Elisa, vida mía, de Carlos Saura: las ficciones de una realidad emocional

Fotograma de "Elisa, vida mía"
Fotograma de Elisa, vida mía. / Mundiario

Como en la mayor parte del cine de Saura de esa época, asistimos a una confusión de tiempos, a distintos planos de una, por momentos, etérea realidad.

Elisa, vida mía, de Carlos Saura: las ficciones de una realidad emocional

¿Cómo se enfrenta uno a una película que hace más de cuarenta años le impresionó y no la ha vuelto a ver, a un título delicioso que, durante todos estos años, ha saboreado al evocarlo, al decirlo quedamente? De Elisa, vida mía (1977, Carlos Saura) recordaba, sobre todo, esas imágenes de la soledad del campo segoviano, ese apartamiento del mundo para poder escuchar los susurros y no solo los gritos del corazón. Ahora, esta lejana revisión, añade a ese recuerdo algunos detalles de la ficción argumental, el intento de revelar algunas claves de su composición enigmática.

¿Qué fue lo que me sedujo en aquel momento, a mis diecinueve o veinte años? Mis circunstancias eran distintas, mi manera de contemplar esa tierna y dolorosa relación entre el padre (¡qué gran interpretación la de Fernando Rey, una de las mejores de su carrera) y su hija Elisa (a la que pone su singular rostro y voz Geraldine Chaplin, esa actriz a la que a veces reprocho que su dicción extranjera trastoque el tono de su creación, pero que tiene una gran capacidad gestual, y una mirada a la vez muy exterior y profunda). Entonces yo no era, ni por asomo, padre de mis hijas, y tampoco podía identificarme con la relación filial de la protagonista. Es muy probable que me sedujera —como lo hace también ahora— esa vida apartada que lleva Luis, la relación con la naturaleza, aunque esta de aquí esté tan contundentemente despojada, como si quisiera imponer una postal distinta, un insistente proyecto de gelidez como forma de acercamiento a la cruda realidad.

Si este primer —o segundo ya— Saura me gustaba, era, sin duda, porque su línea creativa se emparentaba con aquella que me interesaba más, a la que pertenecía Ingmar Bergman, que, sin duda, influía en el cariz de sus decisiones artísticas. Como buen creador, había sabido tomar nota de los buenos recursos del maestro, haciéndolos suyos (como también alberga esta película la huella de su admiración por Buñuel). Hay aquí esa mezcla de realidad frágil que vive más en el interior de la mente de los personajes y que se disolvería en un registro que solo contuviera lo externamente veraz. La revelación que parece alentar en las pesadillas recuerda a la de esas fronteras endebles que ideó el sueco en Fresas salvajes o en Persona. Pero aquí Saura se desmarca de su maestro en un punto para enlazarse en otro: en esta historia la relación paternofilial es compleja pero no antagónica. Los conflictos se derivan de los encuentros más horizontales y elegidos, los del amor que acaba deviniendo intenso desamor.

Elisa acude, junto a su hermana, su cuñado, y sus sobrinos, a la casa totalmente aislada del mundo en la que habita su padre. Es algo que vemos, pero que también se nos explica a partir de un relato que va escribiéndose con la tinta, con la voz y con las imágenes. La voz en off es la de Luis, que va leyendo las palabras que añade a una novela que es autobiográfica, pero para la que se toma ciertas libertades.

Cuando Elisa decide aceptar la invitación de su padre para acompañarlo durante unos días, encuentra la posibilidad de penetrar en el mundo secreto de quien, en tan larga ausencia, ha desconocido. Se interesa por el manuscrito en marcha de su padre. Tras ser inquirido varias veces, Luis le explica vagamente su contenido. Antes, los espectadores hemos accedido a algunas de sus palabras en lo que parece un diario: “Mi cansancio es el de alguien que no ha llegado a ninguna parte”. “Esa persona que había aprendido una serie de cosas, la mayor parte de ellas inútiles, pero que daban sentido a su vida, ha llegado a una situación en que esas cosas aprendidas han dejado de servirle. Ahora, ese hombre que veo en el espejo quiere empezar una vida distinta sin renegar por eso de su vida anterior. Ese hombre no tiene nada, ni juventud, ni belleza, ni se siente en posesión de ninguna verdad, ni cree en otra gratificación que aquella que la vida le proporciona… Ese hombre que ahora anda a tientas tiene el propósito de empezar una vida distinta”. Luego le dirá a Elisa: “Escribo sobre mí. Es una especie de terapéutica ocupacional”.

Desde luego, otro de los principales atractivos que encontré en esta película fue el de su vocación literaria. Y también ese personaje que parece hecho con el mismo material que tantos hombres maduros, solitarios, desconectados del mundo, sobrevivientes solo en una pequeña parte hacia afuera; personajes que me han fascinado, como el Harry de El lobo estepario, de Herman Hesse, o el Burt Lancaster de Confidencias, de Visconti; hombres que contemplan la vida con cierta decepción, con una añoranza de una juventud a la que querrían volver para que pudiera disolverse la disonancia actual: la terrible sabiduría, los goces aparentemente tranquilos pero acuciados por una verdad oscura y misteriosa.   

En el inicio de esa estancia, en la proposición que ha hecho él, hay sobre todo timidez, prudencia, un fuerte deseo de cercanía, de posible revelación; todo ello presentado de tal manera que quede amortiguado a los ojos de su hija. Hay ausencia de efusión física, y todavía más por parte de ella, que tal vez aún no sabe si merece ser amado ese hombre del que ha estado tanto tiempo separada. Es genial, en todo momento, la expresión que consigue Rey para su personaje, esos matices de la angustia, sumergida tras una decidida capa de ternura cuando se tocan temas delimitados en lo personal; o resaltada en sus opiniones drásticas sobre el mundo, en sus denuncias de la soberbia, de la hipocresía o de la vanidad, cuando el tema deriva a una competencia más amplia.

Los lentos movimientos de la cámara recorren la huella humana de cada rincón de la rústica vivienda, con sus austeras estancias, ese retiro del mundo, el silencio supremo nunca violentado por la música en la que reincide Luis, por esas piezas de Satie o de Rameau que le ayudan en el adentramiento de su mirada.

Escribir supone poner en orden las ideas y los sentimientos, pero también arriesgarse a que otra persona implicada —esta vez Elisa—, ponga sus ojos en lo que podrían ser las revelaciones más íntimas, los secretos más incomprensibles, a veces penosos y otras imperdonables. Pero él apenas esconde la carpeta azul que alberga las páginas de esa posible novela. Al contario, le indica a su hija donde la guarda. Es una tácita invitación a que ella se adentre en los recuerdos que él ha transcrito, en esas páginas que va añadiendo, y que se nutren ahora también de las conversaciones que va teniendo con ella. Dice a veces romper lo que escribe. “Pero yo creo que se escribe para que otros lo lean”, le dice ella. Y él lo corrobora, pero es como si ello no fuese prioritario: “Yo creo que lo más importante es sentir la necesidad de hacer cosas. Yo a veces siento esa necesidad urgente de hacer algo. Y me pongo a escribir, pero sin ninguna pretensión trascendente, te lo aseguro. Escribo porque me divierte, y ya está. Me molestan todos esos pretenciosos que se creen que están haciendo algo importante".

Confusión de tiempos

Como en la mayor parte del cine de Saura de esa época, asistimos a una confusión de tiempos, a distintos planos de una, por momentos, etérea realidad. Así, vemos como Elisa reincide en sus sueños o en sus recuerdos para regresar a su pasado, para verse a sí misma, a su hermana, a sus padres, y contemplar aquellas vivencias desde una mirada más amplia, de tal manera que devengan más comprensibles, tras el misterio en el que solía tropezar con su solo emocional visión infantil.

Pero la otra relación importante es la que tiene Elisa con su marido. Está en un punto de ruptura. De hecho, pronto Luis se dará cuenta de que ese viaje de su hija hacia él está propiciado por la huida de ese hombre al que ya hace tiempo que no ama. Es una lejanía que ella promueve pero que Antonio no se resiste a permitir. La localiza y llega hasta ese lugar apartado para hablar con ella. Se dicen todo lo que piensan en una dura conversación en el coche rodeado del desnudo paisaje: los campos labrados, los árboles escasos, la llanura, la amplitud de un mundo deshabitado en el que parecen resonar las palabras más definitivamente que en ningún otro lugar. Lo que se cruzan son reproches, acusaciones, que parecen nacer de personas que han habitado una relación distinta. Podría ser un momento para descubrir lo que cada uno ha sido para el otro, pero no hay voluntad de examen, solo victimismo permitido para uno mismo y no para el otro.  

“Con Antonio me equivoqué. No puedo soportar su necesidad de imponer su voluntad”, le cuenta Elisa a su padre. “Además, me engañaba. Si no éramos honestos el uno con el otro, ¿para qué seguir viviendo juntos? Me engañaba con mi mejor amiga”. Luis va escribiendo esa novela desde el punto de vista de su hija. Parece ser —aquí ninguna variante del relato nos asegura que sea la verdadera realidad—que Luis abandonó a su familia una mañana en la que únicamente Elisa se despertó y lo vio. Cada vez más, entramos en un laberinto que incluye relatos que no sabemos si son fidedignos, y pesadillas que parecen reales o decididamente desaforadas, pero que siempre ofrecen signos. Al preguntársele a Saura sobre algunos enigmas que no quedan del todo despejados, dijo que correspondía al espectador hacer su interpretación.

Los días avanzan con una enfermedad que está más en el relato literario que en lo que venía siendo la realidad mostrada al principio. El caso es que esa narración se impone, y que Luis —mientras su hija ha ido a sustituirlo dando clases a unas alumnas en un colegio religioso— cae desplomado en uno de los adyacentes caminos. Al principio de su encuentro, al preguntarle Elisa a su padre cómo estaba, este le había contestado: “Pienso, respiro, paseo, vivo… que no es poco”. Era mucho, ahora se ve. Y más ya para ella que para él, que estaba terminando de reencontrarse con esa figura decisiva. La película termina con las mismas imágenes que la iniciaban, con la misma voz en off narrativa. El mismo coche acercándose a la casa solitaria. Pero ahora es la hija la que está redactando el relato que esas imágenes ilustran más que atestiguan. Es una historia que se revuelve en sí misma, y que, haciéndolo, desprende una atmósfera de poesía y de esencial verdad, que, sin necesidad de ser fehaciente, es altamente sensible y sugestiva. @mundiario

  

Elisa, vida mía, de Carlos Saura: las ficciones de una realidad emocional
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