Contrastes duros en la tele

Funeral de la reina Isabel II en la Abadía de Westminster. / Casa Real
Funeral de la reina Isabel II en la Abadía de Westminster. / Casa Real

Crecen los partidarios de que el bienestar común sea algo que deban cuidar “los otros”. La desigual distribución de sus costes vende votos.

Contrastes duros en la tele

Momentos como el actual son propicios para todo tipo de versiones acerca de lo que esté sucediendo delante de los ojos. Sería imprudente y muy temerario dejarse llevar por quienes tiene más medios para mimar sus mensajes.

Del luto

Si nos dejamos ir por la sugestión que nos hayan producido las imágenes que ha transmitido la BBC estos días, de un ceremonial excepcional, como de película de cuando Hollywood era espléndido en las recreaciones históricas -aunque fueran poco fieles a la Historia-, además del luto total, habremos podido sentir múltiples sensaciones de placer con las imágenes de la emisión. El Reino Unido ha dejado la impresión de su capacidad de reinventarse sus tradiciones y elevarlas a la categoría de espectáculo global. Esta emisión es un espaldarazo ante el mundo de su mucho talento en el terreno de lo escénico, lo musical, el rigor de los protocolos e, indirectamente, en cuanto a previsión para que no falle nada. Además de un guión consistente, mostró gran competencia para movilizar multitudes, comparsas, atrezzo e, incluso, a lo más selecto del orbe político.

Prácticamente todo lo más lucido de los personajes que pueblan actualmente el Almanaque de Gotha social estuvo allí, en una solemnidad que muchos no han dudado en calificar de “histórica”. El lado más verídico de esta expresión fue, de todos modos, que Londres demostró seguir siendo un centro potente de relaciones y negocios, por más que en el transcurso de la vida de Isabel II (de Windsor), a quien se rendía homenaje, el imperio victoriano haya desaparecido y que, de añadido, su formato en versión de Conmonwealth, esté en fase de seguir el mismo derrotero.

Puede que en este momento, después de un funeral de tanto boato, además de la nostalgia de lo que necesariamente es breve, a muchas personas les haya dejado nostalgia por la selecta música coral y de órgano, el desempeño convincente de los rúbricas rituales, y la liturgia de los gestos ordenadamente ejecutados según dignidades, al estilo de lo que marcaban los viejos tratados de cortesía. Ese mundo estuvo ahí entero, como algo natural, y parecía que siempre hubiera estado, sin desfallecimiento del pasado. Lo combinaron con toques certeros de imágenes del “pueblo”, con sus sentimientos en los ojos, los gestos y las flores, mientras el ritmo de los pasos firmes de la comitiva fúnebre avanzaban. Pareció un documental bien filmado; todos participaron en él y, aunque ha durado muchos días, no se percibía cansancio en los actores.

Atrapados

Bastó que las máquinas de la limpieza empezaran a moverse en las cercanías de Westminster para que otros perfiles de la poliédrica realidad hayan invadido las pantallas. Frente a la nostalgia que el mundo haya acumulado, el foco mediático se ha trasladado a Nueva York, donde el secretario general de la ONU lo ha situado ante cuestiones en que estamos atrapados por problemas insensatos que, entre todos, hemos dejado crecer como si fuese imposible atajarlos. Estos días seguirán apareciendo alegatos, dudosamente efectivos, emitidos desde esta organización.

La ONU, creada después de dos guerras mundiales sucesivas a modo de esperanza de entendimiento, vuelve a llamar la atención sobre una situación desesperada: hambre y desnutrición en muchas partes de la Tierra, una guerra en Ucrania que amenaza con ir a más con efectos impredecibles y una inflación que sigue creciendo en muchos países del mundo más desarrollado. Todos los peligros ya existentes para el bienestar de los más afortunados están en el aire y,  junto a la inestabilidad de los siguientes en los listados de la prosperidad, presagian que las desigualdades seguirán creciendo por más parches que se pongan. Y para augurar mejor el Apocalipsis, en el panorama que nos recordarán estos días, no faltarán los problemas de fondo de las sequías y tormentas desaforadas que está trayendo consigo el cambio climático, con fenómenos meteorológicos muy inestables y dañinos para el ecosistema del género humano.

Este baño de realidad, nada glamouroso, nos sonará, desde la tribuna de la ONU, más bien cansino y probablemente incordiante, no solo por la impotencia de no saber qué hacer ante lo que se viene encima, sino por el propio contraste con las imágenes recientes de la tele. El desbarajuste del sálvese quien pueda y la improvisación no son agradables, e intranquilizan al sentirnos atrapados.

Evadidos (de la realidad)

Las imágenes londinenses, como las crónicas antiguas, tal vez nos hayan hecho creer que la Historia la hacen los grandes hombres o mujeres, como si fueran ellos los creadores de los hechos supuestamente memorables del pasado. De todos modos, la Historia tiene muchos escondrijos –y la memoria de las personas también- para descubrir qué encierra el pasado, también el de los grandes personajes. Es cuestión de poner en marcha, ordenada y racionalmente, la documentación que atestigua retroactivamente qué haya escondido en esos vericuetos que, a menudo, han quedado ocultos más de lo conveniente al común de los mortales. A estos bonitos relatos oficiales, también ha contribuido la prensa –especialmente la rosa y la amarilla- las Redes sociales y gabinetes de comunicación y desinformación, sin que los currículos oficiales de la Historia que se enseña ordinariamente en muchos centros educativos haya logrado traspasar de modo significativo el largo memorismo de fechas y nombres incomprensibles.

En el territorio que pisamos –del mismo planeta- , lo que estos días emiten los medios no es menos desazonador que las palabras inaugurales del secretario general de la ONU. Entre otras minucias, ahí está la persistencia de algunos miembros del Poder Judicial embarrando más el terreno imprescindible de una Justicia imparcial. No le va a la zaga la competencia suicida en que se acaban de meter los andaluces con los madrileños por ver quién paga menos a Hacienda, mientras los realmente poderosos hace mucho que han encontrado sus paraísos fiscales. El realismo que rezuma el gran patriotismo de personas tan eminentes deja claro que el bienestar común les trae al pairo y, como ya presagiaba el economista John Kennett Galbraith en 1992, su “cultura de la satisfacción” es absolutamente exclusiva. Este “valor”, tan promovido en la formación de los selectos desde niños, contraviene la excelencia de las imágenes londinenses y no ayuda en nada a afrontar los grandes retos pendientes, en que todas las manos son imprescindibles. @mundiario

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