Mulholland Drive, la fuerza del mundo onírico de David Lynch

Fotograma de Mulholland drive, con sus dos protagonistas: Naomi Watts y Laura Harris
Fotograma de Mulholland Drive, con sus dos protagonistas: Naomi Watts y Laura Harris. / Productora

Mulholland Drive encontraría su excelencia, más que en un desarrollo continuado, al que se le podría reprochar algún impasable altibajo, en la gran fuerza de un buen número de escenas.

Mulholland Drive, la fuerza del mundo onírico de David Lynch

Mulholland Drive (2001), es uno de los mayores logros de David Lynch en esa línea de cine que cultivó, paralela a la otra más convencional, y que logró ser tan propia, caracterizándose por una apuesta de superación de los argumentos más diáfanos, buscando la alteración de su lógica, en base a una legitimidad que se apoyaba en la pura fuerza de las imágenes y las emociones consiguientes.  

Hay muchas interpretaciones sobre lo que ocurre en esta película. Los que la han visto más de una vez, y de forma detenida, han llegado a conclusiones bastantes coincidentes. No obstante, siempre queda algún cabo suelto, alguna pieza del puzle que parece haberse encajado indebidamente y que el director, por respeto a su obra, no se ha dignado a explicar. Lo que está claro es que el espectador debe enfrentarse a esta película sin ninguna exigencia prioritaria de entenderla, dispuesto a aceptar las emociones que le producen unas imágenes liberadas de las ataduras de una ordenada realidad, adscritas a lo onírico y representantes de los terribles pasadizos, por los que nuestra mente nos puede conducir. 

Mulholland Drive es varias películas a la vez

Mulholland Drive es varias películas a la vez, y se despliega en varios géneros. Lo que parece más obvio, desde el principio, lo que nos atrapa, en una línea argumental que, salvo momentos, resulta bastante asimilable, es el misterio de esa mujer interpretada por Laura Harris, que ha tenido un accidente y permanece amnésica. Pero, por otra parte, Lynch aprovecha para hacer una especie de homenaje/crítica al mundo hollywoodiense. La otra protagonista de la historia, esa aspirante a actriz (Naomi Watts), es la personificación del deslumbramiento, del papanatismo, de la candidez ante esa llamada “fábrica de los sueños”. Y ello se explicita a través de uno de los momentos que más me gustan de la película, aquel en que llega al aeropuerto de Los Ángeles, y se la ve poseída por una sonrisa beatífica, casi en levitación. Pero, por otro lado, vemos las imposiciones que se le hacen al caricaturizado director de una película, la actitud mafiosa que incide en su producción y, consecuentemente, en el aspecto artístico. Ese conflicto se nos muestra de una forma paródica, humorística, como si Lynch hubiera tomado venganza aquí de alguna presión padecida y pudiera salir impune de ella por el ejercicio del disparate. Porque, a partir de aquí, casi todo es exageración, sucesión de viñetas que normalmente juzgaríamos como ridículas, al menos como grotescas, pero que perdonamos, quizá ya un poco tarde, cuando empezamos a comprender que nos hallamos en un contexto onírico que hará que todo lo acabemos interpretando como la burda muestra de lo que pueden pergeñar las más enquistadas y dolorosas emociones.

Uno de los atractivos más importantes de la película es la pareja protagonista. Aunque, la relación entre ambas mujeres, pronto se revela de enamoramiento y de atracción sexual, hay una diferencia ostensible en sus personalidades. Por un lado, Naomi Watts (no nombro al personaje, pues cada una de las actrices interpreta a dos, a lo largo de la película), una joven encandilada, ingenua, frágil, de una belleza cálida y dulce; y por otro, Laura Harris, una belleza más fría, una personalidad más enigmática y más egoísta. La interpretación de Naomi Watts es la que más me impresiona, la que, con sus numerosos, casi disparatados cambios de registro, es absolutamente excepcional, capaz de impregnarse de las más variadas emociones, y es la piedra fundamental sobre la que se edifica sólidamente una película que, para mí, sostiene su validez, por encima de sus salidas de tono, precisamente en esa capacidad para mostrar el torrencial cauce de sus vertiginosos y sobrevenidos sentimientos.

David Lynch redunda aquí en ese modo de conferir a las escenas un grave tono de intriga, mediante el suave bamboleo de la cámara y una mezcla de música simple y de ruidos fabriles que sugieren la existencia de una paralela construcción de la realidad. En muchos momentos parece que, más que imitarlos, homenajea a otros directores; por ejemplo, a Hitchcock. Pero, si el director inglés nos planteaba una trampa por la que podíamos integrarnos en un mundo angustioso, Lynch no quiere que penetremos en la película, sino que la contemplemos desde fuera, que tengamos una idea global y ecuánime de todos los sucesos presentados. Hay, por otra parte, ciertas muestras de violencia que enlazarían con el cine de Tarantino, pero aquí la liviandad con que es tratada deriva en una exhibición de lo irrisorio.

Diríamos que Mulholland Drive encontraría su excelencia, más que en un desarrollo continuado, al que se le podría reprochar algún impasable altibajo, en la gran fuerza de un buen número de escenas. Me parece muy lograda, por ejemplo, la prueba de audición a la que se somete Naomi Watts. Los personajes que pueblan ese escenario están perfectamente elegidos, representan de forma precisa y contundente ese mundo de gente encantada de conocerse a sí misma y a los demás, hasta que se destapan las subterráneas corrientes malévolas. En esa prueba, nos movemos en ese límite impreciso de la interpretación, en el que no sabemos qué parte de la persona interviene en la aparición del personaje.

Parece que hay en Lynch una especie de nostalgia de la estética de los 50 o principios de los 60. Lo vemos en los ensayos de la película, en los que intervienen unas cantantes propias de aquella época, o en la canción de Roy Orbison que interpreta Rebekah Del Río en ese misterioso Club Silencio, un lugar en el que se exacerban los sentimientos hasta derribar a los seres que no resisten albergarlos.

Mulholland Drive viene a ser un desordenado compendio de sueños rotos, de egos expuestos a las terribles frustraciones y a los éxitos más sádicos, de personajes variopintos, incluso insólitos, de algunos mensajes difícilmente descifrables; en definitiva, una aproximación diferente a esa “fábrica de sueños”, que esta vez están claramente manchados por la aparición de lo horrendo, de lo monstruoso, que se halla a la vuelta de cualquier pared y puede aniquilar la pureza de quien lo descubre. @mundiario

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