El nacionalismo catalán se divide sin abandonar el maximalismo

Diada. / Mundiario
Diada. / Mundiario

Populismo, polarización y posverdad están cada vez más frecuentes en la política de las democracias liberales.

El nacionalismo catalán se divide sin abandonar el maximalismo

La fiesta oficial catalana del 11 de septiembre ha evidenciado públicamente la ruptura del antaño unitario bloque nacionalista. El Presidente de la Generalitat y todos los dirigentes de su partido, ERC, no han participado en la tradicional manifestación ciudadana, acusando a los promotores de manifestarse contra ellos y no contra el Estado español. Suena ridículo que quien lo afirme, Pere Aragonés, sea el mismo que ha aceptado normalizar las relaciones con el Gobierno central y para justificarse espera que de ese proceso, llamado mesa de diálogo, surja un nuevo referéndum para la independencia catalana, la amnistía para los políticos condenados y una modificación del Código Penal por si algún día deciden repetir el intento secesionista.

No es menos impostura que su socio de Gobierno, JxCat, se manifieste contra ese Gobierno autonómico mientras su candidata a presidirlo y hasta ahora Presidenta del Parlamento catalán se niega a acatar la ley y apartarse por estar inmersa en un procedimiento judicial por presunta corrupción. Toda la ficción de la política catalana de la última década, el camino hacia la independencia, se ha desmoronado aunque sus impulsores se nieguen a aceptarlo públicamente. A fin de cuentas viven de ello.

Un conocido analista, Moisés Naím, explica en un libro reciente (La revancha de los poderosos. Cómo los autócratas están reinventando la política en el siglo XXI) el surgimiento de nuevas autocracias basadas en las 3p: populismo, polarización y posverdad. Tres tendencias que en mayor o menor grado están ya presentes en la política de todos los países. El nacionalismo las aplica con generosidad. Desde la agitación de la calle contra un enemigo externo, identificado con el Gobierno Central, Madrid u otros seudónimos, hasta la división social entre un “nosotros” nacionalista, identificado principalmente por la lengua y un “los otros” condenado al ostracismo social, desde la escuela monolingüe hasta la Administración y sus generosas ubres reservadas a los propios. Y con el uso abundante de la posverdad plasmada en consignas tan simples como falsas, por ejemplo “España nos roba”.

El imaginario nacionalista inventa así un país, lo hegemoniza durante décadas y lo vivifica con mitos y símbolos de los que la Diada es uno de los más visibles. El declive de manifestantes en lo que nunca fue un acto cívico, sino un acto político, apunta al reconocimiento social de que la mixtificación ha llegado a su fin por falta de credibilidad. Pero no de apoyo social a los partidos nacionalistas que sumados suponen la mayoría electoral. La consecuencia política podría ser un nuevo Gobierno catalán entre ERC, el PSC y En Común o bien un Gobierno minoritario de ERC hasta la convocatoria de nuevas elecciones.

Las tensiones entre las facciones nacionalistas se resuelven en la huida hacia adelante. En el País Vasco, el PNV contempla la posible hegemonía de Bildu, siempre de la mano de los socialistas vascos. En consecuencia reclama nuevas transferencias y resucita elementos del imaginario nacionalista como las selecciones deportivas propias para la competición internacional, a lo que el Partido socialista accede.

Fuera de nuestras fronteras los mismos rasgos citados por Naim los vemos en las elecciones de Suecia o en las tendencias electorales de Italia. La simplificación de los problemas que establece el populismo, aliada con la posverdad que difunden sobre todo las redes sociales, empuja a la polarización de la sociedad ante asuntos percibidos emocionalmente antes que racionalmente, como son la inmigración, el deterioro del nivel de vida o las menguantes oportunidades para los jóvenes y los menos cualificados. El clasismo regresa sutilmente de forma que los orígenes sociales están siendo predictores de las posibilidades de promoción de las nuevas generaciones.

El libro citado identifica varios rasgos comunes a los regímenes autocráticos. Entre ellos la subordinación de la Justicia, terminando con la división de poderes, como ha acontecido en Polonia. Otro muy común es el uso de facultades extraordinarias para legislar al margen de los procedimientos establecidos, como es el abuso de legislación especial o la restricción de libertades practicada por ejemplo durante la pandemia, a la que se sumaron la mayoría de las democracias liberales.

La creciente expansión de los movimientos políticos iliberales y su arraigo en Europa deberían forzar a cambios en los procedimientos del debate político, al reforzamiento de las instituciones y a la confrontación de modelos. No parece que ese sea el camino actual por lo que los resultados de Italia y Suecia no deberían sorprendernos. Donde claudica la política racional la irracional o emocional ocupa el espacio. @mundiario

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