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La gastronomía en los Caminos: La princesa verde

Cunqueiro bautizó la lamprea como “princesa verde”, pez primitivo que ha confundido a los teólogos, socorriendo en la Cuaresma las obligadas abstinencias de monasterios y conventos.
La gastronomía en los Caminos: La princesa verde
La anguila. / Arturo Franco Taboada
La anguila. / Arturo Franco Taboada

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Arturo Franco Taboada

Arturo Franco Taboada

El autor, ARTURO FRANCO TABOADA, es escritor, profesor de arquitectura, dibujante y colaborador de MUNDIARIO, donde publica relatos literarios. @mundiario

Hacia el año 900, el cardenal Hugo, hijo del Duque de Borgoña, degustaba deliciosos salmónidos en el monasterio de Sobrado, cuando un emisario de Roma le comunicó que había sido elevado al Solio pontificio. Es proverbial el cultivo secular de la cocina de estas especies por parte de las abadías, arte y sabiduría que heredaron de los romanos. 

La lamprea y los salmónidos que, a través de la singularidad geográfica de las rías, alcanzan el cauce de los ríos, han abastecido el complemento alimenticio de los monjes. 

Cunqueiro bautizó la lamprea como “princesa verde”, pez primitivo que ha confundido a los teólogos, socorriendo en la Cuaresma las obligadas abstinencias de monasterios y conventos. Hay algún lugar en el pueblo de Samos, al borde del camino, que hoy prepara las anguilas como nadie. Las ferias de Samos, segundas semanas de julio y agosto, o la feria gastronómica que desde hace dos años presenta el propio monasterio la segunda semana de diciembre, son la ocasión propicia para degustar la original forma de preparar las anguilas de esta estación de peregrinos del Camino de Santiago. 

Hace unos años, se celebraba una feria mensual, adonde llegaban campesinos de todos los contornos para negociar sus mercancías, reses, cerdos o caballerías. 

Aunque el pulpo era la rúbrica notarial inviolable tras el apretón de manos, pude asistir a lo que, en puertas de la entrada en la UE, con sus normativas que anunciaban el fin de una época, era por entonces la oferta por excelencia de una moderna casa de comida que había a las afueras de la villa. 

Recuerdo con gran afecto aquel mundo que se fue, más propio de un dibujo de Cebreiro. Me pareció asistir a una auténtica comida de ejecutivos rurales que completaban sus transacciones, en grupos de cuatro o cinco, sin desprenderse de sus boinas ni para tomar las gotas de aguardiente del café. 

Los platos que se servían como estrella del restaurante eran las ya tradicionales anguilas fritas del río Oribio. Para alguien que no las hubiese visto nunca sobre su plato, imponía un poco la presencia enroscada de aquel manojo de culebras fritas y sazonadas con justa sencillez. Querido primo Juanjo, allá donde estés, ahí va este recuerdo de aquel viaje. @mundiario