Tres pisos, de Nanni Moretti: tres arduos y oscuros caminos hacia la luz

Carteles anunciadores de la película "Tres pisos", de Nanni Moretti
Carteles anunciadores de la película Tres pisos, de Nanni Moretti. / Productora.

El tema de la película sería el de la variabilidad del sufrimiento, el de la soledad en el amor, la dificultad de perdonar, la extrañeza y la confrontación

Tres pisos, de Nanni Moretti: tres arduos y oscuros caminos hacia la luz

La última película de Nanni Moretti (Tres pisos, 2021) carga su argumento en algunos de los aspectos más dramáticos de la vida. Junto con otras dos guionistas, adapta una novela de Eshkol Nevo que le ofrece suficiente material para proseguir con la descripción de lo infausto que ya iniciara en La habitación del hijo. Desde la primera escena, lo que ocurre es sobrecogedor. El mortal atropello de una mujer por parte de un joven borracho, que resulta ser el hijo de un matrimonio de jueces, podría ser motivo suficiente para llenar la película con el desarrollo del agravamiento de la fractura en una dificilísima relación paternofilial. Pero, a esta historia, se le suman otras dos de sus vecinos, igualmente desasosegantes y sombrías.

En la segunda, tenemos a Mónica, una joven casada con un marido que, por causa de su trabajo, pasa largas temporadas fuera de casa. La conocemos en el mismo momento del atropello de su vecino, en esa noche, en la calle, con los primeros avisos de un parto que tendrá que afrontar sola. Es una joven que parece que ha heredado de su madre —recluida en una residencia— cierta enfermedad mental que le hace ver lo inexistente: un cuervo posado sobre algún mueble, como observándola, que le produce una paralizante incertidumbre. Ella parece toda bondad. Su marido hace tiempo que no quiere saber nada de su hermano Roberto, un estafador compulsivo. Lo odia profunda e irreversiblemente, mientras su mujer, desde su actitud cándida, indulgente, no encuentra un gran obstáculo para relacionarse con él.

La tercera historia está conectada, en realidad, con un cuarto piso. Es la de un matrimonio —Lucio y Sara— que tiene una niña de siete años. A veces recurren a una pareja de vecinos ancianos para dejarla, por un rato, cuando se ven necesitados de ello. El hombre parece entusiasmado con la nena. Con ella puede ejercer de abuelo, disfrutar de su faceta más lúdica. Su nieta ya es adolescente y vive en París. Pero, a través de alguna información que les dará su hija, sabrán que ese hombre podría estar afectado por alguna demencia. No obstante, una nueva necesidad le lleva al padre a confiar en la anciana pareja. Pero, al llamar Lucio, se encuentra con que lo recibe el hombre solo. Duda en dejar a su hija, pero como es previsible que Sara llegue muy pronto, finalmente la deja con él. Cuando ella llega, la niña ha desaparecido junto al anciano. El padre los encuentra en un parque. El vecino, totalmente desorientado. En su pantalón observa una mancha húmeda que, según su hija, se debe a que se estaba orinando. Pero él sospecha que pueda haber habido un abuso.

Contra todas las evidencias, las pruebas, los nulos indicios, Lucio sigue creyendo que sucedió algo terrible. Tal vez sienta algo de culpa por haber dejado a su hija para ir al gimnasio, sabiendo ya que ese hombre no estaba bien. Desde antes del suceso, lo hemos visto triste, preocupado, temeroso. Y ahora más. Ansioso por descubrir una verdad que está solo en su imaginación, acude al hospital donde ese anciano está ingresado. Allí intenta sacarle una confesión, pero ese hombre dice no recordar nada. En un ataque de agresividad se dispone a estrangularlo, aunque se detiene a tiempo.

En esos días, regresa de París la guapa y adolescente nieta de ese vecino enfermo. Está enamorada de Lucio, al que encuentra inmerso en su irracional sospecha. La joven lo engaña. Le dice que, si va a su casa con ella, le enseñará unos correos electrónicos, en los que podría estar la clave de lo que sucedió. Pero solo quiere seducirlo. Nada más entrar, se desnuda. Él la rechaza. Nunca ha demostrado ningún interés por ella, pero esta finge una escena de despecho para crear en él la compasión y la incomodidad; y, sobre todo, para que piense que debe cumplir con ese trámite sexual para llegar a la verdad sobre su hija. Finalmente accede a tener sexo con ella.

Ha sido un polvo casi paternal, educado, un poco distante. En el acto, él descubre la virginidad, que desdice todo lo que ella había estado presumiendo de su vida sexual. Y después, que lo de los correos era mentira, solo un cebo para atraerlo. Finalmente, Lucio será denunciado por su abuela, que se había abstenido, a solicitud de la mujer de él, a hacerlo cuando el intento de estrangulamiento de su marido, pero que ahora ve la ocasión de vengarse. No obstante descubrir este hecho, Sara, tras un cierto castigo de distanciamiento que no rebasa el límite del hogar, no puede dejar de querer a su marido, de seguir apostando por él. Ya antes, con las insistentes sospechas de él, habían surgido entre ellos los reproches, pero la voluntad de no deshacer del todo la unión se ha revelado firme, capaz de atravesar las separaciones temporales, incluso la posterior que lo llevará a él a tener que residir en otra vivienda.

Las tres historias se suceden en unos fragmentos hilvanados a partir de unas bien aplicadas elipsis. Para el juez Vittorio (Nanni Moretti siempre presente en sus propias películas, aunque esta vez en un papel secundario), su hijo es un “imbécil de manual”. No lo reconoce como parte de sí mismo. Desde su niñez, se ha sentido decepcionado por él, y ahora que ha cometido ese delito, quiere suspender definitivamente su relación, renegar de ese hijo. Por si hubiera dudas en esa decisión, hay una brutal pelea entre los dos. Vemos las desmedidas patadas del hijo al cuerpo, caído en el suelo, de su padre. Su mujer, Dora, necesita mantener el vínculo cercano con su hijo. No puede desentenderse de él. Lo siente como una responsabilidad y como un afecto ineludible. Lo que ella ve en él, debajo del odioso extravío, es al ser que sufre, que no ha encontrado su camino, que está tan lejos de su paz. Pero su marido le plantea la disyuntiva de optar entre él o su hijo. Margheritta Buy está magnífica en su papel de mujer dolorida por el desprendimiento de su hijo.  

El tema de la película sería el de la variabilidad del sufrimiento, el de la soledad en el amor, la dificultad de perdonar, la extrañeza y la confrontación con la que, a veces, se perciben los familiares más cercanos. Y esa presencia extrema de la alteración psicológica que es la enfermedad mental. Se nos muestran unos personajes frágiles, acorralados por un dolor muy personal, intransferible y difícilmente superable. A Vittorio se le trastoca su digna posición social con la contradicción que le supone un hijo díscolo, alguien que no ha podido soportar la exigencia paternal de ser de una determinada manera, de adaptarse a la visión de los padres de la vida como una actitud única y obligatoria. Su esposa, Dora, es una mujer que siempre ha ido a remolque, que lo ha seguido para no truncar lo que siempre le ha parecido una consistente y prioritaria relación conyugal. Al hijo le cuesta encontrar su propio camino, apartado del que le han trazado sus “honorables” padres, y, en esa desasistida búsqueda, comete muchos errores, se expone a sus posibles consecuencias.

Mónica, la joven madre, está magníficamente interpretada por Alba Rohrwacher, con ese ese rostro etéreo, que encarna muy bien la instalada tristeza derivada de las funestas apariciones que produce su mente, el mundo descompuesto por su desordenada y alucinante percepción. De su marido, que tantos días pasa fuera, no se nos da ninguna pista de alguna infidelidad, sino más bien de un amor hacia ella inconmovible.

En el desarrollo de la película, hay dos saltos, de cinco años cada uno, que nos permiten ver la evolución de las tres historias. En el primero, vemos salir al joven Andrea de la cárcel, después de cumplir su pena por el atropello homicida. Su madre lo espera, pero él la rechaza. Ha decidido vivir lejos de sus progenitores. Por otro lado, Lucio y Sara viven separados, pero se llevan bien. La noche anterior al veredicto sobre su supuesto abuso sexual, ella le propone que se quede a dormir en su casa. Y, en cuanto a la enferma, la vemos en lo que parece una larga escena delirante, ella recibiendo la visita de su cuñado Roberto, que ahora está perseguido, buscado por haber cometido una gran estafa.

Cinco años más tarde, Vittorio, el padre de Andrea, ha fallecido prematuramente. Vemos a Dora hablando con él, dejar sus palabras en el contestador del teléfono donde él había grabado el mensaje con su voz. No hay posibilidad de respuesta, pero es como si lo siguiese necesitando como interlocutor de sus dudas más íntimas, o como si buscara un desahogo que, al mismo tiempo, pudiera propiciarle alguna luz. Esa a la que finalmente accede, le muestra un camino de liberación, una necesidad de disgregarse de esa mirada difunta, pero a la que aún le sigue concediendo su capacidad juzgadora. Debe olvidarse de esa imaginación de que él ha de continuar observándole los pasos. Y es que ahora empieza a asumir plenamente la verdad que antes obviaba, la dependencia a la que él la sometió. “No se puede obligar a una mujer a elegir entre su marido y su hijo”. Por casualidad, Dora conoce al padre de la novia de la pareja de su hijo. Por sorpresa, la lleva hasta él. Pero la reacción de este es la persistencia en su rechazo.

Mónica va a tener otro hijo. Una tarde, deja al bebé en la cama y huye ¿adónde? No lo sabemos. Las elipsis que enlazan las tres historias nos impiden saber con exactitud el desarrollo de esos dramas, pero nos van ofreciendo pinceladas del cariz que van siguiendo cada vida. Volvemos a Mónica, y la encontramos en la estación. Habla con su marido: “Hemos andado un montón, aunque hemos parado un rato”. “Estoy con mi madre”, delira. Es una mujer perdida para la necesaria lógica de la existencia, incapaz de seguir una secuencia coherente de la realidad.

Por su parte. Lucio se encuentra con la nieta que, después de la muerte de sus abuelos, ha acudido a la casa para venderla. Le dice que no fue decisión suya la apelación al fallo exculpatorio sobre el presunto abuso. “Estaba enamorada de ti, desde pequeña”. Él le dice: “Lo siento, Charlotte. Fue culpa mía”. Y la joven le pregunta: “No le has dicho nada a tu hija, ¿verdad? Mejor así”. Parece que ese edificio sufre la desmembración de sus habitantes, pero, a la vez, estos avanzan hacia alguna solución.

Un grupo de bailarines de tango recorre las calles. Frente a su portal, los vecinos de esta historia observan ese juego de la liviandad que es el baile, y tal vez, después de tanto sufrimiento, se consideren a sí mismos algo merecedores de tener alguna concordancia con él. Dora, por fin, se reencuentra con su hijo. Lucio, en una conversación con su hija, se cura de su infinita sospecha. Y Mónica parece estar también a salvo, pero en un mundo onírico. Es un final forzadamente feliz, un giro de las situaciones basado en arduos reconocimientos, en palabras honestas que finalmente sus receptores están dispuestos a reconocer como veraces.  @mundiario

Tres pisos, de Nanni Moretti: tres arduos y oscuros caminos hacia la luz
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