Debate mediático de escasa influencia electoral

Alberto Núñez Feijóo, presidente del PP, en el Senado. / @NunezFeijoo
Alberto Núñez Feijóo, presidente del PP, en el Senado. / @NunezFeijoo

Feijóo no ganará las elecciones, sino que las perderá el Gobierno algún día. El problema no es la oposición sino el malestar ciudadano del cual se habló poco.

Debate mediático de escasa influencia electoral

Conscientes ambos de que la ocasión no se repetirá, tanto Sánchez como Feijóo se emplearon a fondo para descalificar a su rival, en ocasiones haciendo caso omiso de la realidad, siempre tan molesta. Sánchez reconoció en su rival al posible sucesor y trató de desacreditarlo por todos los medios posibles mientras Feijóo intentó resumir en pocos minutos los presuntos errores del Gobierno y ofrecerse como alternativa.

Sin embargo, el debate comenzó bien. Sánchez en tono presidencialista se detuvo en analizar la crisis económica en ciernes, las tensiones energéticas y el futuro inmediato si bien obviando la inflación o el paro. Centró en Putin todos los males, se afirmó como líder de opinión e impulso en el seno de la UE, título que hasta ahora nadie le ha reconocido, y presumió de las muchas medidas adoptadas por el Gobierno, hecho innegable. Feijóo hizo lo contrario y ahondó en la dependencia del Presidente respecto a sus socios parlamentarios aunque no la concretó en hechos.

Pero pronto ambos líderes se deslizaron hacia terrenos más broncos, menos interesantes y probablemente escasamente efectivos en términos electorales. Mostraron una sorprendente mandíbula de cristal frente a las críticas, un recurso victimista nada creíble en política. Se recrearon en los ataques de que dicen ser objeto como si la política fuese una actividad benéfica. Y faltaron a la verdad unas cuantas veces. En el turno de réplica Sánchez desarrolló tal ataque a su rival que solo lo ha confirmado como sucesor. Olvidó la regla de oro de las democracias: la oposición no gana las elecciones, las pierde el Gobierno. Si Feijóo gana algún día, no será por sus méritos sino por los errores del Gobierno. Insistir en el ataque personal solo lo refuerza antes sus seguidores.

El resto de los grupos parlamentarios eran figurantes en ese debate. Algunos de los aliados del Gobierno fueron extremadamente críticos, desde posiciones rupturistas como ERC o Junts, hasta más templadas como el PNV pasando por las quejas territoriales de varios grupos como Coalición Canaria. El portavoz de esta formación suscitó una cuestión que se repite, pero de la que no se habla: la distancia entre las promesas de inversiones y su materialización. Aludía a las frecuentes visitas de Sánchez a la isla de La Palma tras el episodio volcánico con la consiguiente promesa de ayudas e inversiones que, en sus palabras, todavía no han llegado a los interesados. Algo parecido podría decirse de los fondos europeos, tantas veces aludidos, pero todavía poco ejecutados y cuyos posibles efectos se diluyen en el tiempo.

Un debate tan largo es un cajón de sastre en el que todo entra, incluso una rectificación. Ayer la hizo Feijóo tras comparar a Sánchez con el dictador protagonista de una novela conocida. Un error que demuestra dos hechos, que Feijóo no la ha leído y que su escribidor de discursos tampoco. Quizás no vendría mal que uno y otro mejorasen sus equipos de asesores para jugar menos con los datos y evitar que el halago confunda la realidad. Otro ejemplo hace pocas semanas en una entrevista de verano, Feijóo presumía de hacer abdominales y otros deportes, ofreciéndose subliminalmente como un dirigente en plena forma. Atribuirse cualidades que no se corresponden con la realidad, ya sean oropeles académicos o características personales, solo produce sarcasmo. Lejos están los tiempos en los que los dirigentes presumían de sus lecturas.

El debate ha iniciado la larga campaña electoral hacia las elecciones de mayo. Sin concesiones mutuas, rehuyendo el acuerdo por más que se pregone. Pero al tiempo ha reforzado a los dos grandes partidos. El PP está recuperando electorado de Vox, que en el debate volvió a hacer gala de desconexión con la realidad, mientras que el PSOE le gana terreno a Unidas Podemos. La complejidad de los problemas que más preocupan se compadece mal con las recetas simplistas como la de topar los precios de una cesta de la compra. El debate va de precios, inflación, competitividad.

Finalmente, endosar a Putin todos los males es un autoengaño. La guerra de Ucrania ha puesto de relieve los riesgos de la globalización, como la excesiva dependencia de Rusia para el gas o de Extremo Oriente para los microchips. De hecho la guerra no es mal negocio para Rusia que podría cronificarla en un conflicto de baja intensidad mientras hace caja con los hidrocarburos. A Estados Unidos le interesa el máximo desgaste posible de Rusia y lógicamente es lo que no le van a regalar. Así que España tiene que comprar gas procedente del fracking, tecnología que se rechaza en nuestro territorio mientras el sueño de exportarlo por el Midcat tropieza con la firmeza francesa. De esto tampoco se habló en el debate. @mundiario

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