Adam y El caftán azul, el cine sutil y valiente de la marroquí Maryam Touzani

Los carteles de las películas "Adam" y "El caftán azul", de Maryam Touzani.
Los carteles de las películas Adam y El caftán azul, de Maryam Touzani.
En ambas películas, se expone, de un modo nada abstracto sino muy personalizado, el planteamiento de problemáticas derivadas de la represiva moralidad que prevalece en Marruecos.
Adam y El caftán azul, el cine sutil y valiente de la marroquí Maryam Touzani

Ha sido para mí un gran descubrimiento conocer el cine de la directora marroquí Maryam Touzani. Lo he hecho a través de sus dos largometrajes: Adam (2019) y El caftán azul (2022). Ambos tienen puntos en común, la firma de un estilo propio y elementos equiparables, como que las historias se desarrollan en el interior de unas penumbrosas casas muy bien iluminadas por la directora de fotografía Virginie Surdej, la importancia del oficio que desarrollan los protagonistas, y el que sean tres los personajes fundamentales los que provocan con sus actitudes la sinuosa deriva de sus entrelazadas vidas.

En ambas películas, se expone, de un modo nada abstracto sino muy personalizado, el planteamiento de problemáticas derivadas de la represiva moralidad que prevalece en Marruecos. Si en Adam, se denuncia el estigma que cae sobre una mujer soltera embarazada; en El caftán azul es la homosexualidad empujada a la clandestinidad. Además, en diversas escenas, pero nunca de forma panfletaria, sino surgiendo naturalmente, se denuncian algunas hipocresías, las maledicencias, la arrogancia y la corrupción de los poderosos, o el machismo.

En Adam, seguimos a Samia, una joven en avanzado estado de gestación, recorriendo las calles de la medina de Casablanca en busca de un trabajo que no tiene y de un techo que no se puede permitir. Ha huido de su pueblo al quedarse embarazada. Tiene engañada a su familia a la que le dice que está trabajando en una peluquería. Espera el momento del parto para dar en adopción a su pequeño y poder regresar a su hogar, libre de la grave e imborrable mancha que impone la sociedad en estos casos.

Una de las puertas a donde llama es la del hogar de Abla, una mujer que se ha quedado viuda cinco años atrás y tiene una hija, Warda, de ocho años. Abla la rechaza rápidamente, antes de que pueda sentir una compasión que no quiere permitirse. Pero después, al verla en la calle, dispuesta a pasar la noche allí, acude a socorrerla, a invitarla a que pase la noche en su casa, aunque de muy malos modos. Aún queda en ella mucha resistencia, solo limada por la actitud generosa de su hija, que actúa como atizadora de su conciencia.

Definitivamente, tras algunos altercados, será admitida. Se lo ha ganado con su trabajo que aporta un plus al negocio casero de Abla, una pastelería. Pero Samia no solo aporta eso, pues se da cuenta de la terca tristeza de esa madre aún joven. La obliga a escuchar la música alegre que compartió con su marido. Esta se deja vencer por esa curación que ella no hubiera querido. Le cuenta el dolor que sintió a consecuencia de las asfixiantes servidumbres de su cultura: “Ni siquiera pude besarlo, tocarlo, ni acompañarlo a la tumba. Cuando me di cuenta, mi casa estaba invadida”. “La muerte no pertenece a las mujeres”. Y la joven embarazada le contesta: “Hay muy pocas cosas que nos pertenezcan”

Cuando nace su hijo, Samia tiene que enfrentarse a él, a esa realidad tan perjudicial para sí misma. Al principio, se niega a cogerlo, a mirarlo, a darle un nombre. Pero finalmente, se apiada de sus llantos, le da de mamar, lo abraza entre lágrimas. Pero no hay alternativa. El lunes, temprano, sale sigilosa de aquella casa que la ha amparado. Lleva consigo a ese hijo del que espera que sea feliz en otra familia, no estando marcado por su condición de hijo de soltera.

La extrema sensibilidad, ese minimalismo en las escenas, las pocas, medidas y relevantes palabras, siguen presentes en El caftán azul. Otra vez un ámbito minúsculo de una casa sencilla y un negocio —esta vez ubicado en otro edificio—, el de una sastrería-. El reconocimiento de una profesión vivida con rigor, con dignidad, con esfuerzo, desde su condición necesaria. La pareja que lo regenta se desvive en su virtuosismo. Pero su vocación de servicio nada tiene que ver con el servilismo. Nunca se dejan vejar por las caprichosas exigencias de algunos clientes, especialmente de aquellos que, por ser ricos, imaginan poder exigir una sumisión.

Y nuevamente tenemos un trío protagonista. Un matrimonio sin hijos, formado por un hombre, Halim, homosexual y una esposa, Mina (en ella Touzani repite intérprete: la magnífica Lubna Azabal); más un joven que contratan como ayudante y que pronto se revelará con las mismas tendencias sexuales que el marido.

Pronto sabremos que Mina padece una enfermedad muy grave, que, a medida que trascurre el relato, se mostrará en toda su crudeza. La conocemos ya débil, cansada, poco resistente, en algunos momentos, a algunas obviedades, como la latente relación de su marido con el aprendiz. Pero esos celos solo son un signo de sus momentos más extremos de debilidad, porque, por otra parte, trata de mostrarse alegre, de no dañar a su marido con su drama.

En el fondo, Mina trata de asumir plenamente la condición sexual de su marido. Se da cuenta de lo mucho que le cuesta a él desearla. Viven casi como unos hermanos que se quieren muchísimo. Halim cumple con un amor atento, delicado, que se compagina con una vida paralela que sacia sus prohibidos deseos. Son numerosas las inserciones de escenas en unos baños públicos, a los que acude en busca de casi anónimos encuentros sexuales. Esas escapadas se repetirán, incluso cuando ella esté muy enferma, cuando él haya abandonado el negocio para cuidarla. Es como la confirmación de una pulsión ineludible pero perfectamente compatible con un amor muy atento. Algo que él cumple como sometido, triste, en medio del vapor, esperando ese encuentro que no lo va a aliviar de la tristeza que allí siente, que solo supondrá el desahogo periódico de un apetito que no puede normalizar.

Una tarde, Mina desafía las convenciones haciéndose acompañar por su marido a un bar ocupado solo por hombres. Él se siente avergonzado, y más cuando ella celebra el gol del equipo rival. Pero a esa mujer solo le importa la alegría de ese desafío largo tiempo imaginado. Y finalmente encuentra la alegre complicidad de él.

Tras un recaída, el diagnóstico del médico es inapelable: “Hemos hecho lo posible. Ahora está en manos de Dios”. Ella reza cuando él duerme. Cada uno tiene su soledad y ambos juntos gozan de su delicada confluencia. Hay una relación de pudor físico entre ellos, hasta que en una de las escenas finales vemos como ella se descubre ante él y le muestra el pecho izquierdo herido por una operación y se lo hace tocar. Ambos llegan a un nivel amoroso elevadísimo, que permite una comprensión entregada. Él se confiesa: “Lo he intentado todo en mi vida, y no he podido. Podría haberte avergonzado, manchado tu nombre”. Pero ella le contesta: “No conozco a un hombre tan puro como tú, ni tampoco tan noble. Estoy orgullosa de haber sido tu mujer”.

Halim había rechazado el acercamiento del aprendiz, para no perturbar su relación con Mina, pero ahora se da cuenta de que ese joven puede perfectamente integrarse en ese hogar, que es un verdadero amigo de la pareja, que Mina lo acepta. Cuando ella fallece, Halim se revela contra las mujeres que la han amortajado, las que le dicen que no puede tocarla, que está purificada. Pero él sabe lo que tiene que hacer. En un entierro que habían visto juntos, ella había criticado la falta de alegría en el ropaje de una mujer que había sido especialmente vitalista. Halim toma ese caftán azul que tanto le había costado hacer, que durante mucho tiempo ha estado esperando la mujer que lo había encargado, y se lo pone a su querida Mina. Luego se une al aprendiz, para llevarla —al modo tradicional, pero de modo solitario— en parihuelas por las estrechas calles de la medina hasta alcanzar el cementerio. Es una última acción subversiva, ese peculiar trío unido en hacer lo sentido, contra las exigencias de lo correcto en un país asfixiante. @mundiario

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