Camino de Santiago, el camino del arte

Alberto Núñez Feijóo ante el Pórtico de la Gloria. / Mundiario
El Pórtico de la Gloria. / Mundiario

Con el siglo XVIII, el barroco llega a su máxima expresión ensombreciendo en ocasiones al románico bajo sus ademanes recargados, como hizo la magnífica portada de la catedral de Santiago con el Pórtico de la Gloria.

Camino de Santiago, el camino del arte

Cuando el peregrino a Santiago observa el paisaje desde el Camino, atisba al mismo tiempo el horizonte de sí mismo y la necesidad de dejar testimonio de su paso. Esa conciencia se plasmó a lo largo de los siglos en textos, esculturas, pinturas y monumentos que seguían las vanguardias estéticas y culturales imperantes del continente. Y es que de la pugna entre el románico, gótico y barroco surgió un gran eje artístico poliédrico y a la vez unitario. Es por ello que el verdadero influjo del Camino se proyectó sobre la formación de Europa más desde su aspecto cultural que político, algo que podría ser sustancial para conformar su verdadera naturaleza en los actuales y convulsos tiempos en los que muchos claman su refundación. Europa se forjó sobre la imaginación, la creatividad y la reafirmación de los valores del espíritu, lo que incidió decisivamente en la política de los Estados que vertebraron su itinerario.

Con su construcción arquitectónica sobria y sencilla, el románico concedió en los siglos XI y XII el máximo esplendor a la Ruta Jacobea, filtrando una tenue luz a través de las pocas ventanas abiertas en los gruesos muros de piedra de sillería que sostienen las bóvedas de los templos. En la catedral de Santiago se conserva el incomparable Pórtico de la Gloria, tallado en piedra por el maestro Mateo en el siglo XI. La catedral de Jaca en Huesca, es considerado el primer gran templo románico de España, si bien, su mayor exponente es la basílica de San Isidoro en León, conocida como la “capilla sixtina” del románico por la similitud de los frescos que decoran sus paredes. La penumbra que invade el aire de los edificios románicos incitaba al recogimiento y la introspección de los hombres, como si las sombras que se gestaban intramuros susurrasen a sus espíritus desde los rincones. Esa manera sencilla de expresarse, levemente transgredida por los pintores de la época que engalanan los muros de cuadros y frescos de colores llamativos como contrapunto de las historias y pasajes bíblicos esculpidos por los canteros en los capiteles, dio paso a la grandilocuencia de los artistas renacentistas y su capacidad de asombro hacia lo sobrenatural, que imaginaron el gótico desde la arquitectura diseñando las catedrales como verdaderos puentes al cielo.

Es pues a finales del siglo XII cuando los edificios románicos, configurados como armazones de espacios pequeños y oscuros, cambian su estructura por las formas estilizadas y armónicas de la arquitectura gótica. Las bóvedas y torres discurren vertiginosas hacia alturas sobrecogedoras y la luz se filtra policromada desde las vidrieras o rosetones de los muros, impregnando las conciencias de los hombres de temor a lo desconocido frente a los ideales de los ilustrados que buscaban en el imperio de la razón, la superación de las supersticiones y de la religión. El gótico llegó a España de la mano de la orden francesa del Císter y la iglesia de la colegiata de Roncesvalles fue la primera concebida bajo el nuevo estilo, aunque la catedral de León y también la de Burgos, representan el ejemplo más puro del gótico español. En Galicia, en cambio, entró de mano de los franciscanos en la Iglesia de Betanzos y de los dominicos en la Iglesia de Bonaval de Santiago de Compostela. Los pintores cambian en esta época la ubicación natural de sus obras en los muros para encontrar su lugar en las vidrieras y en el ínfimo espacio de los códices. La precisión de las obras, gracias a las técnicas del temple y del óleo, soslaya las líneas negras, lo pesadamente terrenal por la prospección del espacio, de las que eran exponentes las escuelas de Siena y Florencia que ya en el último gótico se funden con las técnicas de las escuelas flamencas y francesas. Además de las representaciones expresivas de lo estrictamente religioso, la minuciosidad de la pintura gótica se trasladó a elementos de la vida cotidiana tan banales como una joya o un traje, atrayendo a una pléyade de refinados aristócratas.

Con el siglo XVIII, el barroco llega a su máxima expresión ensombreciendo en ocasiones al románico bajo sus ademanes recargados, como hizo la magnífica portada de la catedral de Santiago con el Pórtico de la Gloria, incapaz desde entonces de enseñar al mundo su verdadera grandeza, que sí exhibe su réplica -no tan lograda- en la Catedral de Tuy. La fachada del Obradoiro, con sus torres en forma de cuernos, se abre a la plaza del mismo nombre, aquella donde los artesanos de la piedra erigieron la máxima expresión del nuevo estilo en España bajo las órdenes del maestro de obras, Fernando de Casas Novoa. El barroco irrumpió en los templos románicos y góticos con un ejército escultórico, vistiendo su sobriedad con enrevesadas creaciones de pan de oro, policromías y tallas de santos. Se instalaron aparatosos lienzos de altar para mayor gloria de los santos bajo tenebristas efectos de luz de los pintores ribaltescos y otros muchos cuya alusión nos llevaría a sobrecargar el texto cayendo en algo tan inoportuno como barrocamente correcto. Esa impronta de la compleja personalidad barroca, se conserva en muchos de los retablos de los altares que los peregrinos admiran en las iglesias del camino, como el impresionante retablo mayor bifronte de la iglesia benedictina del Monasterio de San Martín Pinario de la capital compostelana, magníficamente restaurado allá por los noventa. No es de extrañar que la barroca sea también la arquitectura por excelencia en Galicia, no solo en edificios eclesiásticos, sino también en los privados y particulares.

Allí donde se mire, el Camino es arte. @mundiario

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