Buscar
loading...

El largo viaje de Bazin desde Constantinopla a Compostela

Kemal Bazin "El Peregrino". Un peregrino musulmán en tierra de infieles. / Relato literario. 

El largo viaje de Bazin desde Constantinopla a Compostela
Peregrino. / FrAn LaREo
Peregrino. / FrAn LaREo

Firma

Arturo Franco Taboada

Arturo Franco Taboada

El autor, ARTURO FRANCO TABOADA, es escritor, profesor de arquitectura, dibujante y colaborador de MUNDIARIO, donde publica relatos literarios. @mundiario

Ankara, 2014. En una noche de principios de mayo, sentado en la terraza del café “Mado Gida”, observo una muchedumbre que baja y sube por la acera, ante los coches que, en una procesión interminable, descienden lentamente la avenida Oretian Tarihi, luciendo sus logos de lujo. Es una joven Babilonia burocrática y comercial, la flamante capital refundada por Atatürk, un moderno bazar del siglo XXI. Adoran la vida en la calle el comercio y las luces, lo encienden todo como si fuera de día. Atatürk... el gran reformador. Había oído pronunciar con veneración aquel nombre años atrás en el Mar Negro. El capitán de nuestra goleta vio a lo lejos un barco y exclamó con entusiasmo “Es el barco de Atatürk”... Que había hecho aquel hombre al que tanto admiraban setenta años después de su desaparición, y cuya imagen carismática y elegante se asomaba por todas partes en la nueva Turquía. Sin duda, sus éxitos militares en Gallipoli contra los ingleses y su occidentalización, enterrando al imperio otomano.

Huele a anís y a té, que sirven caliente en un vaso campanudo con curvas de lámpara de Aladino. Frente a mí puedo leer: “Kugulú is Merkezi y Kugulú Optik”, Calzedonia, Rocher, como un río inagotable pasa una población que no llega a los cuarenta. Esto es el futuro, me pregunto qué será de Europa en 100 años.

Los amigos de la Universidad de Çankaya me esperan en el hotel Argentum. Se ha echado el tiempo encima y me apuro por la calle Oretim. Kögütler, Altbank, Atbank, la oferta es interminable; cajeros, chucherías... Mientras subía, vi un hombre de pie con su puesto en la esquina, ofrecía su escasa mercancía de mazorcas de maíz, ¿quién podría interesarse, pensé, en tan humilde refrigerio? Confieso que me conmovió ver al hombre indeciso en cocer o no su producto. La gente pasaba de largo sin mirarlo, y recordé al pobre Bazim, en aquel Estambul del XIX que yo había inventado en mi viejo relato, que ofrecía con su campanilla los dulces por el barrio de Pera.

Ahora, en el XXI cuando volvía de nuevo calle abajo, me tranquilizó ver que en el puesto de las mazorcas había actividad. Una familia esperaba mientras el hombre sacaba del agua hirviendo sus mercaderías una por una y las espolvoreaba de sal antes de ofrecerlas envueltas en un papel de estraza.

Vídeo sobre Kemal Bazin. / YouTube

KEMAL BAZIN "EL PEREGRINO"

El largo viaje de Bazin desde Constantinopla a Compostela.

Un peregrino musulmán en  tierra de infieles.    

Andaba de aquí para allá, por el barrio de Balata. Vendía limonada y pasteles, tocando la campanilla de su carrito, y su sonrisa de porcelana china caía graciosa entre las putas y los rufianes de aquella Babel venérea, situada entre dos mundos, que son los lupanares de Estambul.

Durante el otoño, cuando los plátanos gigantescos y antiguos del tiempo de los califas se quedaban desnudos, solían bajar las ventas de frutos y refrescos y Bazin sólo podía vender pasteles y regalar sonrisas.

Entonces recorría nervioso largas distancias por el bulevar Tophane, tocando desesperado la campanilla hasta el desmayo. Luego emprendía el viaje a casa empujando su carro hacia el barrio santo de Eyub, escondido entre bosques fúnebres y silenciosos. A esas horas comenzaban a encenderse mil lamparillas sobre los pálidos panteones, y a Bazin le parecía un bosque encantado, poblado de luciérnagas y hadas.

A los treinta años, Bazin, estaba harto de tanto trasiego para sacar unos cobres. Si al menos se hubiera hecho barquero, como su padre, podría deslizarse suave sobre las aguas y burlar al atardecer, alguna de las misteriosas escenas que sucedían veladamente al paso ante los palacios de Dalmabagtche, sobre los muelles de mármol blanco o tras las sedas de las ojivas encendidas, pero ahora ya era tarde y parecía condenado a empujar de por vida aquel carrito con el que formaba una sola pieza.

Una tarde que subía la cuesta de Yenitchirche hacia Pera, la populosa, empujando las ruedas de su pequeño negocio con la luz del Bósforo atrapada entre los dientes, algo debió distraer su atención, y el carrito, libre del control de su dueño, comenzó a correr calle abajo, saltando sobre el empedrado, como empujado por el mismo diablo. A Bazin se le había congelado la sonrisa, y corría desencajado, con los brazos en alto y suplicando a gritos a los parroquianos, para que echaran la mano al carricoche, que en él se le iba la vida y la hacienda.

Con tanto trompo dislocado, la campana del carro, saltando por los aires, se mezclaba con los címbalos, campanas y tambores que en esa parte animan la calle todas las tardes, y el resultado era una orquesta confusa y desordenada, que avisaba a la multitud de faquines que a esas horas descansaban las anchas espaldas sudadas, bajo los emparrados de la cuesta que lleva a Pera. Desperezados abrían las grandes bocas sin dientes y reían a carcajadas con la inicua impiedad tan habitual entre los parias de este mundo, y el corazón de Bazin, grande como los diamantes del palacio de Topkapi, saltaba como la campanilla del carro en la larga carrera hacia el puerto. Y Bazin con los ojos enturbiados, sólo veía manchas rojas bajo las parras sobre las cabezas oscuras de griegos, malteses o judíos, borrosas por el humo de las pipas, que todos fumaban en general indolencia.

De forma inexplicable, Kemal Bazin se detuvo de repente y, por un instante, las risas se silenciaron. Su corazón se vació en un momento por la vergüenza, y le cedió la sangre al cerebro y a las orejas. Entonces, algo oscuro debió de turbar su pensamiento, que en aquel mismo instante, su naturaleza entró en una dimensión distinta.

Mientras tanto, el desgraciado carrito de chucherías y refrescos parecía haber tomado vida propia en su loca carrera hacia el muelle de Tophane, con tan mala suerte que fue a estrellarse contra el esquife dorado del gran visir, que estaba atracado en una de aquellas dársenas. ¡Alá es grande! pensaron muchos ante el prodigio.

Toda la limonada mezclada con los pasteles en un amasijo indescriptible, cubrió la nave como una nieve de dulces y jugos de fruta que, enseguida, fue pasto de las gaviotas. En el espacio del canto del muezín, el esquife se perdió bajo las aguas oscuras con el tiempo justo de que sus ocupantes saltaran a tierra.

Bazin, desconcertado y descompuesto, sin luz en el cerebro, sólo acertó a arrojarse de rodillas ante la sombra de un lacayo del alto funcionario del sultán, que ordenó le azotaran allí mismo hasta perder el sentido.

Volvió en sí el maltratado vendedor, a altas horas de la madrugada,  cuando todavía quedaban algunas iluminaciones del Ramadán, que daban vida al mes lunar de largos ayunos y abstinencias. Con torpeza se pasó las manos por el rostro, manchándose con la sangre que manaba de una boca desdentada por la paliza, y tomando apenas conciencia de su nueva realidad, deteriorada y despojada de toda dignidad, escuchó Bazin sobrecogido, el canto desde el minarete. Aún le quedaba algún sentido en la cabeza, incluso calculó que podía reparar en el delicioso olor a anís y ajenjo, que venía desde los divanes rojos, donde algunos grandes señores fumaban amodorrados como en el tiempo de los sultanes. Buscó aturdido en su desconcierto y acertó a reconocer los restos informes de su triste y maltrecho medio de vida, flotando desvencijado junto a la orilla.

Intentó a duras penas enderezar sus ejes y redondear sus ruedas. Se aferró una vez más al carromato como a un asidero desesperado y emprendió el camino hacia su casa.

Iba Bazin ensimismado en su desgracia, cuando pasó por su lado una extraña procesión.

Entre unos hombres, con bastones y linternas de seda antiguas, una hilera de mujeres con velos blancos y brocados suntuosos, cuchicheaban entre risas, y sus ojos grandes y negros se encendían mirando el coche destartalado y triste.

El hombre, dueño de aquel harén, se atrevió a hurgar todavía en las heridas del pobre Bazin, “¡toca la campanilla Bazin!”, y su boca se abrió asombrosa como la cueva de Alí Babá. A la luz mágica de las linternas, brillaron dos filas de largas piezas de oro, que se clavaron en el alma del vendedor de chucherías para siempre.

Por primera vez en su vida, tuvo conciencia con antelación de cuál sería su destino. A partir de ahora, no haría más esfuerzos inútiles y se dejaría arrastrar por el carro por esos mundos de dios.

Y así fue como Bazin, tocado por la luz de Alá, invirtió sus últimos cobres en el pasaje que le alejaría del confín de Europa, en la puerta entre dos mundos.

Una mañana subió su carrito a un esquife dorado y ágil y, mientras se deslizaba elegante por el Cuerno de Oro, se despedía Bazin de los palacios blancos, sobre los muelles de mármol solitarios y fríos de Techeragan y Dalmabagtche, de la punta del viejo serrallo, y de la silueta indeciblemente gris de las cúpulas redondas y pálidas de la mezquita de Suleimán, de los minaretes inmóviles y de los esquifes varados en la memoria de lejanos viajeros. Una última vez, mientras se alejaba envuelto en el frío vapor que subía del agua, pudo escuchar el canto del muecín.

El esquife silencioso se perdió en la mañana rumbo a Europa y entre brumas se escapaba tímido y sin ánimo el tintineo de la campanilla del carrito de Bazin. Atrás quedaba, tal vez para siempre, el todopoderoso imperio de los califas otomanos, en alguno de cuyos reinos, habian sucedido de verdad las historias de “Las mil y una noches”.

Camino de Santiago

Camino de Santiago. / Xurxo Lobato

Al otro lado de Europa, en el lugar más alejado del Islam, se levanta la más grande mezquita de la cristiandad. No sabemos si Kemal Bazin sabía que Almanzor, el gran caudillo omeya, allá por el año mil, organizó una rafia para quitársela de en medio, consiguiendo incendiarla y llevarse las campanas a su califato de Córdoba. No nos pareció que el peregrino Kemal Bazin conociese tal historia cuando le vimos remontar el “Monte del Gozo”, a las puertas de Compostela, un atardecer dorado de la última primavera.

En la ladera de este monte, desde donde los peregrinos se humillan de rodillas y contemplan por primera vez los minaretes cristianos de la catedral, se apacientan desde tiempos inmemoriales algunos rebaños, cuyo balidos aislados en el tiempo, tranquilizan a los peregrinos en el último trozo del camino.

Parecía sólo un cencerro más del rebaño, el tintineo que escuchamos aquella tarde. Pero su cerrazón voluntariosa e insistente llamó nuestra atención. Tres sombras en contraluz se recortaron en el perfil ascendente de la colina, como la “Huida a Egipto” de un belén de Navidad. El turco Kemal Bazin sonreía con su boca brillando al sol e, inclinado unos sesenta grados hacia delante dirección norte, se prolongaba uña y carne con un misterioso carromato tan pertrechado que le ocultaba la cabeza. Dada la fuerte pendiente, Bazin mantenía una dura lucha con su patrimonio móvil, para que todo el sistema no perdiese el equilibrio y rodase montaña abajo, llevándose por delante a su curiosa compañera de viaje, una “rubia”, muy francesa, sexagenaria a todas luces, a pesar de la melena y las mallas prostibularias con que hacía el camino.

Los que allí estábamos aquella tarde, nos preguntábamos sorprendidos, qué tendría para la mujer aquel hombre del carro que tocaba frenéticamente una campanilla, mientras se enfrentaba con la fuerza de la gravedad, al penoso cargamento voluntario. ¿Sería una terrible penitencia?

¡Por Alá que es grande!, que no podíamos entender qué se le había perdido a un infiel en las proximidades del templo cristiano, enfrentándose, además, con aquella cargazón y en plena canícula, que ¡voto a Santiago! que el riguroso clima de estas tierras durante la época estival, ha hecho aumentar las indulgencias a muchos peregrinos.

Tardamos varios días en desvelar el secreto del carro cargado con que el turco había recorrido toda Europa, según nos dijo. Pero no era sólo ese el misterio que acompañaba a ese hombre.

Cuando preguntábamos con malicia qué coño le había dado a la compañera de viaje para que lo siguiera por medio mundo, arrastrándose como la concubina de un humilde harén, el bueno de Bazin se limitaba a abrir su boca, asombrosa, como la cueva de Alí Babá, y con eso lo decía todo.

Cada tarde, entre chistes, risas y bromas, la felicidad de Bazin se reflejaba rayo por rayo y diente por diente, en aquella endiablada caja fuerte de su boca, mientras nos contaba, una tras otra, tantas historias inverosímiles. De cómo había conseguido reponer su dentadura hasta almacenar aquella fortuna, sólo nos dio vagas referencias. La vendimia en Francia, donde había conocido a Catherine, y otras por el estilo, no nos convencieron ciertamente, pero consiguieron variar el sesgo de nuestra conversación por otras ramas del camino.

Aún hubimos de articular un dialecto apropiado a la circunstancia, para tratar de entender el sorprendente chapurreo semi inteligible, con regusto de castellano y francés.

Como además Bazin era risueño por naturaleza, con un punto de nerviosismo que recordaba, tal vez, una infancia insegura y violenta, era necesario armarse de una gran paciencia para acotar cada una de las narraciones que, a retazos, iban saliendo de su boca, y que evocaban una azarosa trashumancia por esos caminos de Alá.

A medida que el turco iba recreando sus narraciones, se confirmaba el antiguo aforismo que asevera que: Allá donde anda Dios, también anda el diablo, y ambas personalidades se enfrentan aquí y allá con desigual pulso, desde el principio de los tiempos, tanto en las celdas de los monasterios, como en las sacristías y confesionarios. Todo lo cual nos hace concluir que es, precisamente, en todos los lugares santos, donde se acentúa la concurrencia de toda suerte de rufianesca canalla, que al amparo del indulgente corazón de las almas creyentes, aprovecha para ejercitar mil tropelías.

Pero no siendo este el lugar más apropiado para juzgar la vida de nadie, sino más bien para exponerla al juicio, sin duda equilibrado y justo, de ustedes, que se encuentran al otro lado de estas páginas, paso, sin más, a describir las  curiosidades y artimañas a donde puede llevar el ingenio humano, para huir de los trabajos y los días, honrados con el sudor de la propia frente.

Al anochecer de aquel día, y ante un nutrido grupo de peregrinos que se habían ido acercando a curiosear, el peregrino Bazin y su compañera, representaron para nosotros uno de los números que ciertamente les harían entrar con honores entre las más asombrosas crónicas del camino.

– Señoras y señores. Amigos peregrinos de todas partes -comenzó Catherine con gran solemnidad­-. Refinados asistentes a tan magnífica representación. Recién llegado del reino de “Las mil y una noches”, je suis enchantée de présenter vous Kemal Baazim d’Istambul.

A continuación añadió:

> Con respecto a mi humilde colaboración, como miembro de esta Compañía, solamente les diré una cosa. Yo he llevado una vida intensa, señores, eso a la vista está -decía, mendigando algunas risas de los espectadores, y luego continuó:

> Como parte del largo viaje entre dos mundos, desde Constantinopla hasta Compostela, imaginaremos la última etapa del largo camino de Bazin en la vieja ciudad de Jaca, villa destacada del camino, que fue capital del reino de Aragón y tiene importante catedral, y donde tuvimos el honor de ofrecer la primera representación artística de nuestra famosa compañía.

> Pasen y acomódense, excelentísimos señores -continuaba Catherine-, y también ustedes, a buen seguro forasteros en esta ciudad, tal vez peregrinos de paso a rendir homenaje al santísimo Apóstol Santiago. Pasen y escuchen las viejas historias de este largo camino, que a otros les sucedieron antes que a ustedes, cuando iban en busca de las indulgencias del Santo. Aprenderán así a sortear las sorpresas que a todos esperan, y a no dejarse embaucar por los pícaros y la vil canalla, que sin duda encontrarán en abundancia por el camino a Compostela.

Disfrazado para la ocasión, un Bazin asombrosamente alto, que se había puesto las mejores galas de su vestuario, apareció ante el público con tal facha que parecía una de las réplicas terribles que de los sultanes de Turquía, se guardan celosamente en el palacio del Viejo Serrallo, en Constantinopla.

El alto turbante en forma de pera, se adornaba con una piedra magnífica, una de esas extrañas gemas que parecen manar agua azul en interminable manantial. La camisa de seda se acordonaba al cinto, en un cuero de filigrana del que colgaba un puñal con el pomo de una sola piedra preciosa. Los pantalones se adornaban con extraños brocados de dibujos misteriosos que imponían respeto, y las altas babuchas con que Bazin aumentaba su tamaño, aparecían repujadas en oro y raras gemas, hasta la saciedad.

Para completar el impacto de tan imponente aspecto, el turco se dirigía a su público engolando la voz, mientras desgranaba la verborrea de sus consejas, interponiendo algunos vulgares latinajos, que daban autoridad a sus palabras, a pesar del sospechoso acento musulmán que era incapaz de ocultar.

– ¡Por las cadenas del gran caudillo Miramamolin y sus diez mil guerreros negros! -gritaba a los escasos asistentes-, tan justamente derrotado por el rey de Navarra, -añadía rezongón, adulando a los cultos de entre el público asistente.

A una escasa distancia de respeto del presentador, Catherine, con un largo capirote de tafetán azul y tules que le ocultaban su rostro atiborrado de colorete, repartía entre los curiosos, unas cuartillas con el resumen del argumento que iba a representarse. 

El triste viaje del noble caballero Leo de Rosmithal y Blatna desde Bohemia a Compostela.

Andaban las cosas aparentemente bien en la ciudad de Santiago de Compostela, cuando este noble caballero y su séquito, emprendieron tan largo viaje, y así se lo confirmaron los emisarios que tuvo a bien enviar previamente el muy ilustre señor Leo de Rosmithal.

Pero los acontecimientos que comenzaron a sucederse cuando ya habían emprendido el camino, habrían de reportarle graves complicaciones.

El advenimiento a la sede de la mitra compostelana por el obispo Don Alonso de Fonseca II, se produjo tal vez con poca diplomacia, ya que no fueron atendidas las pretensiones del señor Don Bernald Yáñez de Moscoso para controlar los cometidos de la Pertiguería Mayor. Posteriores roces entre los hombres del arzobispo y los del señor de Moscoso, colmaron el vaso y desataron las iras que condujeron a tender una trampa al Arzobispo mientras se encontraba en la villa de Noia.

Tal secuestro llevó a su hermano Don Luis de Acevedo, instigado por su madre, Doña Catalina de Fonseca, a asaltar el tesoro de la Catedral con la intención de reunir el oro necesario para librar a Don Alonso.

– Lean, lean, damas y caballeros, a qué penalidades condujeron la compasión y el buen grado del noble físico que viajaba con el señor de Rosmithal.

Kemal Bazin blandía ahora un cuerno largo y adornado, que soplaba con fuerza para llamar la atención de los presentes.

– Presten atención por favor caballeros a esta curiosa historia, en ciertos pasajes tan hermosa y triste como la hazaña de los doce pares de Francia, que tan injustamente nos han echado encima a nosotros los hijos de Alá, y yo juro, por el manto del profeta, que nada hay más cierto en la historia del gran Rolando de Francia.

Catherine, lanzando un guiño de complicidad occidental con los espectadores, y contoneándose alrededor de Bazin, le corregía constantemente:

– ¡RRRolan, Bazin, RRRolan, con RRR!

– Mais oui, ma cherie ­-refunfuñaba molesto el turco, por las lecciones-. El caballero RRRoland, gloria de Francia, cuya desgracia cantaron todos los juglares y trovadores antiguos, ya en brazos de la muerte, en los mágicos valles de Roncesvalles, sopló con tanta fuerza a olifante para convocar a Carlomagno, que se dejó en el cuerno de Sicilia el último suspiro. Pero, como esta es importante historia, la dejaremos para otra ocasión.

Así se expresaba en su dramatización el peregrino Bazin, con la ayuda de su histriónica narradora Catherine. Del carromato estrafalario había surgido inexplicablemente todo lo necesario para recrear aquella historia, y en un santiamén, los cómicos habían levantado un retablo de maravilla. Habría de asombrarnos a todos, sin embargo, la forma en que un hijo de Alá contaba la historia de aquellos príncipes del Renacimiento cristiano, cuyo poder magnífico era capaz de sentar a su ilegítima descendencia en la silla arzobispal de Compostela.

Todos dejamos algunas monedas en la bandeja que pasaba Catherine, mientras el bueno de Bazin mostraba con todo esplendor su brillante dentadura.

Algún día, en el Bazar de Estambul supongo, en algún tenderete cualquiera, atenderá las ventas a toque de campanilla, un hombre con una “adorable” sonrisa, el honorable Kemal Bazin. @mundiario

––––––––

Traducido al alemán y publicado por la Ed. Ludwig en el libro “Eine literarische Kartographie des Jakobsweges im Nordwesten Spaniens”.