Horacio contra el dios mercado

El juramento del juego de la pelota. Jacques Louis David
El juramento del juego de la pelota. / Jacques Louis David
Yo creo, junto con el lírico romano, que ningún extremo es bueno. Creo en lo saludable que puede ser el empequeñecimiento del Estado, pero no en su desaparición. Creo en la iniciativa privada irrestricta, pero no en su exclusiva presencia. 
Horacio contra el dios mercado

Una de las cosas más sabias que leí en toda mi vida hasta ahora estuvo en mis lecturas de la Facultad de Filología de la Universidad de Salamanca: la oda décima de Horacio dedicada a Licinio, en la que el poeta romano aconseja pararse siempre en un término medio para enfrentar las contingencias de la vida. Una idea que en realidad ya había aparecido en el Gorgias platónico y en la Ética nicomáquea de Aristóteles. Es que en verdad es el término medio (no confundirlo con la pusilanimidad o la cobardía) la posición más razonable, si no perfecta, ante los desafíos perpetuos de la vida. En una palabra: prudencia; según Franz Tamayo, “el miedo sabio”.

Me enorgullezco de haber sido desde muy joven ajeno al izquierdismo, ideología que, además de suprimir el alma y la libertad humanas porque vuelve al hombre un autómata frío, apuesta por un Estado casi omnímodo que lo prevea y planifique todo. Pero así como siento orgullo por eso, también lo siento por haberme mantenido lejos del otro radicalismo que parece haber brotado en otros sectores sociales debido en gran medida a la emergencia de las corrientes izquierdistas en la praxis política: el libertarismo a ultranza, muy próximo al anarquismo (o directamente su sinónimo).

Ser liberal, como yo soy, es mucho más que apostar por el libre mercado —aunque no en todas las circunstancias—; es una doctrina de principios éticos, es en principio y fundamentalmente ser crítico, y la mayor prueba de la posesión de esta virtud es tener la capacidad de ponerla en práctica con uno mismo. Ocurre, sin embargo, que en nuestro tiempo muchos de los que están en la vereda opuesta a la de los socialistas dicen ser liberales, cuando solamente demuestran un radicalismo enceguecido que gira en torno al endiosamiento no ya de las libertades humanas, sino del mercado libre y los supuestos beneficios que éste brindaría.

Estos libertarios, que podría decirse son la degeneración o la versión exagerada de los liberales, han aprendido —al igual que sus enemigos los socialistas— a ver el mundo en dualidades y siempre en términos económicos: centralismo aberrante/descentralización sagrada, planificación malévola/iniciativa espontánea y privada salvadora, y así con un largo etcétera. Pero ocurre, creo, que en el mundo en que vivimos, complejo y contradictorio desde siempre, las controversias sociales no se resolverían dando rienda suelta a aquella mano invisible de la que habla Adam Smith en su Riqueza de las naciones. De hecho, los libertarios radicales conocen poco de lo que pretendía Smith (profesor de ética y no de economía en la universidad, y muy preocupado por las clases pobres, dicho sea de paso). Temo que muchos problemas sociales no podrían ser resueltos por el mercado furiosamente libre, sino solamente por una mano rectora procedente del Estado. Un ejemplo: las rentas que perciben los adultos mayores y los jubilados no podrían ser otorgadas por una entidad privada que velase solamente por su lucro como empresa. Por otra parte, la iniciativa privada es muy buena para ciertas cosas, pero no para ciertas otras. Delegar a lo privado la resolución de todos los problemas existentes en la sociedad —muchos de ellos no económicos— sería ingenuo.

Yo creo, junto con el lírico romano, que ningún extremo es bueno. Creo en lo saludable que puede ser el empequeñecimiento del Estado, pero no en su desaparición. Creo en la iniciativa privada irrestricta, pero no en su exclusiva presencia. Y creo, finalmente, en la economía libre, pero no en que ésta resolverá per se todos los problemas que padecemos como sociedad. Por el sencillo motivo de que el ser humano, así como es individuo, es también parte pequeña de un conglomerado grande e interconectado sin el cual no podría ser. Por eso un ente público, aunque pequeño, es necesario y lo será siempre.

Estoy seguro de que algunas personas a las que aludo en esta crítica se sentirán ofendidas e incomodadas, y eso será muestra palmaria de que no poseen un espíritu abierto a la crítica, base fundamental de la libertad y el progreso según Popper, pues a todo esto se debe añadir que, en cuestiones actitudinales, los libertarios radicales padecen el mismo vicio de los socialistas: la intolerancia. En último término, ambos sectores degeneran en populismo. Por lo demás, si hoy recibo críticas por parte de izquierdistas y mañana por parte de libertarios radicales, eso me dice que voy en el camino correcto. Justamente aquél que aconseja la lira de Horacio: aurea mediocritas. @mundiario

 

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