Crónicas de un pueblo sin dignidad mental

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Bandera de España. / RR SS.
España es un relato sin fin. Las crónicas de este pueblo dan para guionizar una telenovela. Mientras tanto, los vulnerables esperan su turno.
Crónicas de un pueblo sin dignidad mental

Vivimos en un metaverso permanente pero sin obsolescencia programada. Ya quisiéramos. Por eso es un no parar. No hay semana que pase que no nos llenen el buche con aforismos y sórdidas propuestas para tapar a la sociedad española lo mal que estamos. España se ha vuelto de pueblo, como aquellas crónicas de televisión en blanco y negro, pero sin dignidad mental. 

Los “piolines”, la operación “Sumar” que no sabemos si suma o resta, la polémica ley del aborto que mete por la tangente que “las mujeres no tengan que esconderse para ponerse el tampax” (sic), la baja por la menstruación fuerte, la abolición de la profesión más vieja del mundo sin saberse muy bien cómo, la bronca por la actuación previa y post-Eurovisión de Chanel, el retorno del emérito Borbón al Bribón sin pernoctar por Zarzuela, el reprobamiento de los rectores catalanes al uso del 25% del español en las aulas, el insulto de una energética a los “tontos españoles” por no usar la tarifa regulada, la foto idónea con varones cuando conviene, o la indignación por los espionajes tras dejar en cueros al CNI, la corrupción de unos pero la ocultación de otros y las irregularidades presuntas del mandamás del fútbol español. 

Todo esto de la pasada semana ya no cabe en una alacena casera. Porque siempre está el bando de última hora anunciando que compartamos “los electrodomésticos de casa con los vecinos para contaminar menos”. Nunca antes los corresponsales extranjeros en España habían escrito tantas crónicas jocosas que describen con sorna las “preocupaciones” de España en medio de un mundo incendiado por variados frentes pero ajeno a los problemas reales.

Si de lo que se trata es que hablen de España, bien o mal, parece que lo han conseguido. Ya lo hacemos nosotros con el calor tropical en verano y el frío rural en invierno. Peor podría ser, para otros, que pasemos desapercibidos. Aunque ocultemos las verdaderas tragedias como es el caso. No me digan que no estamos fenomenales y es el momento de lustrar cortinas de humo para desviar la atención de la opinión pública sobre lo que verdaderamente nos da de comer. Las crónicas telenovelescas del pueblo ya están disponibles en podcast, Siri y Alexa. 

El día que los insultos a los piolines, los bribones perfumados con Chanel, los tampax lexicales del “photo-shooting” y las explicaciones omitidas de todos los pandilleros nos den de comer, tal vez ese día suba la Bolsa, baje la deuda y salgamos de la cola del paro juvenil y de larga duración en Europa, que son las principales preocupaciones de esta sociedad desentrenada ya sin clase media aunque no lo parezca.

Mientras tanto, la guerra rusa en Ucrania que pasa factura a toda Europa perdura por cierto intrusismo alemán sin apuros cortesanos en España: el socialdemócrata canciller Scholz que se niega a cortar drásticamente el suministro de gas ruso al mismo tiempo que paga cantidades millonarias al mes al Kremlin y debilita el euro. Y por otro, el excanciller Schröder que mantiene su cargo de consejero/asesor hasta el fin de su mandato en la gasística rusa más grande del mundo haciendo caso omiso de los crímenes de guerra ordenados por Putin y fortaleciendo el rublo. 

A Schröder ya le han suprimido ciertos privilegios en el Bundestag y la oposición estudia recortarle la pensión vitalicia por su deslealtad ética en la invasión ucraniana. El Parlamento europeo, menos atrevido, amenaza incluirle en la lista negra por cobrar de Rusia y ponerse en contra la UE. Aquí pasan cosas peores pero nunca tomamos nota y seguimos pagando religiosamente la pensión vitalicia a todos aquellos desleales probados con España.

Otro hecho insólito de la crónica española pasa por la negativa de España a obligar a que los rescatados de la crisis devuelvan el dinero adelantado por los contribuyentes. Solo en el caso de la antigua Caja Madrid/Bankia fue de alrededor de 60.000 millones de euros. Ahora tras la fusión con CaixaBank somos tan espléndidos que parece se ha diluido el tema y pese a las promesas de los ministros de turno que se devolvería hasta el último duro, pasamos a ser uno de los únicos países sin cumplir con sus promesas adquiridas con el electorado de retornar los dineros. Al contrario, optamos por inflar la deuda.

El SAREB (banco malo), otro ejemplo,  nació con más de 50.000 millones de euros de deuda, de los cuales parece que solo se ha amortizado algo más del 30%. Lo que sí hemos hecho ha sido traspasar a dos fondos de inversión extranjeros (denunciados por acoso inmobiliario) la gestión de su patrimonio aunque la Ley de la Vivienda prohíbe la venta de viviendas públicas.

Ante tanta negligencia por parte de los poderes públicos, a alguien sorprende que las promesas no tengan ninguna validez y que seamos los contribuyentes quienes carguemos con los platos rotos de tanto desastre gestor. ¿Se entiende que no nos llegue el dinero para asistir a los vulnerables sin privilegios y la deuda nos aboque a la subida de los impuestos? 

¿Haremos también trampa para devolver parte de las ayudas europeas que nos prestan para paliar los efectos de la pandemia? Lo dudo, pero seguro que lo intentaremos y echaremos las culpas a otro gobierno, a otro pueblo en despoblación mental o a agentes espías externos que contaremos en otra crónica.

Hay crónicas que sin ser brillantes, si no se cuentan parece que nunca existió. Por si sirve de algo, Galdós, poco leído en las escuelas, también escribió episodios nacionales y nuestra memoria infantil sigue sin aprender del pasado salvo para lo que nos conviene. Que Dios nos guarde por muchos años con salud mental. @mundiario

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