuando imprevistamente se enamora de esa extra, Sylvia. Ahí se sale claramente del guion, lo que desata todas las alarmas, activa las medidas necesarias para que Truman vuelva al cauce establecido, se resigne a la aparente felicidad que se le brinda.

El problema es que esa joven ha cometido la peligrosísima falta de enamorarse del protagonista del show. Cuando se la intenta expulsar de los platós, su reacción es la más transgresora. Pone a Truman sobre aviso acerca de la patraña de vida que está viviendo. A partir de ahí, él empieza su despertar. Ahora ya es capaz de atar cabos, de detectar las mixtificaciones. Ahora ya quiere huir, ya se burla de los extras que, hasta ese momento, en su ofuscación, no le revelaban su pantomima.

Durante la película hemos ido observando el embobamiento de los telespectadores ante la pantalla. Ahora, cuando Truman se ha puesto en camino de huir, y la dirección del programa le pone todos los obstáculos, aquellos mismos a quienes no les importaba que su vida estuviera encarcelada en los límites de un papel que él no había decidido, se ponen de su lado. La partida parece perdida para el creador del programa. Tantos miles de emisiones exitosas están llegando a su fin. Truman, heroicamente, en su búsqueda, alcanza el límite de su ancha prisión, toca los muros de cielo, la frontera que le promete un mundo desconocido, a la puerta en donde pone “salida”. Entonces, Christof, seguro de su poder sobre él, le habla: “Soy el creador de un show de televisión, que da diversión, esperanza, a millones de telespectadores”. Y, en un tono paternal, con su pérfida ternura, le dice: “Fuera hay las mismas mentiras, el mismo engaño”. Y añade: “Te conozco mejor que tú mismo”. Ante lo que Truman se rebela: “Nunca has tenido una cámara en mi cabeza”. Y Christof sigue hablándole como a una criatura sin fuerzas para ser ella misma: “Tienes miedo. Por eso no puedes irte”. Confía en ese “miedo a la libertad” del que hablaba Eric Fromm.

Pero el corte de mangas de Truman es alegre, es chistoso. No hay miedo en él, sino el arrojo que ahora todos los telespectadores celebran. A Christof se le cambia la expresión. Su impostora dulzura desaparece. Su endeble seguridad se derrumba. La alegría de Sylvia es enorme. Truman traspasa la puerta y ella va a su encuentro. El público se muestra exultante. ¿Habían estado esperando ese momento y no lo sabían? ¿Piensan en las consecuencias, en esa desaparición de sus pantallas de aquello que había contribuido a llenar parte del vacío de su propia existencia? Muy probablemente, tras ese momento de euforia, añorarán esa telerrealidad tan atrevida, que intentaba asfixiar la naturaleza psicológica de una persona. La vida del hombre sano es rebelión, desde la niñez, aunque luego se acaten tantas imposiciones. Truman despierta plenamente y se atreve a otra realidad, aún desconocida; una realidad ya totalmente verdadera. ¿O tal vez no? @mundiario

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