La hora dorada

Grecia. Atlantios en Pixabay
Grecia. / Atlantios en Pixabay

 ¿Qué es la hora dorada? ¿Qué es lo que tiene el dorado para seducirnos tanto? El dorado remite al oro, el metal precioso por excelencia. Y nos recuerda también  al oro de nuestra niñez.

Leyendo la revista Harper's Bazaar de este mes, estaba pensando escribir un artículo concreto, -que dejaré para otra ocasión- cuando al pasar perezosamente las páginas de la revista me llamó poderosamente la atención un titulo. La hora dorada, decía, un artículo relativo a un viaje a Grecia. Bajo el subtítulo Evasión, parece que los viajes suelen concebirse como eso: una evasión, una interrupción momentánea de nuestras vidas, para volver luego a nuestra rutina, gris.

Cuando somos niños todo nos entusiasma. Todas o casi todas las horas de nuestro día son doradas. Casi todos los niños- al menos cuando viven en un entorno amable- tienen una predisposición -para ver el dorado- pasmosa. Como si la paleta de colores se detuviera en la gama del dorado. Amarillo claro, dorado intenso, mostaza… Escuchamos las risas de los niños, y aunque las escuchemos a lo lejos, en la distancia, una sonrisa se apunta en nuestros labios, recordando nuestra propia risa infantil, nuestro dorado del pasado, un  dorado envejecido, empolvado por el paso del tiempo.

Buscamos en nuestra vida un paréntesis, algo que nos recuerde una infancia primigenia llena de luz y color. De risas. La articulista describe su estancia en un entorno idílico en una idílica villa griega. Ocho personas, cuatro adultos y cuatro niños. Leyendo una obra mitológica la narradora de este periplo, se relaja con su hija a su lado; al cabo de un rato, la niña le pregunta: ¿Pan, el Pastor, sigue por aquí?

Y claro que sigue por allí. Solo hay que dejar volar la imaginación. Alrededor de la villa de Zante donde trascurre la hora dorada según este artículo “los ritmos diarios los marca la naturaleza, desde el canto matutino de los pájaros que nos alegra los oídos al despertar hasta la creciente luna que brilla cada noche”, los cuatro adultos y los cuatro niños, amenizan sus veladas con comidas que despiertan los sentidos a todo paladar agradecido -el mío lo es- ¿cómo no rendirse a las sardinas, las “gambas de color rosa coral recién salidas de la parrilla, las doradas, berenjenas y alcachofas bañadas en mantequilla de ajo, acompañadas de Retsina, el vino local. Con placer maquiavélico la articulista sigue intercalando otros manjares igual o más apetitosos: “pan de ajo y feta placer secreto: (batido y luego cubierto de miel)”, pero como siempre, los niños están más dispuestos a verse privados de este tipo de festines para celebrar otros placeres más intensos: los piratas y sus tesoros encantados… Un lugareño les lleva hasta un naufragio en una playa, para “explicar la oxidada estructura que fue con anterioridad el navío griego Panagiotis.” Dos de las niñas están “encantadas ante la idea de que aquí pueda haber piratas y tesoros…”

 La narradora de la Hora dorada finaliza diciendo que “Los cuatro adultos no podemos evitar darnos cuenta de lo especial que es este viaje. Los más pequeños han disfrutado de muchas cosas por primera vez esta semana, ya sea un primer chapuzón en el mar, o la visión de las constelaciones por la noche, pero a nosotros nos ha ofrecido una sensación de libertad y una convivencia que nos había quitado la pandemia…” Pero ¿es eso así...? ¿El Covid ha supuesto la pérdida de libertad o la ha revalorizado…? ¿No será más bien que la pandemia ha puesto de relieve nuestras dificultades para disfrutar de la vida, de las pequeñas cosas? Solo cuando las perdemos, las cosas significativas cobran toda su importancia. 

Mientras escribía este artículo mi vecino de arriba gritaba un estentóreo gol, su hora dorada está siendo en este momento. La intensidad con la que jalea a su equipo ( debería ser el mío- quizá-, pero nunca he sido forofa del Dépor, ni tampoco del fútbol) y su entusiasmo me recuerda el alegre bullicio de los niños. Coreando a mi animoso vecino mucho más a lo lejos se escuchan voces- deduzco-  desde  el estadio, no tan lejos como para que no se escuche, casi tan fuerte como se anticipaba. En torno a la plaza de Pontevedra varias horas antes del partido se veían infinidad de hinchas con banderas, vestidos con los colores característicos, aunque en la distancia pareciese una argamasa de blancos y azules, eso sí: llenos de dorado. La dorada alegría.

Investigando sobre la hora dorada vino a mi mente un recuerdo. Un fotógrafo -que me sacó unas fotos preciosas en Santa Cristina hace unos años- me habló de esa hora, también llamada hora mágica, y en algunos casos hora azul. Con similitudes claras, pese a no ser del todo coincidentes, frente a la hora mágica y la hora azul,  la hora dorada es la que se da justo después del amanecer o antes de la puesta de sol;  el ángulo que el sol marca con el horizonte, determina la calidad de la luz; una luz más amable: una luz templada, a medio camino entre la luz azul ( alta temperatura) y luz roja ( baja temperatura) Esto puede sorprendernos, pues asociamos el rojo al calor y el azul al frio; la hora dorada proporciona una luz difusa, más uniforme y es una luz direccional, con sombras más largas y suaves.

También existe la hora de oro en un accidente de tráfico y es la hora inmediatamente posterior al accidente, donde “ si un lesionado grave es atendido por los servicios de emergencias y trasladado al centro sanitario dentro de ese período, su esperanza de vida aumenta drásticamente” El doctor Adam Cowley en una entrevista en 1960 dijo: “ hay una hora de oro entre la vida y la muerte. Si estás gravemente lesionado tienes menos de sesenta minutos para sobrevivir Puedes no morir entonces, pero lo puedes hacer tres días o dos semanas después, porque ha ocurrido algo en tu cuerpo que es irreparable ” Las palabras de este doctor debieron ser consecuencia de su amplia experiencia en ese campo. Nacido en 1917 y fallecido en 1991 " fue un cirujano estadounidense considerado un pionero en la medicina de emergencia y el tratamiento del traumatismo por choque" por lo que fue " llamado el padre de la medicina del trauma".

El instinto de supervivencia en la especie humana es innato, y quizás en ese momento -cuando la posibilidad de la muerte acecha- nos demos cuenta de que la hora dorada está en la Vida misma, no en una hora concreta. En nuestro día a día se suceden varias horas doradas y a veces no nos percatamos de ellas. Pero el sol sigue ahí. En mi libro Palabras luminosas para tiempos inciertos dedico un epígrafe específico al sol, y lo titulo: La estrella más cálida; aprovechando que se acerca el verano y podemos disfrutar de más horas de sol, intentemos interiorizar su simbolismo.  Con ese fin transcribo algunas frases del citado epígrafe:

"Después de comer decides salir a dar un paseo porque sí, para celebrar la vida y de paso, la existencia del sol (…) El sol te eleva, te anima, representa el oro de tu presente, fuego, luz, calor… Incluso amor. (...) Afortunada imagen que induce en tu mente recuerdos de veranos llenos de luz, y te invita a imaginar nuevos veranos teñidos, en tecnicolor. Siempre que tengas dudas vuelve a esta visión, regresa al poder del sol."

Fuentes consultadas: además de la revista citada, en relación con la fotografía, las características de la hora dorada ( templada, difusa, direccional) extraídas de la página web https://es.digitaltrends.com: " Cuándo es la hora dorada para fotografía( y qué aporta a tus fotos) Para la hora dorada en un accidente de tráfico: la https:fundacionmapfre.org ¿Qué es la hora de oro en un siniestro de tráfico? Las palabras del doctor Adams Cowley de la http://es.paperblog.com( Dr Adams Cowley" La hora de Oro" Paperblog. Y la brevísima aproximación a su figura- desconocida para mí- sacada de la Wikipedia. @mundiario

Comentarios