Sobre Te doy mis ojos, de Icíar Bollaín: el cine de terror más real

Fotograma de la película "Te doy mis ojos", de Icíar Bollaín
Fotograma de la película "Te doy mis ojos", de Icíar Bollaín. / Autor.

La película funciona muy bien como documento didáctico, como toque de atención que describe las múltiples trampas en las que una mujer no debe caer.

Sobre Te doy mis ojos, de Icíar Bollaín: el cine de terror más real

Te doy mis ojos (2003, Icíar Bollaín) es una verdadera película de terror. Son pocas las escenas en las que irrumpe abiertamente la violencia —unas veces completada y otras interrumpida—, pero incluso en los momentos en que el maltratador está más lejos de su esposa, se respira el ronco susurro de su amenaza. Pilar no puede librarse de la pesadísima sombra que ese hombre, su marido, ha impuesto en su vida, que se cierne hasta cubrir sus valientes intentos de autonomía, su soledad, o esos momentos en los que está volcada con su hijo sin poderle ofrecer el regalo de una sonrisa que le han sustraído y que no se ve capaz de recuperar.

Y es que una de las mayores virtudes de la película es la de convertir cada uno de los espacios en los que intenta liberarse la protagonista, cada tiempo que podría ser el inicio de una nueva vida, en la realidad de un refugio tremendamente precario. Y el de reflejar tan expresivamente esa doble existencia de Pilar, ese secreto que se resiste a desvelar ante ese mundo ajeno a su angustia, porque se avergüenza o tiene miedo de informar de su infierno. Y así, con su silencio, secunda la ignorancia que favorece a quien la sojuzga y que la condena a la intemperie más terrible. Porque lo que vive esta joven es lo que considera como una desgracia íntima, particular, una pesadilla que le ha tocado y que tiene el rostro de Antonio, ese hombre al que aún ama cuando momentáneamente se desactivan las alarmas y renace una esperanza cuya inconsistencia, por un rato, es capaz de obviar.  

La película funciona muy bien como documento didáctico, como toque de atención que describe las múltiples trampas en las que una mujer no debe caer, pero también como obra cinematográfica que lograr crear en el espectador duraderos sentimientos de miedo y de congoja, de solidaridad y de desprecio. La interpretación de Laia Marull es magnífica. En cada imagen suya logra expresar las diferentes graduaciones del terror, que van de las más elevadas cuando es agredida o amenazada, hasta las más leves, cuando parece sentirse, al menos físicamente, a salvo de él. De cualquier modo, aun en sus esforzados ejercicios amorosos, la persistencia del miedo ocupa un rincón de su mirada.

Lo que observamos es el desarrollo de ese arte chantajista, en el que es tan ducho cualquier agresor, y ese amor al que apela y que supuestamente existiría tras las garras de lo contrario, de la sed de posesión. Lo que sucede en esta historia no tiene nada de particular, sino que sigue los pasos de la actuación habitual del maltratador. Pilar, que después de la última agresión, ha corrido a casa de su hermana en busca de refugio, es luego indirectamente abordada por ese hombre que, mediante los regalos, los detalles que no deberían validar en absoluto la bondad de una relación, intenta recuperarla. Pilar es requerida por su marido mediante una artimaña muy efectiva, la de acorralarla dentro de sus compasivos sentimientos, haciéndola creer en la inocencia de ese desdoblamiento que “padece” y en que cuando liberado de la tiranía de su propio temperamento, en ese fondo, “la quiere muy bien”.

Antonio cree haber hecho méritos para que esa mujer, a la que dice amar, pero de la que no soporta ni sus más mínimos esbozos de independencia, vuelva a ese espacio de interioridad común, el lugar de los secretos, enclavado entre unas paredes que ocultan en donde son posibles la tregua amorosa o la violencia. Ha acudido a un psicólogo cuyo cometido es intentar que hombres como él aprendan a detenerse ante sus impulsos agresivos. Pero no parece que avance mucho. Esa compulsión que siente es muy fuerte. Se alimenta de una estructura mental difícil de doblegar, le llega de manera inesperada ante cualquier frustración cualquier detalle de la realidad de ella que no se ajuste a su guion, el que él parece estar escribiendo para que se someta a interpretarlo. Entonces, siente elevarse el nivel de su hambre destructiva, para luego acabar contemplando su obra lancinante, la que lo ha acercado tan erróneamente a esa mujer que así nunca lo podrá amar. Lo siguiente es apresurarse en la promesa de que aquello ya no sucederá más, pero no es algo creíble, porque nunca reconocerá la equivocación de sus motivos. Esos estallidos no son más que la agudización de una actitud machista profundamente instalada que, entre risas, manifiestan sus compañeros de terapia. La creencia de que la mujer debe cumplir con ciertas obligaciones, la de adaptarse a los neuróticos deseos del varón, a su necesidad de sentirse superior aunque en absoluto lo sea, sino todo lo contrario, más bien un manojo de complejos.

Pilar regresa al hogar, contra la opinión de su hermana, que la quiere y que desde fuera ve mucho más claramente la inevitabilidad de lo trágico. Como no podía ser de otra forma, se renuevan los episodios de violencia. El intento de ella de una vida de convivencia en la que le sea posible un ámbito de personal libertad, ese gesto de asomar la cabeza por encima de la losa a la que su marido la condena, choca contra las inseguridades del que quiere ser su dueño ya que no puede serlo de sí mismo. No soporta el que ella avance en un tímido intento de normalización, el de realizarse como guía de un museo. En su mente estrecha, desde su oscura obcecación, es incapaz de comprender qué puede encontrar ella en esa actividad ni siquiera remunerada. No quiere aceptar el mero argumento de la búsqueda de un estimulante disfrute y una personal realización. Su interpretación es la de que ella quiere exhibir su cuerpo ante los hombres que acuden a esas salas. Sus celos son el afán de posesión, el pánico a no controlar cada detalle de esa mujer a la que dice que ama, pero solo necesita como un separado apéndice de sí mismo.

Pero Pilar, aunque atemorizada porque es tan peligroso disgustar a ese hombre que crecientemente se va viendo imposibilitado para dominarla, sigue dando pasos hacia su liberación. Encuentra un trabajo en Madrid. Le sugiere que podrían irse allí los tres, pero él no acepta. Se arregla para su primer día de trabajo. La está esperando una compañera. Pero Antonio se siente humillado por la libertad de su mujer, por su natural empeño en mostrarse atractiva. Le arranca la ropa y la saca al balcón, para que todos la vean desnuda porque según él, es lo que ella quiere, exhibirse ante los hombres, saber que despierta su deseo. Es el punto final, la inflexión que hará que el infierno fatal de Pilar ahora resulte público entre sus compañeras. Estas la acompañan a su casa y la ayudan a recoger sus pertenencias. Antonio las mira estupefacto. Recemos para que esa inhibición resulte definitiva o mejor, para que ella mantenga definitivamente la distancia. @mundiario

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