Núñez Feijóo, desde el burladero

Feijó simulando apagar incendios 2006./ RR.SS
Feijóo simulando apagar incendios en 2006./ RR SS
Con su afirmación sobre Sánchez e Indra, Feijóo viene a dar a entender que los presidentes del PP indujeron a Indra a hacer trampas en las elecciones que ganaron.
Núñez Feijóo, desde el burladero

Alberto Núñez Feijóo no tiene un proyecto, aunque tiene un propósito. Y no es que sea extraño -uno ha visto ya muchas cosas y muchas transacciones- que aún no haya habido ningún medio radicado en Madrid que lo haya comentado. Más bien es sintomático. Tal vez ese riego de algo más de un millón de euros que la Xunta de Galicia, según información del diario Público, hizo llegar en forma de inusual publicidad al terreno reseco y ávido de diversos medios madrileños encierra la explicación.

Y digo que es sintomático, porque en el tiempo que lleva al frente del Partido Popular -aparte de algunas serias confusiones de conceptos democráticos y económicos básicos, y de algún que otro error- aún no se le ha visto qué plan tiene previsto para España. Antes bien: ha dejado evidencias sobradas, a partir de contradicciones entre lo que dice y lo que hace, de que no tiene una línea definida.

Aunque tal vez su experiencia de pragmático empedernido le haya enseñado que lo que la gente tiende a seguir -por pereza de razonar, por dejarse llevar por la corriente, por miedo a significarse del resto de la masa- son los eslóganes de un marketing cuanto más deslavazado y salteado mejor: porque así, entre lema y lema, al brincar de un lado a otro de forma súbita, a nadie le da tiempo a pensar en el significado real y profundo que cada consigna contiene.

Lo que sí tiene es un propósito, que ya le ha dado resultado en Galicia: tratar de llegar al poder, a toda costa, y toreado siempre desde el burladero: es decir, sin arriesgar nada. Y decir obviedades con mucha solemnidad, mientras deja que su gente vaya moviendo ficha, incluso en movimientos contradictorios entre sí, o que supongan auténticas barbaridades. En una ceremonia de confusión que busca deteriorar al adversario, y medrar con el claro propósito de llegar a La Moncloa.

Se hizo el loco en Castilla y León, cuando si era cierto su talante moderado y liberal, lo más coherente -antes de pactar un gobierno con Vox- hubiera sido repetir elecciones. Él se quedó mirando al tendido como si aquello no entrara en el ámbito de su liderazgo sobre el PP, y permitió que la extrema derecha entrara a gobernar. A la vez no paró de hacer carantoñas a Díaz Ayuso, que no tuvo escrúpulo alguno en proclamar su sintonía y su aceptación del apoyo de la extrema derecha.

Se presentó en La Moncloa, en su primera ceremonia pública, con la propuesta de bajar los impuestos, mientras criticaba el endeudamiento público y se atrevía a decir que España estaba en la ruina, y no quiso ni siquiera comentar las once propuestas que le hizo el presidente del Gobierno. Pero si estábamos en la ruina ¿para qué bajar los impuestos?

No sólo permite, sino apoya (aunque sea a través de su portavoz Gamarra) el propósito de Ayuso de dar becas para colegios privados a hijos de familias de rentas de más de 100.000 euros. Un propósito que roza -si no es que se mete de patas en ella- la prevaricación: el acto de “una autoridad que adopta una resolución arbitraria, a sabiendas de su injusticia”, según el artículo 404 del Código Penal. Y es injusta porque en una Comunidad como la de Madrid, con un millón de personas en riesgo de pobreza, dar becas a los hijos de los ricos a costa de los hijos de los pobres es una arbitrariedad que ahonda la desigualdad y profana la igualdad de oportunidades.

Y no vale que nadie diga que la beca va ligada a los méritos -que lo está- cuando siempre se ha entendido, y en la página del Ministerio de Educación y Formación Profesional queda claro, que uno de los criterios para obtener una beca, aparte de los méritos, es el de la renta familiar.

Llegó Feijóo a Madrid blandiendo el estandarte del diálogo, y a la primera de cambio se negó -y lo sigue haciendo- a cumplir la Constitución en lo tocante a la renovación obligada del Consejo General del Poder Judicial. Manteniendo la rebeldía de su antecesor frente a ser un partido constitucional.

Y da lo mismo que su candidato haya ganado las elecciones en Andalucía: eso no le da derecho a hacer de su capa un sayo en el cumplimiento de los deberes democráticos. Porque si por ganar en una autonomía se envalentona y se salta la Constitución, miedo tiene que darnos de lo que sería capaz de hacer si ganara las elecciones generales: a algunos nos hace recordar que hubo regímenes autoritarios que se instituyeron desde el poder conseguido a partir de unas elecciones: y fue una tragedia histórica.

Y nos hace recordar que el que fuera líder de su mismo partido, y en cuyos gobiernos él tuvo responsabilidades públicas, nos metió en una guerra ilegal como la de Iraq, que históricamente se ha demostrado como una catástrofe humanitaria.

Pero es que ahora está yendo más lejos -aunque siempre toreando desde el burladero- al suscitar determinadas dudas sobre el funcionamiento controlado de nuestra democracia. Afirma, por ejemplo, que porque una empresa con participación pública, como Indra, reciba apoyos económicos, está siendo “comprada” para hacer trampa con los datos electorales. E incurre en una falsedad de ignorante cuando afirma que “los votos los cuenta Indra”, devaluando nuestra propia Democracia, que tiene organizado y sistematizado que los votos los cuentan las mesas electorales, con sus presidentes y sus vocales, y bajo la presencia de los interventores de los diferentes partidos.

Pero el eslogan ya está lanzado, olvidando que en las elecciones que ganó el PP también intervino Indra para canalizar la información de los votos contados y recontados por las mesas electorales. Y con su afirmación viene a dar a entender que los presidentes del PP indujeron a Indra a hacer trampas: recuerden aquello de que “el ladrón cree que todos son de su misma condición”.

Tal cúmulo de torpezas en los pocos meses que lleva al frente del Partido Popular nos hace pensar que Núñez Feijóo carece de un proyecto concreto para España, y que por eso enreda la madeja en un acto de disimular su propia carencia. Pero también nos lleva a pensar que, por una parte, pretende torear desde el burladero, sin arriesgar a que los ciudadanos españoles lo conozcan de verdad, y por otra, intenta generar una ceremonia de la confusión, sembrando sospechas y lanzando consignas y eslóganes simplistas, que pretenden convertir a los ciudadanos en masas sin criterio. Porque, al no tener propuesta sobre la que reflexionar, prefiere jugar la baza de que los españoles acudan a votar sin haber pensado y ponderado las consecuencias de su voto.

En Galicia ya lo hizo en dos campañas electorales: en una prometió una bajada del impuesto autonómico, que a los cinco días de llegar al Gobierno decidió que no era conveniente. En otra prometió, y llegó a firmar, un acuerdo con Pemex para dar carga de trabajo y salvar Astilleros Barrera: la carga de trabajo no vino, y Astilleros Barrera hoy está en situación concursal, con una deuda de 104 millones de euros.

Y se empeñó en fusionar las dos cajas gallegas, con un rescate de 9.178 millones de euros públicos, de los que sólo recuperó poco más de 1.000 con su venta, que Banesco amortizó con los beneficios de menos de tres ejercicios de Abanca. Y todo ello basado en una supuesta falsa auditoría de KPMG, que Feijóo aún tiene guardada, y que no ha sido capaz de presentar ante el Parlamento de Galicia.

Ante semejantes precedentes, algún clásico nos diría aquello de “cuidadín, cuidadín”, que no es oro todo lo que reluce desde la Génova de Núñez Feijóo, ni siquiera con los apoyos económico-publicitarios aportados por la Xunta de Galicia. @mundiario

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