La estafa del independentismo; la política nacionalista como escenario virtual

Carles Puigdemont. / TV
Carles Puigdemont. / TV

El retablo de las maravillas, de Cervantes, se queda corto para definir lo que ha sido una épica de la farsa, pero que nos ha acojonado a todos.

La estafa del independentismo; la política nacionalista como escenario virtual

Contra todo pronóstico, el 155 se ha convertido en una clase de bálsamo de Fierabrás. La cordura, el civismo y la templanza se han impuesto en un momento histórico que, durante varios días, apuntaba a un odioso ambiente de guerracivilismo.

Tras las intervenciones policiales durante el pseudo-referéndum, incluso mucho antes, temí que el clima social se volviese férreo y apocalíptico.

No quiero pecar de optimista, porque sé que hoy no hay una solución efectiva ante la crisis social y política en Cataluña. Pero la convocatoria de elecciones autonómicas para diciembre parece que ha devuelto a Cataluña a un ambiente preelectoral, acorde con una estabilidad institucional más que necesaria.

Ahora surgen varias preguntas.

¿Dónde está el independentismo? ¿Dónde han quedado la insumisión y esa reacción incendiaria contra las instituciones "españolistas" que han invadido el nuevo país? ¿Dónde está Puigdemont? ¿Por qué no ha habido ninguna propuesta legislativa inmediata a partir de la proclamación de la República?

No soy yo quien formula estas preguntas, sino los articulistas de muchos diarios independentistas como Naciódigital, que hoy amanecen con columnas y editoriales cargados, más de decepción, que de escepticismo. 

Lo que demuestra la participación de los partidos nacionalistas en los próximos comicios es que esa República no existe siquiera ya en su imaginario. Que ha sido una auténtica estafa, que ha jugado con los sentimientos sinceros de muchas familias hacia la independencia, pero que, al mismo tiempo, ha formado parte de unos escenarios mediáticos y virtuales que estaban lejos de un pulso social determinante, dispuesto a parar quirófanos y el movimiento de traslación de nuestro planeta si era necesario.

Existe un amplio apoyo al independentismo en Cataluña. No me cabe duda. Pero hoy esa base social no se ha rebelado contra el 155 por una razón. Porque sus políticos no lo han hecho. Porque Cataluña, afortunadamente, no es Kosovo, ni Chechenia, ni el Kurdistán.

Si, a partir de los próximos días, nada anómalo altera el orden social con el que, de una forma ejemplar y admirable, se ha despertado hoy Barcelona, nos involucraremos rápidamente en una campaña electoral que promete ser apasionante.

Tengo la sensación que la represión españolista ha tenido más de mediático y virtual que de dolor sincero y desgarrador dentro de una comunidad con una de las mayores rentas per capita de Europa. 

Hubo momentos terribles de crispación y de turbulencias, no voy a negarlo. Las cargas policiales del 1 de octubre, los escraches a los agentes y las muestras descarnadas de crispación en algunas manifestaciones fueron escenarios reales que podían haber tenido un fatal desenlace.

Creo que hay muchos independentistas, muchos, que creyeron que la DUI era real, que, por fin, se había logrado arribar a Ítaca, que la República era la tierra prometida, pero la fuga de empresas y el apocamiento institucional de un Parlament, que había volatilizado los derechos básicos de un marco constitucional nacional y europeo, malograron ese sueño.

Ese Parlament debe explicar por qué muchos universitarios se acostaron siendo republicanos y se levantaron con Soraya de Presidenta de la Generalitat. Manda cojones. 

Por ahora la insumisión ha quedado en nada. No es un logro del PP, al que, personalmente, debo responsabilizar, junto al PSC, de haber llegado a este punto de desencuentro entre gentes de un mismo territorio, tras años de un continuo desafío independentista, cuyo respaldo social iba en aumento.

Sin embargo, parece que los políticos de la DUI no estaban dispuestos a arriesgar a tanto tras el 155. ¿Por qué? Porque no saben lo que es la auténtica represión, lo que fue la leprosa deriva de un franquismo que esquilmó los derechos básicos de nuestros abuelos.

(O quizá: Porque han pactado. Porque, detrás de esta ópera bufa, hay un sometimiento a este liviano 155 a cambio de no ir a la cárcel. Me lo acaba de contar por teléfono la Luisi, una limpiadora del Parlament, que es amiga de mi madre de toda la vida).

A las preguntas que se hacen muchos periodistas independentistas, añadiría yo una fundamental, una pregunta que, en la película Psicosis, el comisario le formula desesperado al psiquiatra casi al final de la cinta: "Pero, bueno, ¿Y dónde está el dinero?"

¿Dónde está el dinero, Sr. Puigdemont? ¿Quién paga el Piolín, el 155 y la convocatoria de próximas elecciones? ¿Quién paga la DUI, Sr. Mas? ¿Quién? ¿Quiénes? Es verdad, la sombra del tres por ciento es demasiado alargada. 

Pues a estos, que no van a pagar el vodevil de "España nos roba", también los veré en El Hormiguero, tocando la guitarra y haciendo el paria con una cesta de huevos en la cabeza.

La estafa del independentismo; la política nacionalista como escenario virtual
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