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Salvajes ataques racistas plagan a la sociedad norteamericana

Cuatro hombres blancos prendieron fuego a una joven afroamericana en el estado de Wisconsin, rociándola con combustible para encendedor mientras estaba en su auto.

Salvajes ataques racistas plagan a la sociedad norteamericana
Althea Bernstein. / TV
Althea Bernstein. / TV

Una joven afroamericana de 18 años, Althea Bernstein, sufrió un ataque brutal el miércoles pasado en la ciudad de Madison, en el estado norteamericano de Wisconsin. Los agresores fueron cuatro hombres de la raza blanca.

Alrededor de la una de la madrugada, mientras Althea estaba en su auto, esperando la luz verde en un semáforo del centro de Madison, cuatro hombres blancos la agredieron rociándola con líquido combustible para encendedores y luego arrojándole un encendedor.

“Estaba escuchando música en un semáforo cuando de pronto oí a alguien gritando la palabra N muy fuerte –relató Althea–. Volteé la cabeza para ver y alguien me lanzó líquido de encendedor. Y entonces me lanzaron un encendedor, y mi cuello ardió en llamas. Traté de apagarlas, pero las extendí hacia mi cara”.

La palabra N alude a la expresión peyorativa “nigger”, que los racistas usan para denigrar a las personas afroamericanas.

Althea logró apagar las llamas y condujo su automóvil hasta su casa. Más tarde la atendieron en un hospital cercano de quemaduras de segundo y tercer grado. La joven dijo que los agresores eran jóvenes y parecían estar ebrios.

¿Quiénes eran estos borrachos que en medio de la noche atacaron salvajemente a la joven afroamericana? Racistas, cobardes racistas, integrantes de la lacra supremacista blanca que Estados Unidos sufre desde los tiempos de la esclavitud y que no ha logrado erradicar.

Son un rezago de la época brutal en que se trajeron a la fuerza cientos de miles de africanos para trabajar como esclavos en Norteamérica, generando gran parte de la riqueza nacional sobre una base espantosa de sangre y horror. En 1860, había cuatro millones de esclavos en Estados Unidos, trabajando bajo el látigo de los capataces, en condiciones infrahumanas, para crear fortunas, muchas de las cuales posiblemente hoy disfrutan los herederos de los esclavistas. Para esos explotadores sin conciencia, que iban a la iglesia los domingos, los africanos y los descendientes de africanos eran personas inferiores que merecían ser sojuzgadas. La mentalidad criminal de los esclavistas persiste hoy en el cerebro retorcido de los racistas como el policía que estranguló salvajemente a George Floyd en Minneapolis el pasado mayo; como el policía que mató a tiros a Tamir Rice, un niño de 12 años que se entretenía con una pistola de juguete en un parque de Cleveland, en noviembre de 2014; como los dos hombres blancos –padre e hijo– que asesinaron en Georgia, el pasado febrero, a Ahmaud Arbery, un joven negro que cometió el error de estar trotando en el barrio donde viven los dos monstruos, y que estaba desarmado; como los racistas que quemaron a la joven Althea Bernstein en Wisconsin el miércoles pasado, como miles de casos más, muchos de los cuales han quedado impunes.

Esta semana, tres policías de la ciudad de Wilmington, en Carolina del Norte, fueron despedidos cuando se descubrió una grabación en la que los tres hacían comentarios racistas. Uno de los agentes dijo que era necesaria una guerra civil para “borrar del mapa” a los afroamericanos. Otro dijo que a una activista negra arrestada en las protestas contra el racismo había que darle un balazo en la cabeza. Dos de los agentes entraron en la policía de Wilmington en 1997, y el tercero en 1998. ¿Cuántos atropellos habrán cometido en ese lapso, después de jurar que iban a “proteger y servir”? ¿Proteger y servir a quiénes?

El racismo no es congénito: se enseña. La nación necesita un profundo examen de conciencia y una labor de educación más intensa contra los prejuicios heredados de la época de la esclavitud, contra la bestia del racismo. @mundiario