¿Infocracia en México?

Infocracia en México. / Mundiario
Infocracia en México. / Mundiario
La información y su procesamiento mediante algoritmos, sumado a la inteligencia artificial, determinan de manera decisiva los procesos sociales, económicos y políticos actuales.
¿Infocracia en México?

Con la palabra infocracia se trata de nombrar algunas deformaciones que las redes sociales generan en la vida de una democracia. En su texto de 2021, Infocracia. La digitalización y la crisis de la democracia, Byung-Chul Han señala que la información y su procesamiento mediante algoritmos, sumado a la inteligencia artificial, determinan de manera decisiva los procesos sociales, económicos y políticos actuales. En su opinión, las personas son reducidas a datos, a perfiles y a potenciales consumidores de otros datos, sin necesidad de conocer su realidad off line. Sin duda, es una provocación exagerada, pero tiene el mérito de llamar la atención sobre el impacto político de las redes sociales. 

El fondo del asunto es medir el grado de influencia de las redes sociales en la generación o degeneración de la opinión pública. Recordemos que la base de toda democracia es la participación de la ciudadanía en la elección de los gobernantes que está determinada, justamente, por la percepción y evaluación pública que prevalece sobre instituciones y actores políticos. Hace varios siglos, con el surgimiento y socialización de los periódicos nació la posibilidad de contar con una fuente confiable de información sobre los problemas y oportunidades de la comunidad para hacerse de un juicio público, relativamente razonable, sobre el rumbo y las decisiones colectivas más convenientes para todos. 

Justamente por constituir la fuente principal de información de los asuntos que conciernen a la comunidad, los medios de comunicación son la piedra angular de todo régimen democrático. Por ello, la consolidación o degradación de toda democracia depende de la existencia de medios de comunicación medianamente objetivos, con filias y fobias declaradas, como Fox News con el Partido Conservador de E.U., y de que el ecosistema mediático refleje lo mejor posible la pluralidad y diversidad de la sociedad en que se despliega. 

Este modelo tiene sus claros obscuros, sobre todo, con la irrupción y desarrollo de nuevos medios de comunicación. La esperanza democrática surgió con los diarios porque daban oportunidad de conocer y ponderar con detenimiento información publicada. Claro, también han publicado información deliberadamente parcial, como sucede en los periodos de guerra. La radio contribuyó a expandir el optimismo democrático basado en una opinión pública informada.

La preocupación por la ventajosa injerencia de los medios en las democracias se generó con el predominio de la televisión. En 1995, el francés Alan Minc publicó La borrachera democrática: en nuevo poder de la opinión pública en el que explicó algunas de las deformaciones causadas por los medios al usurpar la representación de la opinión pública, al sustituir a los partidos en la gestión política y al incidir en la opinión pública con la invención o la manipulación de noticias imposibles de desmentir. Acuñó el concepto de mediocracia para identificar este fenómeno. 

Un par de años después, en 1997 Giovanni Sartori en su Homo videns: la sociedad teledirigida apuntó que la televisión desplaza nuestra capacidad de concentración y reflexión al sustituir la racionalidad basada en conceptos abstractos por el predominio de la imagen como equivalente a la verdad: creo en lo que veo. Por esta característica la televisión es capaz de dirigir la sociedad al poder construir corrientes mayoritarias de opinión pública prácticamente al gusto del cliente, sin importar el grado de veracidad de la información que difunden. La película de 1997 Wag de Dog, cuyo título se tradujo como Escándalo en la Casa Blanca, da cuenta de este fenómeno. Mismo que comprobamos en México con la dramatización que en 2005 produjo Televisa del caso de Florance Cassez. Es innegable que en México la sociedad teledirigida definió tres sexenios consecutivos. 

Con las redes sociales surge la preocupación por la infocracia, en primer lugar, porque la posibilidad inventar noticias falsas, fake news, o parciales es prácticamente infinita pues dejó de ser monopolio de unos cuantos dueños de grandes medios, -Reporteros Sin Fronteras señala que en México 11 familias son las dueñas de los principales consorcios mediáticos-, para estar al alcance de cualquier persona que sepa usar su smartphone para editar sonidos, fotos, videos o textos.  

En segundo lugar, en la infocracia los algoritmos tienden a encerrarnos en nuestras propias filias, fobias, miedos, aficiones o afecciones. Es decir, con nuestros perfiles y hábitos de consulta de nuestras redes sociales construyen un universo informativo autorreferencial en el que solo escuchamos el eco de nuestra propia voz y en el que podemos suprimir con un clic cualquier opinión o información discordante con la nuestra. La diversidad social se diluye en una fragmentación de individuos y la verdad se transmuta en postverdad en la que no hay ningún grado de confiabilidad en la información, pues la fuente original puede ser un meme o una fake news elaboradas con aviesa intencionalidad política o con ingeniosa ingenuidad. Para el caso los efectos son los mismos, pues en la infocracia se construyen corrientes de opinión basados en fuentes de información poco confiables y con ejércitos de troles o perfiles falsos que generan tendencias.

En el 2018 experimentamos el efecto de las benditas redes sociales al abrir nuevos canales de distribución de contenidos informativos que promovieron la generación de corrientes de opinión pública diferentes a las promovidas por los medios predominantes. En México apenas empezamos a atisbar algunas distorsiones causadas por la infocracia, pues aún queda un buen trecho para el crecimiento y expansión de las redes sociales. Así lo señalan los hallazgos del Reuters Institute for the Study of Journalism de la University of Oxford pues según su Informe de Noticias Digitales 2022 solo en el caso de Facebook más de la mitad de sus usuarios, el 61%, lo utiliza para enterarse de las noticias. En las otras redes el interés de sus respectivos usuarios por las noticias es reducido: 37% en YouTube; 30% en WhatsApp; 16% en Twitter; 14% en Instagram, y 11% en TikTok. Vamos a ver qué tanto crece el interés noticioso para el 24 y con ello la potencia de las redes sociales, para bien y para mal. A nivel internacional seguramente continuara el debate para regular las redes sociales y neutralizar los efectos nocivos que hipotéticamente ocasiona la infocracia. Por el momento, habrá que esperar. @mundiario

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