Esencia Americana: para un liberalismo endógeno

Puños, símbolos de las izquierdas. / Pixabay
Puños, símbolos de las izquierdas. / Pixabay
En el pensamiento de los clásicos de la política están las líneas maestras, pero a ellas se deben añadir variantes y matizaciones fruto de nuestra propia realidad.
Esencia Americana: para un liberalismo endógeno

Derecha, izquierda. Ambas etiquetas, tal como se originaron en el Viejo Continente, quedan cortas para explicar la heterogeneidad de las masas que habitan este pueblo —todavía niño, en palabras de José Enrique Rodó— que habita la América conquistada por la península ibérica. La derecha (entendida como el librecambio y el conservadurismo a la europea) y la izquierda (en su dogma materialista y su dialéctica de obrero/capitalista), en rigor, nunca fueron llevadas a la práctica política de ésta nuestra América que, aunque mestizada con los patrones del occidente matemático y lógico, se mueve al ritmo de un compás diferente al de los pueblos que están al otro lado del Atlántico.

Fallan los intelectuales que la tratan de explicarla mirándola bajo el lente de los teóricos —clásicos y modernos— que pensaron la política como ésta era o era anhelada en Europa. Si bien los procesos de hibridación étnica, como muestran historiadores como Toynbee o Spengler, tocaron ya casi todos los confines del planeta, ningún lugar como América Latina presenta tal variación y heterogeneidad sociales que, fuera de disparidad no solo material sino de religiones y creencias, significan probablemente que éste sea el lugar más difícil de gobernar y entender.

Y es en este punto en que creo que, así como el izquierdismo puro y dogmático tal como lo pensaron y crearon sus padres es insuficiente para comprender o leer la historia social y política latinoamericana, el liberalismo clásico, tal como está en los textos de los liberales europeos, es insuficiente para la creación de una política que responda a las necesidades latinoamericanas.

Con esto, no me refiero a que se deba creer en una mística del suelo que hace única la tierra, ni en el alma de los montes de la serranía occidental que hace diferente a los seres vivos que moran en sus concavidades y sus despeñaderos, sino sencillamente a la consciencia que debemos tener de nuestra complejidad social y sus necesidades, las cuales no serán satisfechas con las recetas clásicas de importación europea. Ahí, en el pensamiento de los clásicos de la política, están las líneas maestras, sí, pero a ellas se deben añadir variantes y matizaciones fruto de nuestra propia realidad y nuestro propio esfuerzo intelectivo.

El 22 de marzo de 1926, un casi quincuagenario Tamayo le escribía al joven filósofo costarricense Moisés Vincenzi Pacheco, desde La Paz hasta San José; la extensa misiva, publicada unas semanas después a fines de mayo, en matutino El Diario —que en realidad es una respuesta a una encuesta que había realizado Vincenzi a varios escritores latinoamericanos—, titula “La raza americana”. En ella, el poeta y político paceño le manifiesta al pensador y hombre de letras josefino lo que él creía acerca del hombre americano, fruto directo de la tierra: el genuis loci. Eran las aguas, el aire, la comida, las plantas y los montes americanos, y no otra cosa, los que modelaban la energía creadora y la fuerza del hombre americano… (Esta carta fue recopilada luego por Mariano Baptista en el libro Mi silencio es más que el mar que canta, publicado en 1995).

Ahora bien, si juzgamos estas consideraciones con las herramientas de la ciencia política y la economía actuales, sabemos que en ellas hay algo —o mucho— de irracionalismo y voluntarismo nietzscheanos y aun de darwinismo social (incluso en la carta se cita a Spengler y la Pedagogía nacional, publicada hacía más de quince años), herramientas intelectuales caídas en la invalidez científica por el saber contemporáneo. Pero lo que creo que sigue siendo cierto es que el medio forma al hombre en cuanto a los rudimentos intelectuales y prácticos de su propia comprensión respecto al medio en el que vive. Es por eso, por ejemplo, que la doctrina marxista ha sido y es muy difícil de ser traída a la práctica política latinoamericana; ya en el campo teórico, sus intelectuales violentan su esencia para acomodarla a como dé lugar en los principios de las ideologías nativas (como el indianismo), cuya filosofía no es, en absoluto, materialista ni atea.

En el caso de Bolivia, hasta éste nuestro siglo XXI, se hace patente una realidad que disocia las ideologías importadas y la realidad compleja que no ha sido respondida por aquéllas. Verbigracia, es por ello que, guste o no, a diferencia del trotskismo o el socialismo moderado, el nacionalismo revolucionario —ideología nacida del medio propio— tuvo éxito y fue, pese a las críticas que se le pueda hacer, una ideología genuinamente boliviana y, por tanto, con un sentido histórico de país.

Ya hablando con miras al futuro, los liberales queremos una Bolivia liberal…; pero hay que entender que un liberalismo clásico quedaría insuficiente para resolver las controversias económicas y sociales (como ya quedó demostrado). Los liberalismos bolivianos aplicados hasta ahora, vale decir el de inicios del siglo XX y el de fines de la misma centuria, no llegaron a incluir a las masas históricamente relegadas de la cosa pública y la vida cultural, y en buena medida se debe a ello su fracaso y decadencia.

En Bolivia —como en muchas partes de Latinoamérica— se necesita un liberalismo endógeno que combine los principios doctrinales de la libertad individual, elemento ontológico irrenunciable, con algunas de las lógicas económicas y mercantiles heredadas de los ancestros (lógicas capitalistas pero, al mismo tiempo, con una esencia comunitaria, dicho sea de paso). Es difícil pensar que dentro de cien años el elemento social boliviano sea unívoco, homogéneo y unidireccional: en el colectivo bullen cosmogonías, religiones, formas de entender la vida y diversos conceptos de la historia reacios a la síntesis con espíritu europeo.

Los economistas liberales plantean desde hace años un librecambismo clásico, que en pocas palabras no es otra cosa que la mano invisible de Smith; mas yo pienso que ello devendría la crisis nuevamente, porque el mercado, por sí solo, no puede resolver los malestares de tipo colectivista que existen aquí. El rentismo, las rentas (bonos), el padrinazgo estatal, en general, son políticas sin las cuales la Bolivia pobre no podría subsistir en el corto y mediano plazo. El liberalismo, por tanto, debe apuntar hacia otras direcciones: educación y cultura política, sobre todo.

Estas dos áreas, abandonadas tanto por izquierdistas como por liberales, son derroteros que pocos se atreven a explorar y que pueden sacar al ciudadano de su postración cultural de siglos. Dar un giro radical en la educación, quebrar la cultura de padrinos, caudillos y lacayos, asentando la institucionalidad y la meritocracia, sin necesidad de revolucionar la economía —que, mal que mal y por lo menos en apariencia, no está en ruinas como sí están aquéllas—, puede sembrar cambios sustantivamente positivos en la sociedad, sin tener en cuenta el lugar de la procedencia específica del individuo ni su clase social. Y esto, repito, no brotaría del liberalismo clásico, sino de uno endógeno. @mundiario

Esencia Americana: para un liberalismo endógeno
Comentarios