Los incendiarios siguen ahí

Un incendio forestal. / Pixabay
Un incendio forestal. / Pixabay
Los investigadores policiales disponen de cada vez más recursos, incluyendo sofisticada tecnología. Los incendiarios lo saben.
Los incendiarios siguen ahí

Pues claro que siguen ahí, campando por sus respetos. Hacen bien las autoridades en no bajar la guardia, del mismo modo que sería conveniente que los ciudadanos nos mantuviéramos alerta, porque los incendiarios no cejan en su empeño destructor. Están actuando de nuevo. Ya se han localizado restos de artilugios, algunos rudimentarios pero eficaces, con los que se prende fuego al monte a sabiendas de que provocarán serios daños, poniendo incluso en peligro a muchas personas, y que destruirán sus propiedades, tanto viviendas como medios de vida, además de generar un grave impacto ambiental.

Los investigadores policiales disponen de cada vez más recursos, incluyendo sofisticada tecnología. Los incendiarios lo saben. El conocimiento del medio y de cómo operan los dispositivos de extinción, junto a la complicidad por pasiva de sus convecinos, les permite calibrar los riesgos y actuar con cierta impunidad. Impensable pillarles in fraganti; muy difícil identificarlos y casi imposible reunir pruebas que los inculpen. 

Los grandes incendios forestales de Valdeorras y O Courel, de una magnitud sin precedentes, tuvieron su origen en fenómenos naturales. Hay abundantes testigos que dan fe de ello. Fueron provocados por los rayos de unas excepcionales tormentas secas, con gran aparato eléctrico, que descargaron sobre determinadas zonas montañosas de las provincias de Ourense y Lugo.

Las condiciones climatológicas propiciaron que el fuego se propagara vertiginosamente con un efecto devastador de miles y miles de hectáreas. Los operativos que los combatieron poco más podían hacer que proteger algunos núcleos de población. En otros casos, sin embargo, resultó imposible ante el avance imparable de unas llamas gigantescas, capaces de salvar los escasos cortafuegos y de cruzar ríos, y que durante días convirtieron aquellos parajes en un auténtico infierno. El tópico del espectáculo dantesco venía esta vez como anillo al dedo.

Prevenir es la clave

De nada sirven las campañas de sensibilización, menos aún los llamamientos de las autoridades a la responsabilidad civíca. Quienes tienen la intención de quemar el monte no se arredran ni siquiera ante la posibilidad de sufrir los rigores del Código Penal y de una legislación cada vez más dura con la delincuencia medioambiental. Saben que al prender el fuego cometen no uno, sino varios delitos graves. Pero en algunos casos les mueve el puro afán de hacer daño, en otros el propósito de causar perjuicios o la intención de obtener un beneficio para sus intereses particulares. Para ello provocan incendios cuando y donde pueden, no uno, sino dos o tres a la vez para dificultar, cuando no imposibilitar, la tarea del operativo que ha de extinguirlos. Con menos miramientos se andan los pirómanos, cuyo trastorno siquíco les impide controlar el impulso destructivo.

Los responsables policiales, la fiscalía y hasta varias comisiones parlamentarias concluyeron hace tiempo que los montes gallegos no los queman bandas organizadas, sino individuos que actúan por separado, cada uno por su lado, y que, eso sí, pueden coincidir en su estrategia y en la elección del momento, cuando más fácil resulta que se propaguen las llamas y más complicado puede resultar combatirlas. Se descarta de plano el "terrorismo incendiario", así como la intencionalidad política de quienes queman el monte. No hay pruebas, solo suposiciones y teorías conspiranoícas. Pero los incendiarios siguen ahí. No nacen. Se hacen y se reproducen. No se rehabilitan ni cuando se les pena. Por lo general reinciden. Por ese lado hay poco que hacer. Prevenir es la clave. Un monte productivo, un entorno rural vivo (que sea algo más que un parque temático para disfrute de los urbanitas), una política forestal adecuada que genere y reparta riqueza... y que nos creamos de verdad aquello de que cuando el bosque se quema, algo nuestro se quema: presente y futuro se convierten en cenizas y humo. @mundiario

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