Contradicciones hacia un escritor como Javier Marías

Javier Marías, escritor. / RR SS.
Javier Marías, escritor. / RR SS.
Desde El País hasta Twitter, todo han sido “flores a María” a la hora de hablar sobre la desgraciada muerte del autor de Los enamoramientos y sobre la orfandad que nos deja.
Contradicciones hacia un escritor como Javier Marías

Hay algo que me produce un recelo casi temerario cuando muere un creador y los medios acuerdan de forma unánime en glorificarlo y deificarlo. Y ese recelo proviene del sometimiento a considerar que el elegido es infalible.

Desde El País hasta Twitter, todo han sido “flores a María” a la hora de hablar sobre la desgraciada muerte del autor de Los enamoramientos y sobre la orfandad que nos deja. Cuando esto sucede, me vienen a la cabeza dos preguntas: ¿Se ha hecho en serio un análisis riguroso de sus novelas? ¿Se ha leído toda su obra con propiedad?  Fui de esos adolescentes odiosos (ahora que lo miro desde la distancia) que hicieron de Proust, Woolf y Faulkner los referentes literarios a los que aspirar. Qué temeraria es la juventud sin duda.

Digo esto porque eran frecuentes las voces que reclamaban mi atención hacia la lectura de este autor. He leído casi todo de Javier Marías y ha sido un narrador que me ha dejado siempre frío, incluso hasta en su última novela. Reconozco que la ampulosidad de su sintaxis marca un ritmo interior de lectura amable y en ocasiones afectuoso. Pero nunca he encontrado, en sus novelas o ensayos, una épica, la carnalidad que exigen a veces los personajes de las novelas de interior o la viva sangre de los diálogos.

No soy yo quien para juzgar si la narrativa de Javier Marías merece el exilio al monte Parnaso, pero sí quiero juzgar, desde mi experiencia como lector, la sobrevaloración con poco fuste de muchos de sus colegas, profesores y medios de comunicación. No había nunca nada malo en su obra. No se podía vacilar sobre sus novelas. Todo era sapiencial, exquisito e incomparable cuando se trataba de Javier Marías. A eso me refiero “con poco fuste”.

Sí, exacto, algunos de sus artículos me disgustaron; y no voy a referirme a su encontronazo con el sustantivo “autismo”, sino con esa pose sibarita y distante de quien ve el mundo tras una mesa de despacho y no en las aulas de los centros públicos, o en las salas de espera de Urgencias, o en las barras de los bares, o en las pescaderías, o en las colas del paro.

Marías incurrió en ese error del primer Sartre al creer que el mundo debe adaptarse al buen juicio del intelectual y no al pragmatismo del hombre masa, ese hombre que sufre para llegar a final de mes y no lee por pereza o por estrés. Me ha costado enormemente adentrarme en la estructura de sus novelas, darle sentido a su exceso de refinamiento en algunos párrafos, su recreación de un mismo motivo o un mismo pensamiento durante páginas y páginas en las que me sumergía sin entender las loas publicitarias de los suplementos literarios. No sé como tantos lectores lo han hecho. Sigo sin entenderlo. A lo mejor no eran tantos. A veces se compran libros y se abandonan, y no se dice por miedo o por no contradecir al docto.

Estoy cada vez más convencido de que columnas y artículos como los de ayer no benefician al verdadero Javier Marías y nunca lo han beneficiado. Después de leer sus novelas, no sé quién es Javier Marías, porque muchos se empeñaron en dejar claro quién era antes de que yo lo decidiera. Creo que columnas y páginas como las de ayer perjudicaron a lectores como yo, lectores que comprábamos con devoción las preciosas ediciones de Alfagura como la de El siglo o Berta Isla. Y con todo esto, aunque lo parezca, no quiero menospreciar el trabajo del escritor, su estilo, su forma, su marca, pero castigo duramente los cantos de sirena, las soflamas entusiastas, las celebradas reseñas de sus libros antes de que yo pudiera adquirirlos en mi librería. Con intención, sus amigos y críticos no me dejaron leer con serenidad a Javier Marías. Algo se esconde detrás de su figura que no me gusta, de su figura no, miento, sino de quienes lo rodearon, de los que me forzaron a aplaudirlo sin tener tiempo a pensar cada uno de sus libros tras leerlo, a sus palmeros, a sus palmeros interesados. No digo más, no quiero, salvo que valoro mucho su traducción del Tristam Shandy. @mundiario

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