EL DIVÁN

El retorno de lo reprimido: recordando a Justo Sierra Méndez, maestro de América

El diván. / Maestro Alejandro Quijano
El diván. / Maestro Alejandro Quijano
En su legado queda la basta obra de un hombre que dedicó su vida a la construcción de un país donde la educación se convirtiera en un derecho y no un privilegio
El retorno de lo reprimido: recordando a Justo Sierra Méndez, maestro de América

… Sería una desgracia que los grupos mexicanos ya iniciados en la cultura humana, escalonándose en gigantesca pirámide, con la ambición de poder contemplar mejor los astros y poder ser contemplados por un pueblo entero, como hicieron nuestros padres toltecas, rematase en la creación de un adoratorio en torno del cual se formase una casta de ciencia, cada vez más alejada de su función terrestre, cada vez más alejada del suelo que la sustenta, cada vez más indiferente a las pulsaciones de la realidad social turbia, heterogénea, consciente apenas, de donde toma su savia y en cuya cima más alta se encienda su mentalidad como una lámpara irradiando en la soledad del espacio...

Justo Sierra

Una de las grandes figuras que el siglo XIX legó a la cultura mexicana es sin duda la de Justo Sierra Méndez. Hombre de letras, de ciencia, de lucha incansable por la educación; para Sierra el trabajo de la civilización era llevar la cultura a todas partes, sin importar la condición de clase. Sierra formó parte del llamado “grupo de los científicos”, que durante varias décadas fue relegado al secundario papel de legitimador del régimen de Porfirio Díaz. Sin embargo, desde hace mucho la historiografía ha analizado el papel de este grupo de intelectuales y la importancia de su labor al sentar las bases de los grupos culturales y el activismo en favor de la educación. Sierra fue un hombre con una ideología compleja y mutable quien, como buen hombre de letras, fue capaz de asumir el cambio y emprender proyectos nuevos.

Su vida sencilla se inició en Campeche, en el año de 1848; hijo de Justo Sierra O´Reilly, vivió su primera educación en Mérida para luego continuar su formación en la Ciudad de México en el Liceo Franco Mexicano y posteriormente en el Colegio de San Ildefonso. Cuando se estableció la Escuela Nacional Preparatoria de San Ildefonso, Sierra al igual que sus compañeros en el mismo centro docente, no tenía fe en el proyecto positivista. Era un hombre ecléctico, que tomaba los avances de su tiempo muy en serio, pero no se decantaba por las posiciones dogmáticas, nunca se cerró a las inquietudes de su época. Como heredero de la Guerra de Reforma y la resistencia republicana, enarbolaba un gran civismo pragmático embestido de tintes franceses, pues por aquél entonces, Francia era la capital cultural del mundo. Sierra fue jurisconsulto, historiador, periodista y escritor. Se doctoró en 1871. Su ajetreada vida política la explica su importancia en el régimen. Varias veces fue diputado al Congreso de la Unión y magistrado de la Suprema Corte de Justicia. Ocupó la cátedra de Historia en la Escuela Nacional Preparatoria y fue titular de la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes bajo el gobierno de Díaz, donde estableció el primer sistema de educación pública en México, hasta marcharse como ministro Plenipotenciario a España en 1911. Como se puede apreciar por su formación y los cargos que ocupó, Sierra estuvo preocupado por la educación nacional desde diversos enfoques. Con todo, su idea de educación sufrió mutaciones a lo largo de su vida, pero nunca dejó de considerarla una necesidad para el futuro de la patria.

Su pensamiento no se puede reducir a una corriente filosófica: precisamente por su carácter crítico, Justo Sierra fusionó a lo largo del tiempo ideas de diversos orígenes en su planeación educacional. Edmundo O´Gorman aseguró: “Fue él, el historiador, el único de esa generación que supo salir del atolladero filosófico en que se encontraba, y esto, creo yo, ha sido siempre, dicho en limpias lo que distingue al filósofo del repetidor de sistemas”. Es cierto que Sierra fue un positivista ferviente durante muchos años y que compartió la idea del progreso lineal basada en el desarrollo de la civilización para el que la educación era una necesidad; si México iba a evolucionar, sería gracias al estudio, al trabajo, a la investigación. Pero es preciso aclarar que, aunque Sierra confiaba, es cierto, en las ciencias, jamás relegó a las humanidades al lugar de segunda en donde otros pensadores de su época las colocaron. Para él la filosofía era la base sólida del pensamiento, y el estudio de la historia el mejor camino para identificar el camino a seguir.

Justo Sierra retomó la idea de la evolución social como lo demostró en su obra México: su evolución social; pero no desde un esquema cerrado; valoraba la complejidad de la existencia humana en su dimensión histórica. Se preguntaba: “¿será que la ciencia del hombre es un mundo que viaja en busca de Dios?”. De ningún modo fue un positivista tradicional, creía que la filosofía era bella y respetable y la estudiaba desde la perspectiva de la metafísica: la ciencia debía de estar al servicio del crecimiento de la patria, no podía perder su dimensión social ni olvidar que para vencer la ignorancia era preciso que el camino del progreso no fuera determinado por las necesidades políticas.

Don Justo Sierra. /

Don Justo Sierra. / Wikimedia Commons

En la vastísima obra de Justo Sierra hubo una proyección de futuro, un conocimiento profundo del pasado y una idea de la historia como el proceso del progreso, que sin embargo no podía sucumbir a las necesidades pragmáticas, sino que debía conectar el universo metafísico con el científico. En 1893 pronunció la famosa frase “el pueblo mexicano tiene hambre y sed de justicia”, misma que mantiene su sentido a más de cien años de su alocución. La mejor manera de garantizar el acceso a la justicia era la educación, el conocimiento, pues aquél que conoce sus derechos lucha para evitar que sean violentados, participa del gobierno, planta los cimientos de la democracia y se rebela contra el abuso de poder. A pesar de las limitantes de su posición política, Sierra fue crítico con Díaz, aunque asumía que el papel unipersonal de su gobierno se explicaba por su momento histórico. En su legado queda la basta obra de un hombre que dedicó su vida a la construcción de un país donde la educación se convirtiera en un derecho y no un privilegio. @mundiario


Martín, Quirarte.  Gabino Barreda, Justo Sierra y el Ateneo de la Juventud. 2ª ed.   México: Universidad Nacional Autónoma de México, Escuela Nacional Preparatoria, Dirección General de Publicaciones, 1995. p. 51 

Edmundo O´Gorman. Justo Sierra y la Universidad Moderna. Homenaje al fundador de la Universidad Nacional de México: Don Justo Sierra. Justo Sierra y los orígenes de la Universidad de México 1910. México: Universidad Nacional Autónoma de México, Centro de Estudios Sobre la Universidad, 1986. p.49

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