Compostela: El final del Camino de Santiago (9)

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Restaurante A Charca, Rúa do Franco. / JRB

Rúa do Franco, desde Porta Faxeira a Fonseca: recorri­do alegre, bullicioso, lleno de tabernas, bares, restauran­tes, lugar preferido por estudian­tes para algo tan común en Santiago como es "ir de tazas".

Compostela: El final del Camino de Santiago (9)

- Rúa do Franco.

Durante la Edad Media a los peregrinos se les conocían genericamente por "francos", franceses, aunque fuesen belgas o alemanes.

A esta calle se le llamó "de los francos", por ser lugar de asiento de peregrinos y "cambeadores", comerciantes que les cambiaban la moneda, la calle estaba muy concurrida, tal como hoy en día pero arquitectónicamente muy poco rematada.

Al mediodía la ciudad bulle en el Franco y la "Raíña", lugar preferido por muchas generaciones de compostelanos y estudian­tes para hacer algo tan común en Santiago como es "ir de tazas".

Anécdota:

Ir de tazas, significa recorrer de arriba abajo toda la zona entran­do en aquellos bares que según los expertos tienen el mejor vino, tomarse varios "ribeiros" servidos en tazas de loza blanca y boca ancha.

Es casi un ritual diario alrededor de la una del mediodía salir a la calle y encontrarse con la cuadrilla de amigos, de estudiantes que salen de las facultades, las calles no son muy anchas y enseguida se ponen muy concurridas de gente.

La calle del Franco va desde porta Faxeira a Fonseca, es un recorri­do alegre, bullicioso, lleno de tabernas, escaparates, bares, restauran­tes.

Desde Porta Faxeira la calle describe una curva a izquierda y derecha entre escaparates llenos de mariscos, de "santiaguiños" y "viei­ras" que alegran la vista, entre bares como el famoso "42" en ese número de la calle, un clásico con buen ribeiro de barril. Sabe mejor que en la costa" al no afectarle la salitre del mar ... dicen los entendidos.

Cada cuadrilla se sitúa alrededor de un barril de pie, y allí se charla de lo divino que está el vino y de lo humano, los sucesos del día.

Esta es otra de las muchas facetas de esta ciudad, ir, venir, saludar, charlar, sentarse en una terraza de la Plaza de Fonseca muy concurrida de gente, pasar por la "calle de la Raíña" llamada así en recuerdo de la reina Doña Urraca, que vivió aquí con su marido el conde Don Raimundo de Borgoña, gobernadores de Galicia, los primeros que vivieron en el reino, calle también típica con casas de estilo compostelano.

Al final de la Calle del Franco, está  "La Capilla del Franco o Capilla de Santiago", es una capillita cerrada con una verja­   que da a la misma calle reconstruida en 1.644 y según se cree es el lugar donde pararon los bueyes que conducían el cuerpo de Santiago, tiene una placa al respecto.

Anécdota:

Dentro de la capillita hay un Altar con la estatua de Santiago, los visitantes suelen  echar monedas dentro, en algunas ocasiones algunos estudiantes han "pedido prestado" algunas monedas del suelo de la capilla mediante una larga caña con pegamento, que luego claro está, han devuelto con intereses .A su lado está la fuente del Apóstol. 

El ambiente estudiantil brilla en toda su intensidad a la hora de las tazas por la mañana y por la tarde, sólo parando cuando es la hora de comer y cenar.

Al final de la Calle del Franco está "El Colegio Mayor de Fonseca o Santiago Alfeo". Primera impresión:

Atravesando la portada de la bonita fachada  plateresca donde destacan las ocho columnas estriadas, las estatuas bajo doseles y encima de la puerta el escudo de los arzobispos Fonseca, llegamos al maravilloso claus­tro  renacentista: uno de los lugares de más encanto en Santiago, un sitio romántico, para pasear bajo las arcadas mientras se contemplan las distintas perspectivas que nos ofrece los arcos, entre medallones con bustos, la Torre de la Catedral asomándose al pequeño jardín, las gárgolas y la fina crestería, todo un prodigio del plateresco.

Una ciudad para pararse, para contemplar cada rincón, las grandes Plazas cerradas, las placitas escondidas entre impre­sionantes monumentos de granito gallego extraordinariamente labrado por los canteros orensanos generación tras genera­ción para lograr este gran milagro en piedra.

Pero también para contemplar los pequeños detalles, las gárgolas, los lienzos, las cresterías, los adornos, las cornisas y los miles y miles de capiteles de todas las facturas. A Compostela hay que recorrerla muchas veces para ver todo lo que nos puede enseñar. @mundiario

(Continuará).

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