Sic semper tyrannis

Andrés Manuel López Obrador, presidente de México. / Twitter
Andrés Manuel López Obrador, presidente de México. / Twitter
Lo que vivimos y veremos en los próximos 30 meses será el anhelo por permanecer de una clase política cohesionada por el carisma de un solo hombre, pero dividida y peleada a muerte en lo interno.

La democracia y la ciudadanía son los dos grandes ausentes en la historia social y política de México. La historia de los regímenes políticos mexicanos tiene como constantes la disputa entre el centro y la periferia, la sucesión de los poderes ejecutivos, y la tríada de la deuda externa, la pobreza y las elecciones (como puntualizara con gran tino Andrés Molina Enríquez a inicios del siglo XX). Nunca la democracia ni la ciudadanía como origen del cambio.

Esos vectores históricos llevaron de 1821 a 1917 a una permanente situación de conflicto político de y entre las élites. Juárez fue en ese sentido un parteaguas porque permitió y promovió la construcción del Estado y el gobierno pero no logró construir democracia ni ciudadanía. Estas dos ausencias condujeron al régimen porfirista y a su posterior debacle en 1910, situaciones que entendió muy bien Calles y que permitieron a Cárdenas construir la institucionalidad que permitió gobernar a la dictadura de un solo partido de 1934 a 2000, que tuvo como ausencias notables a la democracia y a la ciudadanía.

También es una obviedad señalar que todo político sueña con ser presidente y pasar a la historia como gran reformador. En ese sentido, somos un pueblo muy politizado desde los primeros años de instrucción: hasta hace poco todo niño solía decir que de grande quería ser bombero, astronauta, policía y, mayoritariamente, Presidente (ya lo demostró con genialidad Rafael Segovia en su ensayo La politización del niño mexicano). Pueblo politizado pero no demócrata ni ciudadano.

Dos momentos ocupan la escasa historia demócrata del país: el gobierno de Madero y el intento de Salinas por construir instituciones de la democracia. El resultado del experimento demócrata maderista es harto conocido: el coup d’etat de Victoriano Huerta y la continuación de la guerra de elites en su contra y entre ellas. El otro experimento por paradójico que lo parezca (y lo es) es el intento de Salinas por construir el andamiaje que cimentara la democracia, si bien con un componente de presión social y política importante por parte de las izquierdas. Esa intentona tuvo como resultado la creación del Instituto Federal Electoral (IFE) y varios órganos de Estado como la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) que comenzaron a dar rostro a una incipiente sensación de democracia, más no así de ciudadanía.

El desenlace de esa historia todavía no lo vemos con claridad pero hay señales de sus posibles desenlaces. A partir de 2018 por primera vez en la historia política de la presidencia llegó un hombre formado en la tradición priísta pero militante de la izquierda que formó al Partido de la Revolución Democrática (PRD): Andrés Manuel López Obrador. Sin embargo, y a pesar de las apariencias, lo que llegó no fue en realidad la izquierda mexicana, sino la persistencia y terquedad de un hombre que supo aglutinar en su persona los anhelos de muchos pero principalmente, el coraje de millones, hartos de la nueva clase política que surgió en los decenios de 1980 y 1990, que de pensar a la política como mecanismo para ingresar al primer mundo, terminaron pensandola como negocio personal, cosa entre muchas más que explica por qué la corrupción y la violencia y delincuencia han sentado reales hoy en día, y la obsesión del actual presidente por regresar al país de un solo hombre.

Los vectores señalados en el primer párrafo están muy presentes en nuestra crisis y disputa actuales. Estamos a dos años de la sucesión presidencial y la pelea entre centro y periferia está atenuada gracias a que el partido del presidente gobierna 17 de las 32 entidades federativas y en una semana es muy probable que sume al menos cuatro más para llegar a un total de 21. De igual forma, la deuda externa en el actual gobierno representa 51.5% del Producto Interno Bruto (PIB), la cifra más alta de la historia y en comparación los gobiernos previos, situación que de no gestionarse en forma adecuada va a comprometer el cierre del sexenio y condicionará el margen de acción del próximo presidente, algo así como lo que vivimos y padecimos por el tristemente célebre error de diciembre de 1994.

Por su parte, la pobreza persiste e incluso ha aumentado durante el actual gobierno. Si bien una de las variables que explica ese crecimiento es la pandemia de COVID-19 que paralizó la economía durante 2020 y 2021, lo cierto es que el profundo cambio de política de combate a la pobreza basada en la transferencia directa de recursos económicos a la población, no atenúa el problema sino que limitó el universo de población en condiciones de pobreza que es atendida. Está claro que estamos lejos de controlar este problema.

Por último, está la sucesión y las elecciones. Hoy en día estamos ante el primer gobierno de la era sexenal que tres años antes de concluir está en clave sucesoria desatada por el mismo presidente como una estrategia de falso señuelo y distracción de los problemas que aquejan a todo mexicano: la inflación, la violencia y la delincuencia, la pobreza, entre otros. Pero también forma parte de una clara estrategia por establecer un continuismo de lo que fue el Partido Revolucionario Institucional (PRI) entre 1940 y 2000, es decir, un príismo renovado con un nombre distinto pero con un discurso justiciero que construye popularidad pero no soluciones.

Lo que vivimos y veremos en los próximos 30 meses será el anhelo por permanecer de una clase política cohesionada por el carisma de un solo hombre, pero dividida y peleada a muerte en lo interno, sin un centro ideológico consistente ya que en sus acciones y declaraciones pasan de lo más neoclásico de la economía neoliberal a lo trasnochado del comunismo como sistema, del clamor discursivo por la bandera de la democracia a la construcción del país de un solo hombre que, como Julio César, puede ver truncados sus anhelos por 23 puñaladas de realidad, crisis e impudicia en las que sin duda muchos gritarán: Sic semper tyrannis. @mundiario

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