El trilema cartagenero

Cartagena, Murcia. / Ramallo en Pixabay
Cartagena, Murcia. / Ramallo en Pixabay

Hace 40 años lo que importaba era crecer. Hoy las cosas han cambiado. La protección del medio ambiente forma parte de la política regional, nacional y de la europea.

El trilema cartagenero

El trilema de Rodrick, profesor de economía política de Harvard, también llamado trilema imposible, establece que no se puede conseguir al mismo tiempo la hiperglobalización económica, la democracia política y la soberanía nacional. Si se pretende hacerlo, una de las tres quedará debilitada.

En el caso de la región de Murcia y especialmente en el de la comarca del campo de Cartagena, los 3 elementos que no pueden convivir plenamente son la agricultura intensiva, el turismo de masas y el medio ambiente sostenible.

Con la reconversión industrial de los años 80 y 90, el tejido fabril de la región se diluyó. Las autoridades centraron su atención en la agricultura -el trasvase Tajo Segura llevaba ya años en funcionamiento- y en el turismo, menos desarrollado que en otras zonas del Mediterráneo, aunque la urbanización del mar Menor, próxima a Cartagena ya se había iniciado a comienzos de los años 60.

El resultado fue bueno. Murcia se convirtió en una de las principales “huertas” de Europa y el impulso turístico permitió una importante mejora de la situación económica. Sin embargo, no se procedió a una adecuada protección del medio ambiente, con las consecuencias bien conocidas y que tan amplia repercusión han tenido en los medios internacionales. Hace 40 años lo que importaba era crecer. Hoy las cosas han cambiado. La protección del medio ambiente forma parte de la política regional, nacional y de la europea.

El turismo va a pagar las consecuencias

En estas circunstancias el turismo va a pagar las consecuencias del imposible trilema cartagenero con las previsibles y necesarias limitaciones a su crecimiento indiscriminado.

La historia de Cartagena, como la de tantas ciudades, viene marcada por sus características geográficas, entre las que destaca la magnífica dársena amplia y protegida, con un clima benigno, que es el origen de la ciudad, que fue fundada por el cartaginés Asdrúbal. Su periodo de esplendor viene tras la conquista romana. Después pasaron vándalos, visigodos, bizantinos, árabes y castellanos.

Entró muy pronto en decadencia hasta la etapa de Carlos III, cuando es designada capital del departamento marítimo del Mediterráneo. La ciudad se fortifica, con la construcción de las murallas, el arsenal, los castillos y cuarteles. Luego de nuevo decae, como todo el país, pero el auge de la minería en la segunda mitad del siglo XIX estimula la industria y el comercio, tras el desastre de la revolución cantonal de 1.873. Es cuando Cartagena adquiere su actual fisonomía con sus interesantes edificios modernistas.

El espejismo industrial de la segunda mitad del XX duró poco.

Hoy intenta explotar sus activos arqueológicos, descubiertos recientemente y su magnífica gastronomía.

Es un destino ideal para cruceros. En general no hay más que uno, de tamaño medio al día con lo que los cruceristas se reparten fácilmente por el vecino centro histórico de la ciudad, muchos de ellos en grupos con su correspondiente guía, sin los problemas que surgen en otras ciudades cuando coinciden en sus calles miles de pasajeros. Este año se esperan unos 160 barcos que desembarcaran alrededor de 200.000 pasajeros.

En una jornada se pueden visitar los principales atractivos turísticos y también alguno de los numerosos bares y restaurantes para el obligado descanso.

Muchos la inician con la visita al Castillo de la Concepción desde el que se puede admirar un magnífico panorama y estudiar la historia local.

Es obligatoria la visita al teatro romano y luego el Barrio del Foro Romano, en el que destaca la colina del Molinete, que es el parque arqueológico urbano más grande de Europa. Los más interesados continúan con la Casa de la Fortuna o el Augusteum. Todo al aire libre.

Luego viene el paseo por la calle Mayor para admirar los edificios modernistas.

En el paseo Marítimo y frente al puerto deportivo, se encuentra el Museo Nacional de Arqueología Subacuática, alojado en un espacioso edificio. Cuenta con piezas halladas en el espacio costero de la ciudad desde hace 2.500 años. La exhibición es interesante pero no consigue atraer al público. La riqueza submarina de las zonas próximas, con numerosos pecios hace las delicias de los aficionados.

El otro segmento turístico en el que están interesadas las autoridades es el de Convenciones y Congresos para lo que cuentan con el magnífico Batel, Centro construido para atender a estos eventos, también frente al puerto.

 Algunos espaciosos patios de edificios defensivos rehabilitados permiten celebrar cenas y cocteles al aire libre la mayor parte del año, atendidos eficazmente por empresas especializadas locales. La principal limitación es el reducido número de habitaciones hoteleras adecuadas.

Los locales celebran con éxito el Carnaval, la Semana Santa y las fiestas de cartagineses y romanos.

La gastronomía local se basa en el pescado, base también del caldero del Mar Menor.  Los vinos de la vecina Jumilla han mejorado notablemente en los últimos años.

El escaso turismo internacional apuesta definitivamente por el Golf. Destaca La Manga Club, un resort con 3 campos de 18 hoyos, uno de los más prestigiosos de Europa, a 25 minutos en coche y vecino al mar Menor.

Las autoridades locales solicitan -como no- la llegada del VE y la construcción un Parador. Bienvenidos sean, pero dentro de un plan que ayude a resolver el trilema cartagenero. @mundiario

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